Parroquia Santa María del Pilar Marianistas

La vida de nuestra comunidad cristiana en la red


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Homilía en la misa del primer aniversario del paso al Padre de Santi Cremades: ¡alienta nuestra fe y no dejes de sonreirnos!

 

Me gusta repetir que lo más importante en esta vida son las PERSONAS. Un día alguien aparece en nuestra vida, nuestras miradas se funden, surge la conversación, nos contamos nuestra historia e incluso nos sentimos parte de un mismo proyecto, de algo más grande que nos desborda y nos abraza. Vidas que se entrecruzan. Y entonces todo es más luminoso. Todo tiene más sentido, porque eso más grande, ese más grande es nuestro DIOS y su sueño, su proyecto para que tengamos vida y seamos felices.

Todos los que estamos aquí hoy, queremos dar gracias porque en nuestra vida de manera más o menos intensa se cruzó SANTI.  Ahora hace un año, vivimos una de esas experiencias que marcan un antes y un después. En un abrir y cerrar de ojos, Santi se nos fue. Nunca he experimentado un dolor tan hondo ni tan siquiera al perder a alguien de mi familia. Eso significa que quien te deja ha calado en tu corazón.  Su marcha fue para nosotros un MISTERIO difícil de digerir. La fe rocosa, de vosotros, su familia fue para todos, un bálsamo y un testimonio maravilloso para poder atravesar las sombras de esos días de julio.

El tiempo ha pasado rápido. Y nos volvemos a encontrar en familia, con Jesús en el centro, para dar gracias a Dios porque SANTI ha sido y es un regalo para cada uno de nosotros.   Cabe que aún hoy nos preguntemos: ¿por qué, Señor? Escribía el primo Fernando palabras de su madre de hace un año que  guarda en el corazón: “las cosas nos pasan por algo”. ¡Y tanto! pensamos que somos dueños de nuestra vida, que forjamos nuestro destino, que todo lo controlamos.  A veces vivimos para nosotros mismos o hacemos montañas de cosas pequeñas, o enturbiamos nuestras relaciones por cosas nimias.  Haber vivido junto a SANTI, haber compartido su PASCUA hace ahora un año, es una verdadera REVELACIÓN que nos ayuda a abrir los ojos. Esto es la fe: pasar de la oscuridad a la luz. Abandonar nuestra ceguera. Y a esto nos ayuda SANTI. Como hemos escuchado en la carta a los Romanos, su vida ha sido una ofrenda a Dios:  una vida plena de sonrisas, de pasión, de futbol, de amigos, de música, de búsqueda de tu rostro.   Al cerrarse su corta biografía, al leerla de un solo golpe de vista, al interpretarla con las notas a pie de página,  de sus padres, de sus hermanos y de sus amigos, hemos descubierto el secreto de vivir: sentirse en la manos del Padre, dejándose moldear por el Alfarero, confiando en quien nos ama, sabiendo que estamos en sus manos,  y que mientras nos cruzamos en la vida con unos y con otros nos toca SONREIR, AMAR Y SERVIR, como si hoy fuera el último día.   Y mientras tanto, mientras que tenemos el corazón puesto en Dios, bracear hasta la orilla como si todo dependiese de nosotros, gastar nuestras energías haciendo que nuestro paso por el mundo sea transformador de la realidad y de la vida de las personas.

Santi, seguro que por gracia de Dios, porque El quiso servirse de este hijo suyo para hablarnos, despertarnos y fortalecernos, le fue revelado el secreto del Reino que está reservado a los sencillos y pequeños.  Y desde entonces,  su vida estuvo plantada como árbol frondoso a las orillas del torrente del Amor de Dios. Por eso, su vida, tan corta a nuestros ojos, llegó en el verano pasado a su sazón. Tuvimos cosecha anticipada.  Su fruto abundante, colmado, generoso, capaz de cambiar y transformar la vida de mucha gente.

