Parroquia Santa María del Pilar Marianistas

La vida de nuestra comunidad cristiana en la red


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Pregón del Domund 2016: el grito de una no creyente que cree en los hombres y mujeres de Dios

Nuestra amiga María Fraile, nos recomienda la lectura del pregón del DOMUND: un anunció de la Jornada que viviremos este domingo orando y apoyando a tantos hombres y mujeres que dejando su tierra han salido a las periferias del mundo a anunciar la Buena Noticia de Jesús. Son palabras de una mujer que se reconoce no creyente pero que sin embargo cree en los hombres y mujeres de Dios que son amor concreto para tantos hermanos nuestros. No os lo perdáis. Y a rezar por los misioneros.

PREGÓN DOMUND 2016

La patria del corazón

PRONUNCIADO POR PILAR RAHOLA EN LA SAGRADA FAMILIA DE BARCELONA, 15/10/2016

Excelentísimo Sr. Arzobispo Juan José Omella,
monseñores, autoridades, amigas y amigos:

No puedo empezar este pregón sin compartir los sentimientos que, en este preciso momento, me tienen el corazón en un puño. Estoy en la Sagrada Familia, donde, como decía el poeta Joan Maragall, se fragua un mundo nuevo, el mundo de la paz. Y estoy aquí porque he recibido el inmerecido honor de ser la pregonera de un grandioso acto de amor que, en nombre de Dios, nos permite creer en el ser humano. Si me disculpan la sinceridad, pocas veces me he sentido tan apelada por la responsabilidad y, al mismo tiempo, tan emocionada por la confianza.

No soy creyente, aunque algún buen amigo me dice que soy la no creyente más creyente que conoce. Pero tengo que ser sincera, porque, aunque me conmueve la espiritualidad que percibo en un lugar santo como este y admiro profundamente la elevada trascendencia que late el corazón de los creyentes, Dios me resulta un concepto huidizo y esquivo. Sin embargo, esta dificultad para entender la divinidad no me impide ver a Dios en cada acto solidario, en cada gesto de entrega y estima al prójimo que realizan tantos creyentes, precisamente porque creen. ¡Qué idea luminosa, qué ideal tan elevado sacude la vida de miles de personas que un día deciden salir de su casa, cruzar fronteras y horizontes, y aterrizar en los lugares más abandonados del mundo, en aquellos agujeros negros del planeta que no salen ni en los mapas! ¡Qué revuelta interior tienen que vivir, qué grandeza de alma deben de tener, mujeres y hombres de fe, qué amor a Dios que los lleva a entregar la vida al servicio de la humanidad! No imagino ninguna revolución más pacífica ni ningún hito más grandioso.

Vivimos tiempos convulsos, que nos han dejado dañados en las creencias, huérfanos de ideologías y perdidos en laberintos de dudas y miedos. Somos una humanidad frágil y asustada que camina en la niebla, casi siempre sin brújula. En este momento de desconcierto, amenazados por ideologías totalitarias y afanes desaforados de consumo y por el vaciado de valores, el comportamiento de estos creyentes, que entienden a Dios como una inspiración de amor y de entrega, es un faro de luz, ciertamente, en la tiniebla.

Hablo de ellos, de los misioneros, y esta palabra tan antigua como la propia fe cristiana —no en vano los cristianos empezaron a salir de su tierra, para ir a la tierra de todos, desde los principios de los tiempos—, esta palabra, decía, ha sido ensuciada muchas veces, arrastrada por el fango del desprecio. Es cierto que los misioneros tienen un doble deseo, una doble misión: son portadores de la palabra cristiana y, a la vez, servidores de las necesidades humanas. Es decir, ayudan y evangelizan, y pongo el acento en este último verbo, porque es el que ha sufrido los ataques más furibundos, sobre todo por parte de las ideologías que se sienten incómodas con la solidaridad, cuando se hace en nombre de Cristo. De esta incomodidad atávica, nace el desprecio de muchos.

