Parroquia Santa María del Pilar Marianistas

La vida de nuestra comunidad cristiana en la red


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Lecturas misa Sábado Santo 23 de Abril 2011

Lecturas de la liturgia

  • Primera Lectura: Génesis 1, 1-31; 2, 1-2
    «Vio Dios todo lo que había hecho y lo encontró muy bueno»En el principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era soledad y caos; y las tinieblas cubrían la faz del abismo. El espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas.
    Dijo Dios:
    «Que exista la luz».
    Y la luz existió. Vio Dios que la luz era buena, y separó la luz de las tinieblas. Llamó a la luz “día” y a las tinieblas “noche”. Fue la tarde y la mañana del primer día.
    Dijo Dios:
    «Que haya una bóveda entre las aguas, que separe unas aguas de otras».
    E hizo Dios una bóveda y separó con ellas las aguas de arriba, de las aguas de abajo. Y así fue. Llamó Dios a la bóveda “cielo”. Fue la tarde y la mañana del segundo día.
    Dijo Dios:
    «Que se junten las aguas de debajo del cielo en un solo lugar y que aparezca el suelo seco».
    Y así fue. Llamó Dios “tierra” al suelo seco y “mar” a la masa de las aguas. Y vio Dios que era bueno.
    Dijo Dios:
    «Verdee la tierra con plantas que den semilla y árboles que den fruto y semilla, según su especie, sobre la tierra».
    Y así fue. Brotó de la tierra hierba verde que producía semilla, según su especie, y árboles que daban fruto y llevaban semilla, según su especie. Y vio Dios que era bueno. Fue la tarde y la mañana del tercer día.
    Dijo Dios:
    «Que haya lumbreras en la bóveda del cielo, que separen el día de la noche, señalen las estaciones, los días y los años, y luzcan en la bóveda del cielo para iluminar la tierra».
    Y así fue. Hizo Dios las dos grandes lumbreras: la lumbrera mayor para regir el día y la menor, para regir la noche; y también hizo las estrellas. Dios puso las lumbreras en la bóveda del cielo para iluminar la tierra, para regir el día y la noche, y separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno. Fue la tarde y la mañana del cuarto día.
    Dijo Dios:
    «Agítense las aguas con un hervidero de seres vivientes y revoloteen sobre la tierra las aves, bajo la bóveda del cielo».
    Creó Dios los grandes animales marinos y los vivientes que en el agua se deslizan y la pueblan, según su especie. Creo también el mundo de las aves, según sus especies. Vio Dios que era bueno y los bendijo, diciendo:
    «Sean fecundos y multiplíquense; llenen las aguas del mar; que las aves se multipliquen en la tierra».
    Fue la tarde y la mañana del quinto día.
    Dijo Dios:
    «Produzca la tierra vivientes, según sus especies».
    Y así fue. Hizo Dios las fieras, los animales domésticos y los reptiles, cada uno según su especie. Y vio Dios que era bueno.
    Dijo Dios:
    «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine a los peces del mar, a las aves del cielo, a los animales domésticos y a todo animal que se arrastra sobre la tierra».
    Y creó Dios al hombre a su imagen: a imagen suya lo creó; hombre y mujer los creó.
    Y los bendijo Dios y les dijo:
    «Sean fecundos y multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar, a las aves del cielo y a todos ser viviente que se mueve sobre la tierra».
    Y dijo Dios:
    «He aquí que les entrego todas las plantas de semilla que hay sobre la faz de la tierra, y todos los árboles que producen frutos y semilla, para que les sirvan de alimento. Y a todas las fieras de la tierra, a todos las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra, a todos los seres que respiran, también les doy por alimento las verdes plantas».
    Y así fue. Vio Dios todo lo que había hecho y lo encontró muy bueno. Fue la tarde y la mañana del sexto día.
    Así quedaron concluidos el cielo y la tierra con todos sus ornamentos, y terminada su obra, descansó Dios el séptimo día de todo cuanto había hecho.
  • Salmo Responsorial: 103
    «Bendice al Señor, alma mía.»Bendice al Señor, alma mía; Señor y Dios mío, inmensa es tu grandeza. Te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto.
    R. Bendice al Señor, alma mía.

    Sobre bases inconmovibles asentaste la tierra para siempre. Con un vestido de mares la cubriste y las aguas en las montañas concentraste.
    R. Bendice al Señor, alma mía.

    En los valles haces brotar las fuentes, que van corriendo entre montañas; junto a ellas vienen a vivir las aves, y entre las ramas cantan.
    R. Bendice al Señor, alma mía.

    Desde tu cielo riegas los montes y sacias la tierra del fruto de tus manos; haces brotar hierba para los ganados y pasto para los que sirven al hombre.
    R. Bendice al Señor, alma mía.

    ¡Qué numerosas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con maestría!; la tierra está llena de tus criaturas. Bendice al Señor, alma mía.
    R. Bendice al Señor, alma mía.