¿Qué es lo que Jesús nos pide?  Algo que Santi comprendió y acogió en su vida: VENID A MI. No despeguéis vuestra vida de la mía. Haced de mi SENDA la vuestra. Configurad vuestra existencia con la mía. Encarnad en vuestra historia mis PALABRA y mis HECHOS.  Permaneced unidos a mí. Hoy estamos celebrando el aniversario de alguien con una vida cumplida, llena. SANTI caminó hacia Jesús, se hizo compañero suyo, fundió su vida con la suya y por eso su paso entre nosotros fue resplandeciente, por eso su sonrisa era como un regalo de Dios.

¿Qué nos ha prometido Jesús?  Yo os aliviaré vuestro cansancio. En mi encontraréis todo lo que buscáis y deseáis; su agua colma la sed más profunda que todos llevamos dentro.  Santi encontró el descanso prometido por Jesús.  Y cada uno de nosotros somos alentados cada día por nuestro amigo, a pegarnos a Jesús, a vivir con él,  a descansar en él. Cada noche cuando me acuesto y cada día cuando me levanto, desde la repisa de mi cuarto, una fotografía de Santi me lo recuerda. Como diríais tantos de vosotros,  a pesar de que soy un desastre, Santi me ayuda a ser mejor y me une fuertemente a quienes gracias a él hemos vislumbrado el secreto de la vida que Jesús ha venido a contarnos y que Santi disfruta ya junto al Padre del cielo.  No dejes de cuidarnos, amigo. Te necesitamos. Alienta nuestra fe y no dejes de sonreírnos.

Santi Cremades 3


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Jueves santo:homilía de la celebración de la Cena del Señor

 COMUNIÓN, SERVICIO Y AMOR

 Siempre siento miedo, al llegar la Semana Santa. Temor al ritualismo y a la costumbre. En estos días caminado detrás de Jesús por las calles de mi ciudad, me he emocionado, he rezado y llorado. He abrazado a muchas personas que han pasado un año difícil, duro y hasta desgarrado. Nos hemos tomado de la mano con fe quienes sabemos que necesitamos recibir juntos su gracia, su fuerza, su auxilio, en medio de la debilidad. Me he unido a quienes pretenden servir al Señor llevando su rostro y su mirada a un pueblo que necesita ser sostenido en la fe en medio de sus luchas.

Hoy, mientras rezaba con la Palabra de Dios para esta celebración de nuestra comunidad, invitada por Jesús a la cena de despedida, me han resonado las palabras de Éxodo de una manera particular con toda la fuerza del drama que supone la PASCUA. Jesús nos ha invitado hoy a una cena Pascual que actualiza el drama del pueblo de Dios, tratado como animales de carga, mano de obra barata y masa privada de libertad en tierra extranjera. Un pueblo que llegó a Egipto como refugiados de hambre y penuria. Un pueblo que esperaba encontrar una vida mejor y se encontró con miseria y opresión por una civilización presuntamente superior y desarrollada. Hoy celebramos la actuación de Dios que siente el clamor de su pueblo, el clamor de sangre derramada. En él misterio de la debilidad golpeada por el mal y la iniquidad del corazón del hombre, Dios llama a arracimarse, a reunirse en torno a la mesa, a alimentarse de inocencia y a ponerse en marcha juntos. No hay experiencia del Dios bíblico, del Dios de Jesús sin hombres y mujeres que se reúnen y se ponen de pie JUNTOS, con la cintura ceñida y el bastón en la mano, preparados para ponerse en camino a la voz liberadora de nuestro Dios. Hoy es día de vivir esta PASCUA NUEVA que nace en torno a una mesa en donde a pesar de miserias, infidelidades y traiciones, el Maestro nos convoca para que PERMANEZCAMOS unidos en su nombre; para que su memoria revivida en comida de hermanos, nos mantenga siempre unidos, en torno a un cáliz de bendición que el nos pasa para que bebamos y nos sintamos consanguíneos, hermanos en la sangre de Cristo que nos reunió en un pacto y alianza para siempre. Hoy Jesús, ante lo que queda por vivir, nos invita a desterrar para siempre el individualismo, la soledad egoísta y la indiferencia ante quien malvive porque no es de mi familia, de mi grupo, de mi clan, de mi partido, de mi ideología (esa peste que desune), de mi país, de mi religión. Uno solo es vuestro Padre y todos sois hermanos. Hoy Jueves Santo, el Señor, invitándote a la mesa, a ti y a mí, nos recuerda que ser cristiano, tener parte entre los suyos es vivir el misterio de la FRATERNIDAD.