Es evidente que las críticas históricas a determinadas prácticas en nombre de la evangelización son pertinentes y necesarias. Estoy convencida, leyendo el Nuevo Testamento, de que el mismo Jesús las rechazaría. Pero no estamos en la Edad Media, ni hace siglos, cuando, en nombre del Dios cristiano, se perpetraron acciones poco cristianas. Desgraciadamente, el nombre de todos los dioses se usa en vano para hacer el mal, y este hecho tan humano tiene muy poco que ver con la idea trascendente de la divinidad. Pero, al mismo tiempo, hay que poner en valor la entrega de miles y miles de cristianos que, a lo largo de los siglos, han hecho un trabajo de evangelización, convencidos de que difundir los valores fraternales, la humildad, la entrega, la paz, el diálogo, difundir, pues, los valores del mensaje de Jesús, era bueno para la humanidad. Si es pertinente hacer proselitismo político, cuando quien lo hace cree que defiende una ideología que mejorará el mundo, ¿por qué no ha de ser pertinente llevar la palabra de un Dios luminoso y bondadoso, que también aspira a mejorar el mundo? ¿Por qué, me pregunto —y es una pregunta retórica—, hacer propaganda ideológica es correcto, y evangelizar no lo es? Es decir, ¿por qué ir a ayudar al prójimo es correcto cuando se hace en nombre de un ideal terrenal, y no lo es cuando se hace en nombre de un ideal espiritual? Y me permito la osadía de responder: porque los que lo rechazan lo hacen también por motivos ideológicos y no por posiciones éticas.

Quiero decir, pues, desde mi condición de no creyente: la misión de evangelizar es, también, una misión de servicio al ser humano, sea cual sea su condición, identidad, cultura, idioma…, porque los valores cristianos son valores universales que entroncan directamente con los derechos humanos. Por supuesto, me refiero a la palabra de Dios como fuente de bondad y de paz, y no al uso de Dios como idea de poder y de imposición. Pero, con esta salvedad pertinente, el mensaje cristiano, especialmente en un tiempo de falta de valores sólidos y trascendentes, es una poderosa herramienta, transgresora y revolucionaria; la revolución del que no quiere matar a nadie, sino salvar a todos.

Permítanme que lo explicite una manera gráfica: si la humanidad se redujera a una isla con un centenar de personas, sin ningún libro, ni ninguna escuela, ni ningún conocimiento, pero se hubiera salvado el texto de los Diez Mandamientos, podríamos volver a levantar la civilización moderna. Todo está allí: amarás al prójimo como a ti mismo, no robarás, no matarás, no hablarás en falso…; ¡la salida de la jungla, el ideal de la convivencia! De hecho, si me disculpan la broma, solo sería necesario que los políticos aplicaran las leyes del catecismo para que no hubiera corrupción ni falsedad ni falta de escrúpulos. El catecismo, sin duda, es el programa político más sólido y fiable que podamos imaginar.

Y de la idea menospreciada, criticada y tan a menudo rechazada de la evangelización, a otro concepto igualmente demonizado: el concepto de la caridad. ¿Cuántas personas de bien que se sienten implicadas en la idea progresista de la solidaridad, y alaban las bondades indiscutibles que la motivan, no soportan, en cambio, el concepto de la caridad cristiana? Y uso el término con todas sus letras: caridad cristiana, consciente de cómo molesta esa motivación en determinados ambientes ideológicos. Sin embargo, esta idea, que personalmente encuentro luminosa, pero que otros consideran paternalista e incluso prepotente, ha sido el sentimiento que ha motivado a millones de cristianos, a lo largo de los siglos, a servir a los demás. Y cuando hablamos de los demás, hablamos de servir a los desarraigados, a los olvidados, a los perdidos, a los marginados, a los enfermos, a los invisibles. ¡Quiénes somos nosotros, gente acomodada en nuestra feliz ética laica, para poner en cuestión la moral religiosa, que tanto bien ha hecho a la humanidad! La caridad cristiana ha sido el sentimiento pionero que ha sacudido la conciencia de muchos creyentes, decididos a entregar la vida propia para mejorar la vida de todos.