  • Segunda Lectura: Génesis 22, 1-2.9a.-13.15-18
    «El sacrificio de nuestro patriarca Abrahán»En aquel tiempo, Dios le puso una prueba a Abraham y le dijo:
    «¡Abraham, Abraham!»
    El respondió:
    «Aquí estoy».
    Y Dios le dijo:
    «Toma a tu hijo único, Isaac, a quien tanto amas; vete a la región de Moria y ofrécemelo en sacrificio, en el monte que yo te indicaré».
    Abraham madrugó, aparejó su burro, tomó consigo a dos de sus criados y a su hijo Isaac; cortó leña para el sacrificio y se encaminó al lugar que Dios le había indicado. Al tercer día divisó a lo lejos el lugar. Les dijo entonces a sus criados:
    «Quédense aquí con el burro; yo iré con el muchacho hasta allá, para adorar a Dios y después regresaremos».
    Abraham tomó la leña para el sacrificio, se la cargó a su hijo Isaac y tomó en su mano el fuego y el cuchillo. Los dos caminaban juntos. Isaac dijo a su padre Abraham:
    «¡Padre!»
    El respondió:
    «¿Qué quieres, hijo?»
    El muchacho contestó:
    «Ya tenemos fuego y leña, ¿pero dónde está el cordero para el sacrificio?»
    Abraham le contestó:
    «Dios nos dará el cordero para el sacrificio, hijo mío».
    Y siguieron caminando juntos. Cuando llegaron al sitio que Dios le había señalado, Abraham levantó un altar y acomodó la leña. Luego ató a su hijo Isaac, lo puso sobre el altar, encima de la leña, y tomó el cuchillo para degollarlo. Pero el ángel del Señor lo llamó desde el cielo y le dijo:
    «¡Abraham, Abraham!»
    El contestó:
    «Aquí estoy».
    El ángel le dijo:
    «No descargues la mano contra tu hijo, ni le hagas daño. Ya veo que temes a Dios, porque no le has negado a tu hijo único».
    Abraham levantó los ojos y vio un carnero, enredado por los cuernos en la maleza. Atrapó el carnero y lo ofreció en sacrificio, en lugar de su hijo. Abraham puso por nombre a aquel sitio “el Señor provee”, por lo que aun el día de hoy se dice: “el monte donde el Señor provee”. El ángel del Señor volvió a llamar a Abraham desde el cielo y le dijo:
    «Juro por mí mismo, dice el Señor, que por haber hecho esto y no haberme negado a tu hijo único, yo te bendeciré y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y las arenas del mar. Tus descendientes conquistarán las ciudades enemigas. En tu descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la tierra, porque obedeciste a mis palabras».
  • Evangelio: Mateo 28, 1-10
    «Ha resucitado e irá delante de ustedes a Galilea»Transcurrido el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. De pronto se produjo un gran temblor, porque el ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose al sepulcro, hizo rodar la piedra que lo tapaba y se sentó encima de ella. Su rostro brillaba como el relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve. Los guardias, atemorizados ante él, se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo:
    «No teman. Ya sé que buscan a Jesús, el crucificado. No está aquí; ha resucitado, como lo había dicho. Vengan a ver el lugar donde lo habían puesto. Y ahora, vayan de prisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de ustedes a Galilea; allá lo verán”. Eso es todo».
    Ellas se alejaron a toda prisa del sepulcro y, llenas de temor y de gran alegría, corrieron a dar la noticia a los discípulos. Pero de repente Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se le acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron. Entonces les dijo Jesús:
    «No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán».


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Lecturas Misa Viernes 22 Abril 2011 – Viernes Santo

Lecturas de la liturgia

  • Primera Lectura: Isaías 52, 13-15; 53, 1-12
    «El fue traspasado por nuestros crímenes»Mi siervo tendrá éxito, crecerá y llegará muy alto. Lo mismo que muchos se horrorizaban al verlo, porque estaba tan desfigurado que no parecía hombre ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchas naciones. Los reyes se quedarán sin palabras, al ver algo que nunca les habían contado y comprender algo que nunca habían oído. ¿Quién creyó nuestro anuncio? ¿A quién se manifestó el poder del Señor?
    Creció ante el Señor como un retoño, como raíz en tierra árida. No tenía gracia ni belleza para que nos fijáramos en él, tampoco aspecto atractivo para que lo admiráramos. Fue despreciado y rechazado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento; como alguien a quien no se quiere mirar, lo
    despreciamos y lo estimamos en nada. Sin embargo, él llevaba nuestros sufrimientos, soportaba nuestros dolores. Nosotros lo creíamos castigado, herido por Dios y humillado, pero eran nuestras rebeldías las que lo traspasaban y nuestras culpas las que lo trituraban. Sufrió el castigo para nuestro bien y con sus heridas nos sanó. Andábamos todos errantes como ovejas, cada uno por su camino, y el Señor cargó sobre él todas nuestras culpas. Cuando era maltratado, él se sometía, y no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa ni juicio se lo llevaron, y ¿quién se preocupó de su suerte?
    Lo arrancaron de la tierra de los vivos, lo hirieron por los pecados de mi pueblo; lo enterraron con los malhechores, lo sepultaron con los malvados, aunque él no cometió ningún crimen ni hubo engaño en su boca. Pero el Señor quiso quebrantarlo con sufrimientos. Y si él entrega su vida como expiación, verá su
    descendencia, tendrá larga vida y por medio de él, prosperarán los planes del Señor. Después de una vida de amarguras verá la luz, comprenderá su destino. Mi siervo, el justo, traerá a muchos la salvación cargando con las culpas de ellos.
    Por eso, le daré un puesto de honor entre los grandes y con los poderosos participará del triunfo, por haberse entregado a la muerte y haber compartido la suerte de los pecadores. Pues él cargó con los pecados de muchos e intercedió por los pecadores.
  • Salmo Responsorial: 30
    «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.» 