También, el jueves santo no trae la conmoción de ver a Dios por los suelos. Dios es el que salva haciendo, actuando, a través de sus grandes signos y de sus mediadores.Pero con Jesús, se nos caen los palos del sombrajo. La transparencia de Dios en la carne que es Jesús se desviste, deja atrás lo que es adorno, distinción, pompa y circunstancia, esa que todavía tenemos en ocasiones adherida en los usos y costumbres de la Iglesia, y también en nuestro modo de actuar en sociedad. Nuestro Dios es quien se reviste de toallas para secar a quien viene muerto de frío y miedo; quien se arrodilla ante nuestra humanidad herida y los píes cansadas llenos del barro del camino, para lavarlos con ternura y besarlos con misericordia. Este es el MAESTRO y SEÑOR a quien decimos seguir, a quien creemos. No nos podemos negar a que sea EL quien hoy nos SIRVA, aunque las lágrimas caigan amargas sobre nuestro rostro, porque solo este encuentro con EL nos transforma y nos capacita para ser HOMBRES Y MUJERES DEL SERVICIO.

Lo único que está esperando tanta gente, tantos que necesitan ser escuchados, abrazados, acogidos, perdonados, levantados, sanados, por los discípulos del hombre de la toalla ceñida para poder creer, confiar y esperar en el Dios que salva la vida de los pobres, el Dios apasionado amigo de los hombres.

Finalmente, hoy es el día del AMOR. Las palabras que escuchamos, el signo que contemplamos, la comida de despedida a la que hemos sido inmerecidamente invitados nos hablan de lo único importante a cerca de nuestro Dios y en la vida del creyente. Por eso, en este jueves santo somos invitados de nuevo a recordar y revivir que lo nuestro es AMAR, que Jesús amó a los suyos que estaban en el mundo y que está eucaristía, memorial de aquella cena fue un adelanto de su AMOR entregado y derramado, de su pasión por nosotros Si nos reunimos, si servimos, si actuamos es porque nos hemos encontrado en medio de nuestra indigencia con el amor desbordante de Jesús. Abramos los ojos, dejémonos querer en esta tarde de grandes secretos a la mesa, de amistad, y de gestos que se guardan para siempre en el corazón. Que la memoria de esta Pascua nueva de Jesús nos llene de ardor y no de fuerza para que en la medida de nuestras posibilidades coloquemos en el centro de nuestra vida cristiana el ejercicio concreto del amor. La revolución de la ternura es la que despliega Jesús ante nuestros ojos. Acerquémosla a nuestros hermanos con pasión. Amemos con ternura y sin descanso porque el Señor nos lo reclama.

Lavatorio


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Homilia domingo 16º t.o. Ciclo B. domingo 22 de julio 2012

En el evangelio del domingo pasado Jesús enviaba a los Doce a anunciar el Reino de Dios. Hoy vemos cómo los Doce regresan y le cuentan lo que habían hecho y enseñado. Los Doce vuelven cansados pero seguro que felices por haber curado y anunciado el Reino de Dios. Jesús se los lleva a un sitio tranquilo para descansar, después de su viaje ajetreado, y para escuchar de primera mano lo que habían anunciado. 