Y no me refiero solo a los misioneros actuales, a los más de quinientos catalanes, o a los casi trece mil de todo el Estado, repartidos por todo el mundo, allí donde hay necesidad más extrema, sino también a aquellos lejanos cristianos que, por amor a su fe, protagonizaron gestas heroicas. ¿Qué podemos decir, por ejemplo, de los mercedarios que se intercambiaban por personas que estaban presas en tierras musulmanas, como acto sublime de sacrificio propio, en favor de los demás? El mismo ideal espiritual que motivaba a san Serapión a ir hasta el Magreb, entrar en la prisión de un sultán y liberar a un desconocido, convencido de que aquel acto de amor era un tributo a Dios, es el que motivó a Isabel Solà Matas, una joven enfermera catalana, perteneciente a la Congregación de Jesús-María, a estar dieciocho años en Guinea y ocho en Haití, hasta que fue asesinada. Durante todos estos años de entrega, dejó su estela de bondad y servicio, y, gracias a ella, por ejemplo, existe ahora el Proyecto Haití, un centro de atención y rehabilitación de mutilados que fabrica prótesis para los haitianos que no tienen recursos. La conocían como «la monja de los pies», porque, gracias a ella, muchos haitianos pobres habían tenido una segunda oportunidad. Casi ochocientos años separaban a san Serapión de Isabel Solà, y, en ocho siglos, el mismo alto ideal de servicio y entrega los motivaba, empujados por la creencia en un Dios de amor.

Y como Isabel, tantos otros misioneros, monjas, curas y seglares, muertos en cualquier rincón del mundo, asesinados, abatidos por virus terribles, caídos en las guerras de la oscuridad. Cómo no recordar al hermano Manuel García Viejo, miembro de la Orden de San Juan de Dios, que, después de 52 años dedicados a la medicina en África, se infectó del ébola en Sierra Leona y murió. O a su compañero de Orden Miguel Pajares, que desde los doce años dedicaba su vida a los más pobres y que regentaba un hospital en una de las zonas de Liberia más castigadas por el virus. Todos ellos, caídos en el servicio a la humanidad, motivados por su fe religiosa y por la bondad de su alma. Isabel, Manuel, Miguel son la metáfora de lo que significa el ideal del misionero: el de amar sin condiciones, ni concesiones. Si Dios es el responsable de tal entrega completa, de tal sentimiento poderoso que atraviesa montañas, identidades, idiomas, culturas, religiones y fronteras, para aterrizar en el corazón mismo del ser humano, si Dios motiva tal viaje extraordinario, cómo no querer que esté cerca de nosotros, incluso cerca de aquellos que no conocemos el idioma para hablarle.

Decía Isabel Solà en 2011, en un vídeo-blog para pedir ayuda para su centro de prótesis: «Os preguntaréis cómo puedo seguir viviendo en Haití, entre tanta pobreza y miseria, entre terremotos, huracanes, inundaciones y cólera. Lo único que podría decir es que Haití es ahora el único lugar donde puedo estar y curar mi corazón. Haití es mi casa, mi familia, mi trabajo, mi sufrimiento y mi alegría, y mi lugar de encuentro con Dios».

No encuentro palabras más intensas para describir la fuerza grandiosa del amor. He dicho al inicio de este pregón que no soy creyente en Dios, y esta afirmación es tan sincera como, seguramente, triste. ¡Estamos tan solos ante la muerte los que no tenemos a Dios por compañía! Pero soy una creyente ferviente de todos estos hombres y mujeres que, gracias a Dios, nos dan intensas lecciones de vida, apóstoles infatigables de la creencia en la humanidad. El papa Francisco ha pedido, en su Mensaje para este DOMUND, que los cristianos «salgan» de su tierra y lleven su mensaje de entrega, pero no porque los obliga una guerra o el hambre o la pobreza o la desdicha, como tantas víctimas hay en el mundo, sino porque los motiva el sentido de servicio y la fe trascendente. Es un viaje hacia el centro de la humanidad. Esta llamada nos interpela a todos: a los creyentes, a los agnósticos, a los ateos, a los que sienten y a los que dudan, a los que creen y a los que niegan, o no saben, o querrían y no pueden. Las misiones católicas son una ingente fuerza de vida, un inmenso ejército de soldados de la paz, que nos dan esperanza a la humanidad, cada vez que parece perdida.

