Parroquia Santa María del Pilar Marianistas

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Lecturas de la misa – Domingo 13 de Junio 2010

Lecturas de la liturgia – 11º domingo de tiempo ordinario 13 de Junio de 2010

  • Primera Lectura: II Samuel 12, 7-10. 13
    «El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás»En aquellos días, Natán dijo a David: «Así dice el Señor, Dios de Israel: «Yo te ungí rey de Israel, te libré de las manos de Saúl, te entregué la casa de tu señor, puse sus mujeres en tus brazos, te entregué la casa de Israel y la de Judá, y, por si fuera poco, pienso darte otro tanto. ¿Por qué has despreciado tú la palabra del Señor, haciendo lo que a él le parece mal? Mataste a espada a Urías, el hitita, y te quedaste con su mujer. Pues bien, la espada no se apartará nunca de tu casa; por haberme despreciado, quedándote con la mujer de Urías.»» David respondió a Natán: «¡He pecado contra el Señor!» Natán le dijo: «El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás.»
  • Salmo Responsorial: 31
    «Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado»Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito. R. Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R. Tú eres mi refugio, me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación. R. Alegraos, justos, y gozad con el Señor; aclamadlo, los de corazón sincero. R.
  • Segunda Lectura: Gálatas 2, 16. 19-21
    «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí»Hermanos: Sabemos que el hombre no se justifica por cumplir la Ley, sino por creer en Cristo Jesús. Por eso, hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe de Cristo y no por cumplir la Ley. Porque el hombre no se justifica por cumplir la Ley. Para la Ley yo estoy muerto, porque la Ley me ha dado muerte; pero así vivo para Dios. Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí. Yo no anulo la gracia de Dios. Pero, si la justificación fuera efecto de la Ley, la muerte de Cristo sería inútil.
  • Evangelio: Lucas 7, 36-8, 3
    «Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor»

    En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: «Si este fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.» Jesús tomó la palabra y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte.» Él respondió: «Dímelo, maestro.» Jesús le dijo: «Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?» Simón contesto: «Supongo que aquel a quien le perdonó más.» Jesús le dijo: «Has juzgado rectamente.» Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama.» Y a ella le dijo: «Tus pecados están perdonados.» Los demás convidados empezaron a decir entre sí: «¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?» Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz.» Después de esto iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes.


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Homilía domingo 6 de Junio 2010 – Corpus Christi

Cada domingo nos reunimos para celebrar la Eucaristía también llamada la Cena del Señor. En ella hacemos memorial de su entrega por nosotros y pronunciamos la acción de gracias que Jesús pronunció, es decir tomamos el pan y decimos: “esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros” y tomamos la copa y decimos: “este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre…haced esto en memoria mía”.

Un autor decía que Jesús fue el hombre para los demás. No solo por lo que dijo e hizo, sino sobre todo porque se entregó por nosotros y nos dejó el memorial de su Cuerpo y Sangre. Para nosotros los cristianos este memorial, la Eucaristía, es el signo distintivo de nuestra fe y de él deriva todo lo demás. La iglesia vive de la Eucaristía, título de una encíclica.

El mensaje de Jesús fue un claro compromiso con la persona, con su vida, su dignidad y apostó por ello hasta entregar su propia vida. El mensaje de Jesús no se quedó en palabras bonitas sino que lo ratificó con el hecho de entregarse por nosotros y quedarse con nosotros.

Ese mensaje de Jesús lo leemos hoy claramente en el evangelio cuando dice a los apóstoles: “dadle vosotros de comer”. Estas no son palabras bonitas sino que es una orden clara de continuar haciendo lo que El hizo y dijo.

Dadles vosotros de comer lo podemos interpretar de diversos modos.

  1. dar comida al que pasa hambre, al que está en un descampado, como dice el evangelista.
  2. celebrar y distribuir la Eucaristía, hacer que llegue a todos los hombres, que todos puedan recibir el Cuerpo de Cristo.
  3. y es también, y sobre todo, el compromiso por predicar y vivir el evangelio.

A nosotros nos toca hoy dar de comer a otras personas. No podemos separar la Eucaristía de este mandato del Señor de dar de comer a otros. No celebraremos verdaderamente la Eucaristía si no hay por nuestra parte el compromiso de ayudar a los demás. Ya de los primeros cristianos se nos dice que “nadie pasaba necesidad, porque ponían todo en común”. Ahí tenemos un ejemplo práctico de “dadles vosotros de comer”.

Los que formamos la iglesia lo hacemos de muchas maneras. Cualquier ayuda, personal o material, que se entrega a la iglesia llega, muchas veces, donde no llegan otras ayudas: comedores sociales, parados, emigrantes, visitas a enfermos…estas y otras muchas formas de ayudar son la respuesta a la orden de Jesús: “dadles vosotros de comer”.

La Eucaristía no es solo lo que celebramos aquí. La Eucaristía continúa en lo que hacemos cada día a favor de nuestros hermanos. Jesús se entregó por nosotros, se nos da como alimento. El mismo Jesús nos dice hoy a nosotros: dadles vosotros de comer…de comer el pan de la palabra de Dios, el pan del Cuerpo y Sangre de Cristo, el pan de cada día que pedimos en el Padre nuestro. Hagamos nuestra el gesto de los apóstoles: repartamos del pan de la bendición a todo el que lo necesite.

Que así sea.