San Marcos nos muestra en este texto breve un primer rasgo de Jesús: su cercanía a los apóstoles, sus ganas de escucharles, el trato amable con ellos después de días duros. Jesús les ha hablado del Reino de Dios, que es lo mismo que decir, hablarles de Dios y de lo que Dios quiere para el hombre: vida, amor, paz, justicia, perdón. Y Jesús les ha enseñado a escuchar. Escuchar es el primer paso para sanar, curar, liberar. 

El segundo rasgo de Jesús que aparece en este texto lo tenemos al final: “vio una multitud, le dio lástima, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles con calma”. La acción de Jesús no se reduce a los Doce sino que se amplía a todo aquel que le busca y necesita que le escuchen. Le gente escucha a Jesús pero Jesús escucha a la gente. Para Jesús escuchar a la gente está en el verbo VER. La gente le habla a Jesús buscándole, adelantándose adonde El va, porque saben que Jesús tiene algo que las autoridades religiosas no tienen ni manifiestan: paz, palabras de esperanza. 

Hoy también la gente busca escuchar y ser escuchado. Busca escuchar algo que le de ánimo y esperanza. Se dice que está aumentando el individualismo en la sociedad y también en la Iglesia. Y aumenta porque faltan personas, en la sociedad y en la iglesia,  que sepan decir y transmitir un mensaje que llegue al corazón de las personas y que infunda ánimo para vivir. Y como eso no se encuentra fácilmente, cada cual se refugia en sí mismo y se fabrica su propia “filosofía” para seguir adelante. 

Hoy los llamados líderes sociales, políticos y religiosos no llegan a la gente, no enseñan con calma. Por otra parte las personas vivimos en un mundo ajetreado, en una sociedad que transmite de todo menos paz y calma. Eso lo notamos todos. A veces nos refugiamos en la sociedad de consumo creyendo que es un remedio a nuestra carencia de paz. Otras veces nos mostramos pesimistas y  no sabemos salir de nosotros para buscar algo o alguien que nos “enseñe con calma” como Jesús en el evangelio. 

No se trata de decir alegremente, ni intento decirlo pues sería caer en un infantilismo tonto, que Dios va a solucionar los problemas que tenemos, ni siquiera recurriendo a una oración poco creyente. Pero creo que hay personas dentro de la sociedad y dentro de la iglesia que pueden tener una palabra de aliento. La Eucaristía puede ser uno de esos momentos de paz donde después de escuchar la Palabra de Dios y de reflexionar sobre cómo llevarla a la vida puede tener el mismo efecto que las palabras de Jesús a la gente de su tiempo. 

Necesitamos personas, sobre todo en la iglesia, que desde la Palabra de Dios, transmitan un mensaje doble: que su enseñanza esté basada en Jesús y en su cercanía a las personas y  problemas del mundo actual y que esa enseñanza se haga desde el esfuerzo por buscar el bien de todos. Para eso hay que escuchar a los demás y manifestar la capacidad de ser escuchados como portadores de buena nueva para nuestra sociedad y nuestro mundo.


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Homilia domingo 15º t.o. Ciclo B. Domingo 15 julio 2012

En los evangelios leemos que mucha gente seguía a Jesús. Se dice también que Jesús “hablaba con autoridad y no como los escribas y fariseos”. Podemos preguntarnos ¿por qué? Y no basta con decir que Jesús era Dios, no. Jesús ante sus contemporáneos era uno más. Y la gente lo seguía. ¿Por qué? Porque Jesús no se perdía en discursos vanos. Jesús anunciaba el Reino de Dios o reino de los cielos con gestos concretos, con  acciones que repercutían en las personas.

Hoy lo vemos en el evangelio. Cuando Jesús envía a los Doce a anunciar el Reino de Dios no les dice que tienen que hablar, sino que tienen que actuar, que manifestar lo que es el Reino de Dios a base de gestos sencillos. Fijándonos en el evangelio vemos que lo primero que hace Jesús es darles autoridad sobre los espíritus inmundos. Esta autoridad es para usarla en beneficio de los demás no en beneficio propio. Y la autoridad de los discípulos emana de Jesús. Y la de Jesús proviene del Padre y se concreta en el servicio. 