Solo puedo decir: gracias por la entrega, gracias por la ayuda, gracias por el servicio; gracias, mil gracias, por creer en un Dios de luz, que nos ilumina a todos.

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Carta pastoral para el DOMUND 2015: Llamados a salir, como misioneros de la MISERICORDIA

Este domingo 18 de octubre, celebremos el DOMUND, Jornada Mundial de la Misiones. En esta ocasión y a las puertas del Jubileo estamos invitados a ser todos MISIONEROS DE LA MISERICORDIA. Es tiempo de orar por quienes se desplazan de su tierra para llevar la misericordia de Dios y la alegría del Evangelio a quienes más lo necesitan. Es tiempo de sentirnos también nosotros urgidos a salir de nuestros espacios cómodos, al encuentro de la gente, para comunicar la Buena Noticia de Jesús. Y es momento de ayudar con nuestros recursos económicos a la labor de evangelizadora de estos hombres y mujeres que llevan el rostro de Cristo y la bondad de Dios a los confines de la Tierra. Las colectas de este domingo estarán destinadas a este fin.

El Arzobispo de Madrid nos alienta vivir esta jornada del DOMUND en la siguiente carta pastoral que te invito a leer:

http://www.misionmadrid.com/assets/103e796a/patoral_domund__15.pdf

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En la playa de Tarajal

Merece la pena escuchar despacio esta reflexión desde nuestra condición cristiana, como seguidores de Jesús…

ecleSALia 18 de febrero de 2014

«PREMIO ALANDAR 2011″

EN LA PLAYA DE TARAJAL

MAMEN HERNÁNDEZ, currocorre@yahoo.es

MADRID.

ECLESALIA, 18/02/14.- El lenguaje una vez más nos atrapa. Definimos, verbalizamos, damos forma a un fondo con un abecedario impuesto, un abecedario obediente, manso, agradable, que se arrodilla, súbdito incondicional de las lenguas que lo circulan y pronuncian sin el menor reparo.

Sí, el seis de febrero en la playa de Tarajal no perdieron la vida ni uno, ni dos, ni tres, ni cinco subsaharianos, ni siete, ni ocho, ni quince inmigrantes; han muertos personas, seres humanos, vidas llenas de vida, miradas repletas de horizontes, manos vacías en busca de esperanza, pies descalzos que perseguían el sueño de una tierra nueva.

Nadie elegimos dónde nacer, a derecha o izquierda, al sur o al norte, nadie nos ganamos con esfuerzo el lugar en el que por primera vez se abren nuestros pulmones al mundo abrigando nuestra piel desnuda. Nadie hacemos méritos, nadie pagamos con antelación el precio de estar al otro lado, lejos de la miseria y la inmundicia, a distancia de la guerra, del hambre, de la extrema violencia.

Ignoro las soluciones, las medidas y políticas de actuación que han de erradicar necesariamente este sin sentido, pero lo que sí sé es que tenemos que asumir responsabilidades, que esto no se resuelve construyendo muros cada vez más altos, con cuchillas cada vez más afiladas, con la delimitación de unas fronteras, desde todo punto de vista injustas y cuestionables.

Desde mi nada, desde lo poco que soy, solo digo que son personas mucho antes que inmigrantes, que la tierra es tierra y es de todos, casa y refugio.

Volvamos la vista a la Palabra, a la sabiduría, a las fuentes, desde ahí quizás, si nos dejamos, nos alumbre la luz con el único mensaje posible: «Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Gálatas 5:14)».