    A ti, Señor, me acojo, que no quede yo nunca defraudado; líbrame por tu bondad. En tus manos encomiendo mi espíritu; tú, mi Dios leal, me librarás.
    R. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

    Soy la burla de mis agresores, motivo de risa para mis vecinos, el espanto de mis conocidos; los que me ven por la calle huyen de mí; olvidado de todos como un muerto, me he convertido en un objeto inútil.
    R. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
                                                                                                                                Pero yo confío en ti, Señor; yo te digo: «Tú eres mi Dios». Mi destino está en tus manos, líbrame de los enemigos que me persiguen.
    R. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

    Que tu rostro resplandezca sobre tu siervo, sálvame por tu amor. Sean fuertes y anímense, todos los que esperan en el Señor.
    R. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

  • Segunda Lectura: Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9
    «Aprendió a obedecer y se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen»Hermanos: Ya que tenemos en Jesús, el Hijo de Dios, un sumo sacerdote eminente que ha penetrado en los cielos, mantengámonos firmes en la fe que profesamos.
    Pues no es él un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, sino que ha sido probado en todo como nosotros excepto en el pecado.
    Acerquémonos, pues, con plena confianza al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y encontrar la gracia de un socorro oportuno.
    El mismo Cristo, que en los días de su vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado en atención a su actitud reverente; y precisamente porque era Hijo, aprendió sufriendo a obedecer. Llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen.
  • Evangelio: Juan 18, 1-40; 19, 1-42
    «† Pasión de nuestro Señor Jesucristo»C. En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaron el torrente Cedrón y entraron en un huerto que había cerca. Este lugar era conocido por Judas, el traidor, porque Jesús se reunía frecuentemente allí con sus discípulos. Así que Judas, llevando consigo un destacamento de soldados romanos y los guardias puestos a su disposición por los sumos sacerdotes y los fariseos, se dirigió a aquel lugar. Iban armados y equipados con faroles y antorchas.
    Jesús, que sabía todo lo que iba a ocurrir, salió a su encuentro y les preguntó:
    †. «¿A quién buscan?»
    C. Ellos contestaron:
    S. «A Jesús de Nazaret».
    C. Les dijo Jesús:
    †. «Yo soy».
    C. Judas, el traidor, estaba allí con ellos. En cuanto les dijo:“Yo soy”, retrocedieron y cayeron a tierra. Jesús les preguntó de nuevo:
    †. «¿A quién buscan?»
    C. Volvieron a contestarle:
    S. «A Jesús de Nazaret».
    C. Jesús les dijo:
    †. «Ya les he dicho que soy yo. Por tanto, si me buscan a mí, dejen que éstos se vayan».
    C. Así se cumplió lo que él mismo había dicho: “No he perdido a ninguno de los que me diste”.
    Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó e hirió con ella a un criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Pero Jesús dijo a Pedro:
    †. «Guarda tu espada. ¿Es que no debo beber este cáliz de amargura que el Padre me ha preparado?»
    C. Los soldados romanos, con su comandante al frente, y la guardia judía, arrestaron a Jesús y le ataron las manos. Acto seguido, lo condujeron a casa de Anás, el cual era suegro de Caifás, que era sumo sacerdote aquel año. Caifás era el que había aconsejado a los judíos: “Conviene que muera un solo hombre por el pueblo”.
    Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo, que era conocido del sumo sacerdote, entró al mismo tiempo que Jesús en el patio interior de la casa del sumo sacerdote. Pedro, en cambio, tuvo que quedarse fuera junto a la puerta, hasta que el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera y consiguió que lo dejara entrar. Pero la portera preguntó a Pedro:
    S.«¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?»
    C. Pedro le contestó:
    S. «No, no lo soy».
    C. Como hacía frío, los criados y la guardia habían preparado una fogata y estaban en torno a ella calentándose. Pedro estaba también con ellos calentándose.
    El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza. Jesús declaró:
    †. «Yo he hablado siempre en público. He enseñado en las sinagogas y en el templo, donde se reúnen todos los judíos. No he enseñado nada clandestinamente. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que me han oído, y ellos podrán informarte».
    C. Al oír esta respuesta, uno de los guardias, que estaba junto a él, le dio una bofetada, diciéndole:
    S. «¿Cómo te atreves a contestar así al sumo sacerdote?»
    C. Jesús le dijo:
    †. «Si he hablado mal, demuéstrame en qué; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?»
    C. Entonces Anás lo envió, con las manos atadas, a Caifás, el sumo sacerdote.
    Mientras Simón Pedro estaba junto a la fogata, calentándose, uno le preguntó:
    S. «¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?»
    C. Pedro lo negó diciendo:
    S. «No, no lo soy».
    C. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquél a quien Pedro había cortado la oreja, le insistió:
    S. «¿Cómo que no? Yo mismo te vi en el huerto con él».
    C. Pedro volvió a negarlo. Y en aquel momento cantó el gallo.
    Después condujeron a Jesús desde la casa de Caifás hasta el palacio del gobernador. Era de madrugada. Los judíos no entraron en el palacio para no contraer impureza legal, y poder celebrar así la cena de pascua. Pilato, por su parte, salió adonde estaban ellos y les preguntó:
    S. «¿De qué acusan a este hombre?»
    C. Ellos le contestaron:
    S. «Si no fuera un criminal, no te lo habríamos entregado».
    C. Pilato les dijo:
    S. «Llévenselo y júzguenlo según su ley».