Cuando nosotros hablamos de autoridad, la revestimos de poder, de signos que ostentan poder, de signos que hay que reverenciar. Para Jesús la autoridad se concreta en dos signos que están muy lejos del poder y de la reverencia. Esos signos son: el bastón y las sandalias. El bastón para ayudarse en el camino y apoyarse ante el cansancio. Y las sandalias como signo de estar preparado para seguir a Jesús y signo de humildad. 

A los Doce les bastaba con el bastón y las sandalias. No tenían discursos preparados, no enseñaban leyes o normas. Lo único que esperaban era que les recibieran  y escucharan. Y su mensaje era predicar la conversión y echar demonios. Para eso tenían autoridad.

Tal vez hoy deberíamos actuar como los Doce. Hoy como iglesia que somos tenemos la autoridad de Jesús para actuar en beneficio de los demás. Las personas miran más los gestos que las palabras y como iglesia, a veces, nos perdemos en palabras, discursos, normas y olvidamos los gestos, gestos que convencen más que las palabras. 

Hoy hay personas que siguiendo el ejemplo de los Doce llegan más fácilmente a los demás con gestos sencillos que con largos discursos. Hoy las personas agradecen más una palabra de ánimo, un gesto de solidaridad, un estar cerca de ellos más que toda una perorata que les podamos decir. Aceptan mejor la cercanía que la palabrería. 

El Reino de los cielos, el Reino de Dios se anuncia con gestos sencillos, con cercanía al necesitado, con ayudas concretas. Esos gestos, esa cercanía, esas ayudas son una manera de “echar demonios”, es decir una manera de liberar a las personas de los demonios del egoísmo, del afán de poder, de oprimir al otro. El tipo de demonios que los Doce expulsaban y los espíritus inmundos sobre los que tenían autoridad siguen actuando hoy igual que en tiempos de Jesús. Y esos demonios o espíritus se echan con gestos de amor, de perdón, de bondad y no con palabras o discursos que no conducen a nada. 

Aprendamos nosotros de los Doce, llevemos el bastón y las sandalias de la palabra de Dios y anunciemos el Reino de los cielos que Jesús vino a predicar y que es el que verdaderamente salva.


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Homilia domingo 14º t.o. Ciclo B. Domingo 8 de julio 2012

Posiblemente el carisma más difícil y más duro que Dios puede conceder es ser profeta. A lo largo de la historia, e incluso hoy día, los profetas han sufrido y sufren persecución y muerte. No es fácil ser profeta. El profeta no solo anuncia malas noticias sino que también  tiene que anunciar buenas noticias e infundir esperanza en quienes le oyen. Y esto segundo es más difícil que lo primero.

 En la primera lectura, Ezequiel transmite lo que dice el Señor a “los hijos que son testarudos y obstinados” y que ellos y sus padres han ofendido al Señor. Pongámonos por un momento en la piel de Ezequiel. Hoy hay personas que son profetas y se ven en la misma situación que Ezequiel: denuncian el mal que hacemos los demás. Y lo hacen con palabras y con su vida. Pero no se les hace caso porque denuncian injusticias y comportamientos contrarios a la dignidad humana. Hay países donde se les mata, igual que hacía el pueblo de Israel. 

Tenemos otro caso. Existen personas que creyéndose profetas, son personas corruptas que, para defenderse, denuncian a otros como corruptos haciendo que la atención no se fije en ellos sino en los denunciados. Estos lo único que quieren es salvarse ellos haciendo que los demás sean condenados. Estos se conforman con denunciar y no son capaces de anunciar algo bueno ni infundir esperanza, sino que siembran confusión que es lo que les interesa. 