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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LOS FUTUROS OBISPOS, SEGÚN EL PAPA FRANCISCO

LOS FUTUROS OBISPOS, SEGÚN EL PAPA FRANCISCO

El Papa Francisco recibió el 21 de junio a un numeroso grupo de representantes pontificios,  (nuncios reunidos en Roma con motivo del Año de la Fe). Entre otras cosas, les dijo:

“Uno de los puntos más importantes de vuestro servicio es la colaboración para el nombramiento de obispos. Conocéis la celebre expresión que indica un criterio fundamental en la elección: “Si es santo, que ore por nosotros; si es docto, que nos enseñe; si es prudente, que nos gobierne”. En la delicada tarea de realizar los sondeos para los nombramientos episcopales, estad atentos a que los candidatos sean Pastores cercanos a la gente: este es el primer criterio. Pastores cercanos a la gente. “Es un gran teólogo, una gran cabeza”: que vaya a la universidad, donde hará mucho bien. ¡Pastores! ¡Los necesitamos tanto! Que sean padres y hermanos, que sean humildes, pacientes y misericordiosos, que amen la pobreza, interior como libertad para servir al Señor y también exterior, como sencillez y austeridad de vida; que no tengan un psicología de “príncipes”. Estad atentos a que no sean ambiciosos, que no busquen el episcopado. Se dice que el Papa beato Juan Pablo II, en una primera audiencia con el Cardenal Prefecto de la Congregación de los Obispos, que le preguntó sobre los criterios de elección de estos, le contestó: “Volentes nolumus” (no queremos a los que lo desean). Los que buscan el Episcopado…no, eso no funciona. Que sean esposos de una Iglesia, sin estar en constante búsqueda de otra. Que sean capaces de “vigilar” la grey que se les ha confiado, de cuidar todo aquello que la mantiene unida, de velar por ella, de estar alerta, de estar atento ante los peligros que la amenacen, de cuidar la esperanza, para que haya sol y luz en los corazones, de sostener con amor y paciencia los planes de Dios que actúa en medio de su pueblo. Que los pastores sepan que van delante del rebaño para indicar el camino, en medio de él para mantenerlo unido, detrás de él para evitar que ninguno se retrase y para que el mismo rebaño tenga, por así decirlo, el olfato para encontrar el camino. ¡El pastor debe moverse así!”.


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Viernes Santo: La Cruz de Jesús alumbra la noche

Noche cerrada, noche de luna llena oculta tras la nubes que lloran la muerte injusta del Autor de la Vida con lluvia fría y cruel. Noche de silencio y oración. Jesús da la vida por ti, por mi, por la humanidad entera. Es el amor desmesurado de Dios, solidario con los dolores y sufrimiento de todas la criaturas.

Señor del Silencio, Señor de la Expiración, esperamos tu Victoria, esperamos con tu Madre la Resurrección tuya, y las de todos los hombres y mujeres que viven cruficados en nuestro mundo.


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Palabras de despedida de Benedicto XVI

Esta mañana, Benedicto XVI se despedía con estas palabras que os ofrezco, en la última audiencia de los miércoles en la Plaza de San Pedro. Las acogemos con profundo agradecimiento y oramos por él y por nuestra Iglesia, en este momento tan importante en el que nada hay que temer porque el Espíritu de Cristo guía a la nave de la Iglesia. Pedimos por nuestros hermanos que tienen el ministerio de elegir al próximo obispo de Roma y sucesor de Pedro para que acierten en su decisión.

Palabras de despedida de Benedicto XVI en su última audiencia del 27 de febrero de 2013

Despedida Benedicto


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Maria, la Madre de Jesús

Queda ya muy poquito para entrar en el misterio de la Nochebuena. Nuestra mirada se vuelve en estas horas hacia una Mujer que espera dar a luz. En ella están puestas nuestras esperanzas. Ella va a acoger en sus brazos la promesa de Dios para ofrecérnosla hecha carne, criatura, ternura palpitante.

Vicente de la Vega, marianista de nuestra parroquia, nos vuelve a ofrecer su reflexión que nos invita a calar en la profundidad del ministerio de María como Madre de Jesús. Gracias de corazón por tus palabras.

María, la Madre de Jesús

Theotokos (rostro)

 


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I domingo de Adviento: comentario bíblico

Nuestra parroquia esta hecha de personas que aportan cuanto son y tienen.  Entre ellos están los miembros del equipo de sacerdotes de nuestra comunidad. Hoy damos voz al Padre Vicente de la Vega. Ofrecemos su comentario profundo al evangelio de este primer domingo de adviento. Son palabras nutritivas, para meditar e ir más allá de lo inmediato y superficial. Nos ayudan a captar el rio profundoque  corre tras las letras  vivas de la Sagrada Escritura. Te las ofrezco como palabras de hermano, para tu reflexión y profundización en la fe. Buen domingo.