    C. Los judíos dijeron:
    S. «Nosotros no estamos autorizados para condenar a muerte a nadie».
    C. Así se cumplió la palabra de Jesús, que había anunciado de qué forma iba a morir. Pilato volvió a entrar en su palacio, llamó a Jesús y le interrogó:
    S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
    C. Jesús le contestó:
    †. «¿Dices eso por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?»
    C. Pilato respondió:
    S. «¿Acaso soy yo judío? Son los de tu propia nación y lo sumos sacerdotes los que te han
    entregado a mí. ¿Qué has hecho?»
    C. Jesús le explicó:
    †. «Mi reino no es de este mundo. Si lo fuera, mis seguidores hubieran luchado para impedir que yo fuera entregado a los judíos. Pero no, mi reino no es de este mundo».
    C. Pilato insistió:
    S. «Entonces, ¿eres rey?»
    C. Jesús le respondió:
    †. «Soy rey, como tú dices. Y mi misión consiste en dar testimonio de la verdad. Precisamente para eso he nacido y para eso he venido al mundo. Todo el que pertenece a la verdad escucha mi voz».
    C. Pilato le preguntó:
    S. «¿Y qué es la verdad?»
    C. Después de decir esto, Pilato salió de nuevo y dijo a los judíos:
    S. «Yo no encuentro delito alguno en este hombre. Pero como ustedes tienen derecho a que les ponga en libertad un prisionero durante la fiesta de la pascua, ¿quieren que deje en libertad al rey de los judíos?»
    C. Pero ellos seguían gritando:
    S. «¡No, a ése no! ¡Deja en libertad a Barrabás!» (El tal Barrabás era un bandido).
    C. Entonces Pilato ordenó que lo azotaran. Los soldados prepararon una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza. También le colocaron sobre los hombros un manto rojo. Y se acercaban a él, diciendo:
    S. «¡Salve, rey de los judíos!»
    C. Y le daban bofetadas. Pilato salió, una vez más, y les dijo:
    S. «Miren, lo traigo de nuevo para que quede bien claro que yo no encuentro delito alguno en este hombre».
    C. Salió, pues, Jesús afuera. Llevaba sobre su cabeza la corona de espinas y sobre sus hombros el manto rojo. Pilato lo presentó con estas palabras:
    S. «¡Este es el hombre!»
    C. Los sumos sacerdotes y los guardias, al verlo, comenzaron a gritar:
    S. «¡Crucifícalo, crucifícalo!»
    C. Pilato les dijo:
    S. «Llévenselo ustedes y crucifíquenlo; porque yo no encuentro delito alguno en él».
    C. Los judíos insistieron:
    S. «Nosotros tenemos una ley y, según ella, debe morir, porque se ha presentado a sí mismo como Hijo de Dios».
    C. Al oír esto, Pilato sintió aún más miedo. Entró de nuevo en el palacio y preguntó a Jesús:
    S. «¿De dónde eres tú?»
    C. Pero Jesús no le contestó. Pilato le dijo:
    S. «¿Te niegas a contestarme? ¿Es que no sabes que yo tengo autoridad, tanto para dejarte en libertad como para ordenar que te crucifiquen?»
    C. Jesús le respondió:
    †. «No tendrías autoridad alguna sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto; por eso, el que me entregó a ti tiene más culpa que tú».
    C. Desde ese momento Pilato intentaba ponerlo en libertad. Pero los judíos le gritaban:
    S. «Si pones en libertad a ese hombre, no eres amigo del emperador romano. Porque cualquiera que tenga la pretensión de ser rey, es enemigo del emperador».
    C. Pilato, al oír esto, mandó que sacaran fuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el lugar conocido con el nombre de «Enlosado» (que en la lengua de los judíos, se llama “Gábbata”). Era la víspera de la fiesta de la pascua, hacia el mediodía. Pilato dijo a los judíos:
    S. «¡Aquí tienen a su rey!»
    C. Ellos comenzaron a gritar:
    S. «¡Mátalo! ¡Crucifícalo!»
    C. Pilato insistió:
    S. «¿Cómo voy a crucificar a su rey?»
    C. Pero los sumos sacerdotes contestaron:
    S. «Nuestro único rey es el emperador romano».
    C. Entonces Pilato les entregó a Jesús para que lo crucificaran.
    Se hicieron, pues, cargo de Jesús quien, llevando a hombros su propia cruz, salió de la ciudad hacia un lugar llamado “La Calavera” (que en la lengua de los judíos se dice “Gólgota”). Allí lo crucificaron junto con otros dos, uno a cada lado de Jesús.
    Pilato mandó escribir y poner sobre la cruz un letrero con esta inscripción: “Jesús de Nazaret, el rey de los judíos”. Leyeron el letrero muchos judíos, porque el lugar donde Jesús había sido crucificado estaba cerca de la ciudad, y estaba escrito en hebreo, en latín y en griego. Los sumos sacerdotes se presentaron a Pilato y le dijeron:
    S. «No escribas: “El rey de los judíos”, sino más bien: “Este hombre ha dicho: Yo soy el rey de los judíos”».
    C. Pilato les contestó:
    S. «Lo que he escrito, escrito queda».
    C. Los soldados, después de crucificar a Jesús, se apropiaron de sus vestidos e hicieron con ellos cuatro partes, una para cada uno. Dejaron aparte la túnica. Como era una túnica sin costuras, tejida de una sola pieza de arriba abajo, los soldados llegaron a este acuerdo:
    S. «Es mejor que no la dividamos, vamos a sortearla para ver a quién le toca».
    C. Así se cumplió este texto de la Escritura:
    Dividieron entre ellos mis vestidos y mi túnica la echaron a suertes.
    Eso fue lo que hicieron los soldados.
    Junto a la cruz de Jesús
    estaban su madre, la hermana de su madre, María la mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo a quien tanto amaba, dijo a su madre:
    †. «Mujer, ahí tienes a tu hijo».
    C. Después dijo al discípulo:
    †. «Ahí tienes a tu madre».
    C. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió como suya. Después Jesús, sabiendo que todo se había cumplido, para que también se cumpliera la Escritura, exclamó:
    †. «Tengo sed».
    C. Había allí una jarra con vinagre. Los soldados colocaron en la punta de una caña una esponja empapada en el vinagre y se la acercaron a la boca. Jesús probó al vinagre y dijo:
    †. «Todo está cumplido».
    C. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