 En Jesús, como en Ezequiel y en muchos otros, vemos y reconocemos a un verdadero profeta. Jesús no se conforma con denunciar el mal y a quien lo hace, sino que anuncia buenas noticias y aporta esperanza a quienes lo oyen. ¿Qué son si no las Bienaventuranzas? Una denuncia del mal que hacemos los hombres y una esperanza para quienes lo sufren. ¿Y el texto de Isaías que Jesús recita en la sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí…me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres”?. (Lc. 4,16-19) Son anuncios de esperanza, que hoy también necesitamos.

 Los paisanos de Jesús se hacían las preguntas que hemos leído y que pueden resumirse en la desconfianza hacia Jesús porque, según ellos “le conocían”. Hoy también desconfiamos de los  profetas porque, decimos: les conocemos. Hoy hay profetas que enviados por Dios no pueden callarse y nos llegan a echar en cara nuestro conformismo ante la situación que se vive. Denuncian que no se haga nada para desenmascarar a los que comenten injusticias, a los que viven a costa de los demás, a los que llegan incluso a reírse de los que pierden todo, mientras ellos siguen ganando.

Pero estos profetas no se quedan en denunciar. Ellos, desde su fe y desde sentirse invadidos por Dios, viven una “fe esperanzada que anuncia a través de bellas imágenes, la salvación”, (Tamayo Acosta. “Hacia la comunidad”). Pero, ¿cuál es el problema? Que oímos más fácilmente a los falsos profetas, a los de las malas noticias que a los verdaderos profetas, esos que nos infunden esperanza en el corazón y en la vida.

Nos toca denunciar a los falsos profetas, a los que se escudan en el mal de otros, y anunciar con el verdadero profeta, que es Jesús, y con muchos otros que le siguen, que vendrán, que vienen momentos de conversión, de vida y de libertad que ayudarán a volver el corazón del hombre a Dios y al prójimo y construir un mundo donde esas profecías que se anuncian sean una realidad.

 


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Homilia domingo 13º t.o. ciclo B. Domingo 1 de julio 2012

Podemos decir que la vida es lo que más apreciamos y valoramos las personas. Y la vida centrada en la salud. La salud ha sido y es un valor que todos queremos gozar. Cuando falta la salud nuestra vida está mermada. Para muchas personas vida y salud son equiparables: gozar de buena salud es tener vida saludable.

La primera lectura y el evangelio nos hablan de la vida. Dios crea la vida y Jesús devuelve la vida terrenal a una niña. Siempre decimos que la mejor definición de Dios es: “Dios es amor”. Pero esta definición de Dios quedaría coja si el amor no acompañara a la vida. El Dios del que nos habla Jesús es el Dios que por puro y gratuito amor da vida a lo que ha creado. Y tendríamos que decir que este Dios no puede ser de otra manera: Dios, amor y vida van unidos en el Dios y Padre de Jesús.

En el libro dela Sabiduría, que es un libro del judaísmo tardío, se admite ya la inmortalidad, algo que costó admitir al pueblo de Israel. Este texto nos habla del Dios que crea la vida, que goza con la vida, que crea al hombre para la inmortalidad porque lo hace “a imagen de su propio ser”. Un Dios que es vida, pensemos, solo puede crear vida. Un Dios que es inmortal “crea al hombre para la inmortalidad. Es decir que lo que Dios es, vida y vida inmortal, lo quiere para el hombre creado por él a imagen suya.  Nuestro cuerpo desaparece, es verdad, pero la vida no se destruye sino que continúa, aunque no sepamos cómo.

En el evangelio Jesús devuelve a la vida terrenal a una niña. Aquí habrá que decir, al igual que en otros casos de vuelta a la vida que se nos narran en el evangelio, que no sabemos cómo fue esa vuelta a la vida, cómo era ese cuerpo. Pensemos que si la muerte se describe como estar echado, tumbado, la vida se describe como levantarse, como echar a andar, como dejar libre (en el caso de Lázaro, amigo de Jesús).