I Domingo de Adviento Lc 21

1AdvientoC


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Salmo 50 (ampliado)

Salmo 50. Viene bien para este tiempo de Cuaresma.

L  Misericordia, Dios mío (c£ Sal 50)

Tú, Señor, que eres amor,
¡misericordia!;
mírame compasivo,
¡misericordia!;

alíviame del peso que me oprime
y limpia todo mi barro,
¡misericordia!

Báñame en el océano inmenso de tu gracia,

bautízame en el agua y la sangre de Jesucristo,

porque mis raíces están viciadas.

El mal ha penetrado en mis neuronas,

¡misericordia!

Es una gracia, ya lo sé,

que reconozca mi verdad; ;

si la gente me conociera bien,

se taparían los ojos desilusionados.

Pero tú, Señor, me conoces hasta el fondo,

mejor que yo mismo y que mis padres;

conoces mis entrañas y lees de corrido el subconsciente.

No te separes de mí,

no me arrojes lejos de tu rostro,

alienta en mí tu santo espíritu,

y volveré a nacer; hazme de nuevo, Señor, un vaso nuevo para ti,
dime una palabra de amor y de perdón
y exultaré de gozo, alegría de salvación.

Necesito cambiar de raíz la estructura

de mi personalidad;

necesito un trasplante de corazón,

dame un corazón nuevo, un corazón de niño,

un corazón sensible y generoso,

un corazón como el tuyo, misericordioso;

aprenderé a mirar con ojos nuevos

las cosas, las personas, los acontecimientos;

aprenderé a amar, ¡qué alegría!;

viviré en amor, para servir,

para alabarte, en constante acción de gracias,
porque tú prefieres la misericordia
a todas las ofrendas y sacrificios.

 


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Vivir la Cuaresma de forma «sencilla»

Una Cuaresma «sencilla»

Vive sencillamente para que oíros, sencillamente, puedan vivir

1. Vivir la sencillez es no necesitar tener muchas cosas para ser feliz, no
cayendo en el consumismo ni en las modas que nos obligan a comprar
lo nuevo, lo último.

2. Vivir la sencillez es tener más alegría al dar. o al compartir, que al recibir.
porque has descubierto el poder misterioso que tiene la palabra gratuidad

3 Vivir la sencillez es vaciar el corazón de todas las cosas innecesarias
que lo ocupan, y llenarlo del tesoro de la amistad, de la cercanía y del
encuentro humano con los demás.

4. Vivir la sencillez es creer que tu valía y dignidad están en lo que eres
como persona y no en lo que tienes o la posición social que ocupas.

5. Vivir la sencillez es solidarizarse con tantos hermanas y hermanos de tu
familia humana que viven injustamente en la pobreza y necesidad, y te
movilizas e implicas porque no quieres vivir  mejor que ellos.

6. Vivir  la sencillez es poner tu confianza y seguridad no en el dinero o
posesiones, sino en tus bienes espirituales en tus convicciones y creen-
cias, en tu fe. en tus capacidades, en tu fuerza interior y en la de aque-
llos que te aman y aprecian.

7. Vivir la sencillez es trabajar para vivir y no vivir para trabajar.

8. Vivir la sencillez es disfrutar de los innumerables regalos que la vida, la
naturaleza, le ofrece constantemente cada día, y que pasan desapercibidos para la mayoría de la gente

9. Vivir la sencillez es respetar y cuidar de la naturaleza con tu forma de
vivir. r cortando, reduciendo el consumo innecesario.

10. Vivir la sencillez es utilizar tu dinero para que tú y tu familia podáis
vivir con dignidad, y para que los demás también puedan vivir con
dignidad si lo inviertes en banca ética y si te habitúas a exigir productos que provengan del comercio justo y del comercio local. 

(CARITAS. Campaña institucional. 2011-2012)