    C. Como era el día de la preparación de la fiesta de pascua, los judíos no querían que los cuerpos quedaran en la cruz aquel sábado, ya que aquel día se celebraba una fiesta muy solemne. Por eso pidieron a Pilato que ordenara romper las piernas a los crucificados y que los bajaran de la cruz.
    Fueron, pues, los soldados y rompieron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Cuando se acercaron a Jesús, se dieron cuenta de que ya había muerto; por eso no le rompieron las piernas. Pero uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y en seguida brotó del costado sangre y agua.
    El que vio estas cosas da testimonio de ellas, y su testimonio es verdadero. El sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura, que dice: No le quebrarán ningún hueso. La Escritura dice también en otro pasaje: Mirarán al que traspasaron.
    Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque lo mantenía en secreto por miedo a los judíos, pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió.
    Entonces él fue y tomó el cuerpo de Jesús. Llegó también Nicodemo, el que en una ocasión había ido a hablar con Jesús durante la noche, con unos treinta kilos de una mezcla de mirra y perfume. Entre los dos se llevaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas de lino bien empapadas en la mezcla de mirra y perfume, según la costumbre judía de sepultar a los muertos.
    Cerca del lugar donde fue crucificado Jesús había un huerto y, en el huerto, un sepulcro nuevo en el que nadie había sido enterrado. Allí, pues, depositaron a Jesús, dado que el sepulcro estaba cerca y era la víspera de la fiesta de pascua.


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Lecturas misa 21 Abril 2011 – Jueves Santo

Lecturas de la liturgia

  • Primera Lectura: Exodo 12, 1-8.11-14
    «Prescripciones sobre la cena pascual»En aquellos días, el Señor dijo a Moisés y a Aarón en Egipto:
    «Este mes será para ustedes el más importante de todos, será el primer mes del año. Digan a toda la asamblea de Israel:
    Que el día décimo de este mes prepare cada uno un cordero por familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comerlo entero, que invite a cenar en su casa a su vecino más próximo, según el número de personas y la porción de cordero que cada cual pueda comer.
    Será un animal sin defecto, macho, de un año; podrá ser cordero o cabrito. Lo guardarán hasta el día catorce de este mes, y toda la comunidad de Israel lo inmolará al atardecer. Luego rociarán con la sangre el marco de la puerta en las casas donde vayan a comerlo. Lo comerán esa noche asado al fuego, con panes sin levadura y hierbas amargas. Y lo comerán así: el cinturón puesto, los pies calzados, bastón en mano y a toda prisa, porque es la pascua del Señor.
    Esa noche pasaré yo por el país de Egipto y mataré a todos sus primogénitos, tanto de los hombres como de los animales. Así ejecutaré mi sentencia contra todos los dioses de Egipto. Yo, el Señor. La sangre servirá de señal en las casas donde estén; al ver yo la sangre, pasaré de largo y, cuando yo castigue a Egipto, la plaga exterminadora no los alcanzará cuando hiera yo a Egipto.
    Este día lo recordarán siempre y lo celebrarán como fiesta del Señor, institución perpetua para todas las generaciones».
  • Salmo Responsorial: 115
    «Gracias, Señor, por tu sangre que nos lava.»¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Levantaré el cáliz de la salvación, invocando su nombre.
    R. Gracias, Señor, por tu sangre que nos lava.

    El Señor siente profundamente la muerte de sus fieles. Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava; rompiste mis ataduras.
    R. Gracias, Señor, por tu sangre que nos lava.

    Te ofreceré un sacrificio de acción de gracias invocando tu nombre; cumpliré mis promesas al Señor en presencia de todo el pueblo.
    R. Gracias, Señor, por tu sangre que nos lava.

  • Segunda Lectura: I Corintios 11, 23-26
    «Cada vez que comen de este pan y beben de este cáliz, proclaman la muerte del Señor»Hermanos: Por lo que a mí toca, del Señor recibí la tradición que les he transmitido, a saber, que Jesús, el Señor, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió y dijo:
    «Esto es mi cuerpo entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía».
    Igualmente, después de cenar, tomó el cáliz y dijo:
    «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; cuantas veces beban de él, háganlo en memoria mía».
    Así pues, siempre que coman de este pan y beban de este cáliz, anuncian la muerte del Señor hasta que él venga.
  • Evangelio: Juan 13, 1-15
    «Los amó hasta el extremo»Era la víspera de la fiesta de la pascua. Jesús sabía que le había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre. Y él, que había amado a los suyos, que estaban en el mundo, llevó su amor hasta el final.
    Estaban cenando y ya el diablo había convencido a Judas Iscariote, hijo de Simón, para que entregara a Jesús. Entonces Jesús, sabiendo que el Padre le había entregado todo, y que de Dios había venido y a Dios regresaba, se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y se la colocó en la cintura.
    Después echó agua en una palangana y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba a la cintura.
    Cuando llegó a Simón Pedro, éste se resistió:
    «Señor, ¿cómo vas a lavarme tú a mí los pies?»
    Jesús le contestó:
    «Lo que estoy haciendo, tú no lo puedes comprender ahora; lo comprenderás después».
    Pedro insistió:
    «Jamás permitiré que me laves los pies».
    Entonces Jesús le contestó:
    «Si no te lavo los pies, no tendrás nada que ver conmigo».
    Simón Pedro reaccionó diciendo:
    «Señor, no sólo los pies; lávame también las manos y la cabeza».
    Pero Jesús le dijo:
    «El que se ha bañado sólo necesita lavarse los pies, porque está completamente limpio; y ustedes están limpios, aunque no todos».
    Sabía muy bien Jesús quién lo iba a entregar; por eso dijo: “No todos están limpios”.
    Después de lavarles los pies, se puso de nuevo el manto, volvió a sentarse a la mesa y dijo:
    «¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque efectivamente lo soy. Pues bien, si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben hacer lo mismo unos con otros. Les he dado ejemplo, para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes».


