Buenos días, compañeros de camino. Es viernes de cuaresma. Los ojos se vuelven hacia el Crucificado, el Justo con quien se ha cebado el mal de este mundo. Mirarlo a Él es enfrentarse a la realidad lacerante de cuantos penden de la cruz hoy. Jesús, a quien seguimos de cerca en la particular subida a Jerusalén de este marzo duro y terrible, toma sobre sí el sufrimiento de toda la humanidad. Es un Misterio de Amor compasivo que no cabe en nuestras estrechas mentes y pequeños corazones.
Esta mañana, mientras celebrábamos la eucaristía por el pueblo de Dios, contemplaba a Jesús que con sus brazos delgados e inmensamente abiertos, me parecía querer abrazar al mundo entero, acoger en un toda su dimensión esta historia que estamos viviendo como en una pesadilla y en la que da la impresión de que se ha parado el reloj. La Palabra de Dios nos enseña hoy en el libro de la Sabiduría que la bondad es el elemento más revolucionario y contracultural, la respuesta más rotunda, al mal que pasea por el mundo y habita en los corazones. Contemplar la bondad y el amor absoluto de Jesús, el Justo, es la mayor medicina para curar nuestras iniquidades. En tu rostro, Jesús que guardas silencio, están los rostros de tantos amigos y amigas a los que queremos y que hoy sufren por la enfermedad y por la de los suyos. Te miramos a ti puesto en cruz por amor hacia nosotros, hacia cada uno de ellos y con el salmista afirmamos desde la fe: «El Señor está cerca de los atribulados». Y lo repetimos poniendo el nombre de aquellos que llevamos en el corazón y por los que rezamos con toda la fuerza de las que somos capaces. «El Señor esta cerca de…»
Un abrazo amiga. Un abrazo amigo. Caminamos juntos hacia la Pascua
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