La orden de Jesús a la niña, “¡levántate!” no es solo decirle, ¡despierta!, sino que va más allá y significa: ¡niña vive! Jesús continúa la obra del Padre. En el evangelio de san Juan leemos: “como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere” (Jn 5,21). El mensaje de Jesús, con sus palabras y obras, es decir con las parábolas y milagros, es un mensaje de vida. El mensaje de Jesús se resume en dos palabras: vida y dar motivos de esperanza. Y hasta tal punto es un mensaje de vida que El la entrega por todos nosotros.  

Habría que señalar la curiosa la oposición entre Dios y el hombre en este sentido. Dios está por la vida y por la vida plena, por la vida digna para todos, por la vida íntegra y llena de respeto y libertad. El hombre está por la muerte, por la falta de respeto a la vida y a toda la vida. El hombre con su ansia de poder está destruyendo la vida. No vendría mal en estos tiempos hablar más de la vida, de ayudar a vivir dignamente, de colaborar a que se pueda vivir curando, sanando, liberando.

La segunda lectura es una llamada a ayudar a otros a vivir, a poder vivir con dignidad. “Vuestra abundancia remedia la falta que ellos tienen” dice san Pablo. Ayudemos a otros con nuestra generosidad, pero sobre todo, ayudémosles a vivir. Que nuestro vivir bien no sea a costa de que otros vivan mal. A nosotros nos toca crear, favorecer la vida, la nuestra y la de los demás. Imitemos a Dios y a Jesús creando vida y dando vida a nuestro alrededor.


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Homilia domingo 11º tiempo ordinario ciclo B

Lo que voy a hacer este domingo es, primero, un gesto sencillo, que ahora explico y luego una breve aplicación a la vida.

GESTO:

 

1. En el presbiterio se colocan seis jardineras pequeñas llenas de tierra

2. En un plato hay semillas de plantas

3. Se pide a varias personas que salgan e introduzcan las semillas en la tierra.

4. Esto se realiza en silencio.

 

BREVE EXPLICACIÓN

Sirviéndonos del gesto realizado y con breve referencia a la primera lectura y al evangelio se puede hablar del crecimiento del Reino de Dios a tres niveles.

  1. nivel personal: Dios ha plantado la semilla del Reino en nuestro corazón. Nosotros somos la tierra que acoge con alegría dicha semilla. Esa semilla, el Reino, irá germinando y creciendo en nosotros a medida que la cuidemos. Dará fruto en la medida que nosotros nos dejemos llevar por el Espíritu de Dios y nos pongamos al servicio de los demás. Algunos podrán hacer germinar su semilla viéndonos a nosotros. Otros acudirán a nosotros para que les ayudemos. También nosotros pediremos ayuda a Dios y a los demás para crecer. El Reino de Dios crecerá con nosotros y en nosotros.
  2. nivel parroquial. Lo dicho en el nivel personal lo podemos decir en este nivel parroquial. Como parroquia podemos hacer crecer el Reino de Dios en nuestro entorno. Podemos dar testimonio de nuestra vida de fe y de compromiso ayudando a otros a hacer crecer su semilla. Podemos llevar a otros, de manera sencilla, el mensaje de Jesús. Aquí tenemos como parroquia una tarea evangelizadora muy bonita.
  3. nivel eclesial. De igual manera nuestra iglesia diocesana, o la iglesia universal puede considerarse esa semilla de Reino que puede ir sembrando en el corazón de muchas personas ayudándoles a vivir el mensaje de Jesús y a construir ya aquí el Reino de Dios. En la iglesia esa semilla se manifiesta de muchas maneras: testimonio, catequesis, oración, solidaridad, paz, justicia.

Cada uno de nosotros, a nivel personal y comunitario, piense qué semilla ha recibido para hacerla germinar para el bien común. Segundo, rece para que esa semilla no muera por falta de fe. Y, tercero, se comprometa a trabajar por el Reino con los dones que Dios le haya dado, con la semilla que haya recibido.