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Lecturas misa Domingo 17 de Abril 2010 – Domingo de Ramos

Lecturas de la liturgia

  • Primera Lectura: Isaías 50, 4-7
    «No oculté el rostro a insultos, y sé que no quedaré avergonzado»En aquel entonces, dijo Isaías:
    «El Señor me ha dado una lengua experta, para que pueda confortar al abatido con palabras de aliento. Mañana tras mañana, el Señor despierta mi oído, para que escuche yo, como discípulo. El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia ni me he echado para atrás.
    Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba. No aparté mi rostro de los insultos y salivazos.
    Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido, por eso endureció mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado».
  • Salmo Responsorial: 21
    «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» 

    Al verme se burlan de mí, hacen muecas, mueven la cabeza: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre si tanto lo quiere».
    R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

    Me acorrala una jauría de perros, me rodea una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos.
    R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

    Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.
    R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

    Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Fieles del Señor, alábenlo; linaje de Jacob, glorifíquenlo; témanlo, linaje de Israel.
    R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado

  • Segunda Lectura: Filipenses 2, 6-11
    «Cristo se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó»Hermanos: Cristo, siendo Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz.
    Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que, al nombre de Jesús, todos doblen la rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y todos reconozcan públicamente que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
  • Evangelio: Mateo 26, 14-75; 27, 1-54
    «Pasión de nuestro Señor Jesucristo» 

    A. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo:
    B. «¿Cuánto me dan si les entregó a Jesús?»
    A. Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo.
    El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron:
    B. «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
    A. El respondió:
    †. «Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: “El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa” ».
    A. Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua.
    Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce, y mientras cenaban, les dijo:
    †. «Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme».
    A. Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno:
    B. «¿Acaso soy yo, Señor?»
    A. El respondió:
    †. «El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido».
    A. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
    B. «¿Acaso soy yo, Maestro?»
    A. Jesús le respondió:
    †. «Tú lo has dicho».
    A. Durante la cena, Jesús tomó un pan, y pronunciada la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
    †. «Tomen y coman. Este es mi Cuerpo».
    A. Luego tomó en sus manos una copa de vino, y pronunciada la acción de gracias, la pasó a sus discípulos, diciendo:
    †. «Beban todos de ella, porque ésta es mi Sangre, Sangre de la nueva alianza, que será derramada por todos, para el perdón de los pecados. Les digo que ya no beberé más del fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre».
    A. Después de haber cantado el himno, salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo:
    †. «Todos ustedes se van a escandalizar de mí esta noche, porque está escrito: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero después de que yo resucite, iré delante de ustedes a Galilea».
    A. Entonces Pedro le replicó:
    B. «Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré».
    A. Jesús le dijo:
    †. «Yo te aseguro que esta misma noche, antes de que el gallo cante, me habrás negado tres veces».
    A. Pedro le replicó:
    B. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».
    A. Y lo mismo dijeron todos los discípulos.
    Entonces Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a los discípulos:
    †. «Quédense aquí mientras yo voy a orar más allá».
    A. Se llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo:
    †. «Mi alma está llena de una tristeza mortal. Quédense aquí y velen conmigo».
    A. Avanzó unos pasos más, se postró rostro en tierra y comenzó a orar, diciendo:

