Parroquia Santa María del Pilar Marianistas

La vida de nuestra comunidad cristiana en la red

Homilia domingo 3º Adviento (1ª) 11 de diciembre 2011

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Se me ocurre comenzar estas palabras haciendo una breve distinción, a modo de oposición,  entre “poder” y “autoridad”. Hay personas que se atribuyen un poder o viven en el poder, pero demuestran tener poca o ninguna autoridad. Por eso recurren al poder como ordeno y mando. Por el contrario hay quienes tienen autoridad sin tener poder. Tan solo su presencia, su palabra, su vida son testigos de la autoridad que irradian.

En todos los ámbitos de la vida se da esta diferencia entre quienes dicen tener poder y quienes tienen autoridad. Hoy se nota esta diferencia: sacerdotes y levitas que dicen tener poder y son enviados por otros que también se arrogan poder, le preguntan a Juan: “¿Tú quién eres?” Es decir, ¿qué poder tienes para presentarte así? Recordad que lo mismo le sucede a Jesús cuando le preguntan si es lícito pagar o no tributo al César.

Juan no tiene ningún poder. El se presenta y actúa con la autoridad que le da ser “voz que grita: allanad el camino del Señor”. Le siguen preguntando, esta vez los fariseos: ¿Por qué bautizas? Es decir ¿quién te ha dado poder para bautizar? Parece que en este mundo todo se basa en tener poder o recibir poder de alguien para hacer algo.

En nuestro mundo y, también por qué no en la misma iglesia, parece que hay que tener poder para hacer algo, cuando en realidad lo que tendría que darse, al menos en la iglesia, es autoridad. Mucho se critica a la iglesia de actuar con poder y se echa en falta actuar con autoridad a ejemplo de Jesús que sin tener ningún poder hablaba y enseñaba con autoridad y no como los escribas (Mt 7,29). La autoridad con la que actúa Jesús le viene del Padre, de estar ungido por el Espíritu y de ser consecuente con su mensaje.

Como cristianos deberíamos dejar a un lado el poder y tener un poco más de autoridad en el mundo. Pero no autoridad para mandar, sino esa otra que llamamos autoridad moral. Juan se reconoce testigo por estar lleno del Espíritu de Dios, que recibió su madre Isabel cuando María la fue a visitar y a ayudar.

Nosotros, cristianos, no somos la luz, sino testigos de la luz verdadera que es Cristo. Cada uno de nosotros puede decir con el profeta Isaías: “el Espíritu del Señor está sobre mi porque me ha ungido”. Ahí está nuestra autoridad para dar testimonio de Jesús. No en un poder que nos hayamos dado a nosotros mismos sino que esa autoridad para ser testigos nos viene del mismo Espíritu que ungió a Jesús en su bautismo.

No pretendamos poder, no actuemos con poder. Respondamos como Juan: somos testigos de la luz. Luz que orienta nuestra vida y la llena de alegría. Luz que es Cristo y que nos da autoridad moral para predicarle a El, que no vino a ser servido como quien tiene poder sino a servir con la autoridad de su mensaje y su vida.

La autoridad de un testimonio lleno de alegría vale más que el poder vacío que muchas veces vemos nuestro mundo. Un testimonio lleno de alegría es mensaje de esperanza para quienes nos vean vivir y actuar así.

Autor: Rafael Iglesias

Rafael Iglesias, sm Párroco de Santa María del Pilar Marianistas - Madrid c/Reyes Magos, 3 28009 - MADRID

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