Una de las realidades que más cuesta admitir es la realidad del perdón. Cuesta otorgar el perdón y cuesta aún más pedir perdón. Hoy la palabra perdón se ha borrado de la mente y del corazón de muchas personas. En su lugar vemos acritud, ganas de revancha, exigencia de derechos. Pensemos que esto lleva a fomentar el odio y la sed de venganza.
El domingo pasado hablaba de esas diferencias que hacemos y de cómo excluimos a las personas. Estas diferencias y exclusiones las llevamos también al perdón. Perdonamos fácilmente a quienes piensan y actúan como nosotros. No perdonamos tan fácilmente a los que no piensan y actúan como nosotros. Nos suele molestar que haya personas, normalmente no de nuestro entorno, que pidan perdón. Nos extrañamos que haya personas que sean capaces de perdonar. Os invito a reflexionar sobre ello.
Se duele decir que el perdón salva al que lo recibe y engrandece al que lo otorga. Un corazón capaz de perdonar o de pedir perdón es un gran corazón y nos puede decir mucho de la persona que es capaz de hacer ambas cosas. Sin embargo hoy no se enseña no se educa para perdonar y pedir perdón.
¿Qué vemos en el evangelio? Dos cosas: primero Jesús perdona. Segundo los escribas se escandalizan. ¡Solo Dios puede perdonar! Normalmente en las religiones solo dios o los dioses perdonan y hay que ofrecer una contrapartida para aplacarlos, para tenerlos contentos o para tranquilizar la conciencia. Jesús hace ver que el perdón es un don gratuito de Dios que podemos y tenemos que ejercerlo entre nosotros.
Para vivir el perdón vienen bien las palabras de Isaías: “no recordéis lo antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?”. El odio, la venganza, la acritud es lo de antaño, es lo antiguo. Lo nuevo es el perdón de Dios otorgado a través de Jesús, un hombre. Que los hombres seamos capaces de perdonar sigue escandalizando a muchos. En el evangelio los 4 porteadores nos dan ejemplo de confianza en el perdón de Dios y en el perdón mutuo.
Jesús nos enseña en este evangelio que el perdón no tiene contrapartida alguna. No dice: te perdono, pero tienes que hacer esto, que rezar esto, no. Jesús perdona y no pide nada a cambio. No se fija si es de los suyos o de los que no piensan como él. El perdón de Dios otorgado a través una persona es puro amor y pura gratuidad.
El perdón es ese algo nuevo que podemos poner en práctica cada día. El perdón tiene que ser gratuito, generoso, para siempre, sin pedir nada a cambio y todo ello porque se confía en la otra persona, como Dios confía en nosotros. El perdón brota en nuestro corazón cuando vemos a la otra persona como un hijo de Dios y hermano nuestro. Esto es difícil llevarlo a la práctica, pero recordemos que Jesús nos ha dicho que hay que perdonar hasta setenta veces siete. Quien nos vea perdonando y pidiendo perdón podrá decir como la gente decía de Jesús: “nunca hemos visto cosa igual”. Ojala el perdón sea un signo de identidad de todo cristiano.