    †. «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».
    A. Volvió entonces a donde estaban los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
    †. «¿No han podido velar conmigo ni una hora? Velen y oren, para no caer en la tentación, porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil».
    A. Y alejándose de nuevo, se puso a orar, diciendo:
    †. «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
    A. Después volvió y encontró a sus discípulos otra vez dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño. Los dejó y se fue a orar de nuevo, por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Después de esto, volvió a donde estaban los discípulos y les dijo:
    †. «Duerman ya y descansen. He aquí que llega la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya está aquí el que me va a entregar».
    A. Todavía estaba hablando Jesús, cuando llegó Judas, uno de los Doce, seguido de una chusma numerosa con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que lo iba a entregar les había dado esta señal:
    B. «Aquel a quien yo le dé un beso, ése es. Aprehéndanlo».
    A. Al instante se acercó a Jesús y le dijo:
    B. «¡Buenas noches, Maestro!»
    A. Y lo besó. Jesús le dijo:
    †. «Amigo, ¿es esto a lo que has venido?»
    A. Entonces se acercaron a Jesús, le echaron mano y lo apresaron.
    Uno de los que estaban con Jesús, sacó la espada, hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó una oreja. Le dijo entonces Jesús:
    †. «Vuelve la espada a su lugar, pues quien usa la espada, a espada morirá. ¿No crees que si yo se lo pidiera a mi Padre, él pondría ahora mismo a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Pero, ¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras, que dicen que así debe suceder?»
    A. Enseguida dijo Jesús a aquella chusma:
    †. «¿Han salido ustedes a apresarme como a un bandido, con espadas y palos? Todos los días yo enseñaba, sentado en el templo, y no me aprehendieron. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las predicciones de los profetas».
    A. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
    Los que aprehendieron a Jesús lo llevaron a la casa del sumo sacerdote Caifás, donde los escribas y los ancianos estaban reunidos. Pedro los fue siguiendo de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote. Entró y se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello.
    Los sumos sacerdotes y todo el sanedrín andaban buscando un falso testimonio contra Jesús, con ánimo de darle muerte; pero no lo encontraron, aunque se presentaron muchos testigos falsos. Al fin llegaron dos, que dijeron:
    B. «Este dijo: “Puedo derribar el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”».
    A. Entonces el sumo sacerdote se levantó y le dijo:
    B. «¿No respondes nada a lo que éstos atestiguan en contra tuya?»
    A. Como Jesús callaba, el sumo sacerdote le dijo:
    B. «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».
    A. Jesús le respondió:
    †. «Tú lo has dicho. Además, yo les declaro que pronto verán al Hijo del hombre, sentado a la derecha de Dios, venir sobre las nubes del cielo».
    A. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó:
    B. «¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?»
    A. Ellos respondieron:
    B. «Es reo de muerte».
    A. Luego comenzaron a escupirle en la cara y a darle de bofetadas. Otros lo golpeaban, diciendo:
    B. «Adivina quién es el que te ha pegado».
    A. Entretanto, Pedro estaba fuera, sentado en el patio. Una criada se le acercó y le dijo:
    B. «Tú también estabas con Jesús, el galileo».
    A. Pero él lo negó ante todos, diciendo:
    B. «No sé de qué me estás hablando».
    A. Ya se iba hacia el zaguán, cuando lo vio otra criada y dijo a los que estaban allí:
    B. «También ése andaba con Jesús, el nazareno».
    A. El de nuevo lo negó con juramento:
    B. «No conozco a ese hombre».
    A. Poco después se acercaron a Pedro los que estaban allí y le dijeron:
    B. «No cabe duda de que tú también eres de ellos, pues hasta tu modo de hablar te delata».
    A. Entonces él comenzó a echar maldiciones y a jurar que no conocía a aquel hombre. Y en aquel momento cantó el gallo. Entonces se acordó Pedro de que Jesús había dicho: “Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces”. Y saliendo de allí se soltó a llorar amargamente.
    Llegada la mañana, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra Jesús para darle muerte. Después de atarlo, lo llevaron ante el procurador, Poncio Pilato, y se lo entregaron.
    Entonces Judas, el que lo había entregado, viendo que Jesús había sido condenado a muerte, devolvió arrepentido las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo:
    B. «Pequé, entregando la sangre de un inocente».
    A. Ellos dijeron:
    B. «¿Y a nosotros qué nos importa? Allá tú».
    A. Entonces Judas arrojó las monedas de plata en el templo, se fue y se ahorcó.
    Los sumos sacerdotes tomaron las monedas de plata y dijeron:
    B. «No es lícito juntarlas con el dinero de las limosnas, porque son precio de sangre».
    A. Después de deliberar, compraron con ellas el Campo del alfarero, para sepultar allí a los extranjeros. Por eso aquel campo se llama hasta el día de hoy «Campo de sangre”. Así se cumplió lo que dijo el profeta Jeremías: “Tomaron las treinta monedas de plata en que fue tasado aquel a quien pusieron precio algunos hijos de Israel, y las dieron por el Campo del alfarero, según lo que me ordenó el Señor”.
    Jesús compareció ante el procurador, Poncio Pilato, quien le preguntó:
    B. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
    A. Jesús respondió:
    †. «Tú lo has dicho».
    A. Pero nada respondió a las acusaciones que le hacían los sumos sacerdotes y los ancianos. Entonces le dijo Pilato:
    B. «¿No oyes todo lo que dicen contra ti?»
    A. Pero él nada respondió, hasta el punto de que el procurador se quedó muy extrañado. Con ocasión de la fiesta de la Pascua, el procurador solía conceder a la multitud la libertad del preso que quisieran. Tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Dijo, pues, Pilato a los allí reunidos:
    B. «¿A quién quieren que les deje en libertad: a Barrabás o a Jesús, que se dice el Mesías?»
    A. Pilato sabía que se lo habían entregado por envidia.
    Estando él sentado en el tribunal, su mujer mandó decirle:
    B. «No te metas con ese hombre justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa».
    A. Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la muchedumbre de que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Así, cuando el procurador les preguntó:
    B. «¿A cuál de los dos quieren que les suelte?».
    A. Ellos respondieron:
    B. «A Barrabás».
    A. Pilato les dijo:
    B. «¿Y qué voy a hacer con Jesús, que se dice el Mesías?»
    A. Respondieron todos:
    B. «Crucifícalo».
    A. Pilato preguntó:
    B. «Pero, ¿qué mal ha hecho?»
    A. Mas ellos seguían gritando cada vez con más fuerza:
    B. «¡Crucifícalo!»
    A. Entonces Pilato, viendo que nada conseguía y que crecía el tumulto, pidió agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo:
    B. «Yo no me hago responsable de la muerte de este hombre justo. Allá ustedes».
    A. Todo el pueblo respondió:
    B. «¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!»
    A. Entonces Pilato puso en libertad a Barrabás. En cambio a Jesús lo hizo azotar y lo entregó para que lo crucificaran.
    Los soldados del procurador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a todo el batallón. Lo desnudaron, le echaron encima un manto de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza; le pusieron una caña en su mano derecha, y arrodillándose ante él, se burlaban diciendo:
    B. «¡Viva el rey de los judíos!»
    A. Y le escupían. Luego, quitándole la caña, lo golpeaban con ella en la cabeza. Después de que se burlaron de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar. Juntamente con él crucificaron a dos ladrones.
    Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Al llegar a un lugar llamado Gólgota, es decir, “Lugar de la Calavera”, le dieron a beber a Jesús vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no lo quiso beber. Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos, echando suertes, y se quedaron sentados allí para custodiarlo. Sobre su cabeza pusieron por escrito la causa de su condena: “Este es Jesús, el rey de los judíos”. Juntamente con él, crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
    Los que pasaban por allí lo insultaban moviendo la cabeza y gritándole:
    B. «Tú, que destruyes el templo y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz».
    A. También se burlaban de él los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, diciendo:
    B. «Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo. Si es el rey de Israel, que baje de la cruz y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios, que Dios lo salve ahora, si es que de verdad lo ama, pues él ha dicho: “Soy el Hijo de Dios”».
    A. Hasta los ladrones que estaban crucificados a su lado lo injuriaban.
    Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, se oscureció toda aquella tierra. Y alrededor de las tres, Jesús exclamó con fuerte voz:
    †«Elí, Elí, ¿ lemá sabactaní?»
    A. Que quiere decir:
    †. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
    A. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
    B. «Está llamando a Elías».
    A. Enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y sujetándola a una caña, le ofreció de beber. Pero los otros le dijeron:
    B.«Déjalo. Vamos a ver si viene Elías a salvarlo».
    A. Entonces Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró.

    A. Entonces el velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba a abajo, la tierra tembló y las rocas se partieron. Se abrieron los sepulcros y resucitaron muchos justos que habían muerto, y después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. Por su parte, el oficial y los que estaban con él custodiando a Jesús, al ver el terremoto y las cosas que ocurrían, se llenaron de un gran temor y dijeron:
    B. «Verdaderamente éste era Hijo de Dios».
    A. Estaban también allí, mirando desde lejos, muchas de las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
    Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho también discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús, y Pilato dio orden de que se lo entregaran. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo, que había hecho excavar en la roca para sí mismo. Hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se retiró. Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro.
    Al otro día, el siguiente de la preparación de la Pascua, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato y le dijeron:
    B. «Señor, nos hemos acordado de que ese impostor, estando aún en vida, dijo: “A los tres días resucitaré”. Manda, pues, asegurar el sepulcro hasta el tercer día; no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan luego al pueblo: “Resucitó de entre los muertos”, porque esta última impostura sería peor que la primera».
    A. Pilato les dijo:
    B. «Tomen un pelotón de soldados, vayan y aseguren el sepulcro como ustedes quieran».
    A. Ellos fueron y aseguraron el sepulcro, poniendo un sello sobre la puerta y dejaron allí la guardia.


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Homilia domingo 10 de abril. 5º domingo Cuaresma

Hace un par de días paseando por el parque del Retito oí que un señor le decía a otro: “oye, con un poco de agua y mucha luz…¡mira cómo se han puesto los árboles! Y el otro le contestó: “donde hay agua y luz… hay vida”. Este comentario me gustó y me hizo pensar en los evangelios de estos domingos pasados.

El tercer domingo leíamos el pasaje de Jesús con la samaritana. El centro del pasaje es Jesús,  agua viva. El domingo pasado, cuarto de Cuaresma, leíamos el texto del ciego de nacimiento. El ciego se encuentra con Cristo, recobra la vista y confiesa su fe en Jesús luz verdadera que alumbra a todo hombre.

Hoy, domingo quinto, leemos la resurrección de Lázaro. Jesús se define diciendo: “Yo soy la resurrección y la vida”. Siguiendo la lógica de los dos señores, podemos decir que si donde hay agua y luz…hay vida, Jesús que es el agua viva y es la luz verdadera, allí donde está El…hay vida. Jesús que es la vida, se la transmite a Lázaro.

Me voy a fijar en tres aspectos del evangelio. El primero es que la enfermedad de Lázaro “servirá para la gloria de Dios”. En el evangelio de Juan, Jesús está siempre volcado en su relación con el Padre y en hacer que esa relación sea conocida por todos.

Esta relación íntima de Jesús con el Padre es el centro de su vida y su actividad. De ahí que lo que realmente preocupe a Jesús, no es tanto lo que El hace cuanto que lo que El hace lleve a los hombres a reconocer a Dios y su amor por los hombres.

La gloria de Dios es la vida del hombre y la vida en plenitud. Lázaro había gozado de la vida, pero es Jesús, quien le da la vida verdadera, resucitándole. Y esa nueva vida es fruto del amor. “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro” nos dice el evangelista, y  más abajo pone en boca de los judíos: “¡Cómo le quería!”. Ese amor es el amor de Dios que nos da la vida y que nos la ha transmitido por medio de su Hijo querido.

En segundo lugar está la fe. Parte del texto es un diálogo sobre la fe en la vida nueva que nos da Jesús. Marta, más que confesar su fe en la vida, confiesa la fe en quien verdaderamente nos da la vida y es la vida para nosotros. “Creo que tú eres el Hijo de Dios”. La fe pasa desapercibida para los judíos, que tan solo caen en la cuenta del cariño de Jesús por Lázaro. Les falta dar el paso a la fe. Hay personas que se quedan en lo superficial y no dan el paso de la fe. Marta lo dio y es un ejemplo para nosotros. Su fe en Jesús la lleva a confiar en El, en lo que Jesús nos ha traído, que es la vida, y en lo que Jesús hará por su hermano: darle una nueva vida.

El tercer paso es que la verdadera vida que Jesús nos da de parte de Dios es libertad.“Desatadlo y dejadlo andar”, del final del texto es la mejor manera de decirnos Jesús a cada uno de nosotros que la vida es libertad. Nada ni nadie tiene que detenernos porque la vida que Dios nos ha dado es un don que hay que agradecerle a El y que la mejor manera de agradecérselo es vivirla y vivirla en libertad. Jesús al resucitar a Lázaro, al darle nueva vida, le libera definitivamente de todo lo que le ata. Ya ni siquiera la muerte puede atarnos, como tampoco le ató a El cuando resucitó. “Dejadlo andar” es la manera de decirnos:  nada te impide vivir y vivir como Dios te ha creado, libre.

Jesús es el agua que sacia nuestra sed, es la luz que alumbra y es la vida que nos desata y nos deja andar en libertad como El lo hizo.


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Lecturas misa Domingo 10 de Abril 2011 – 5º Dom. Cuaresma

Lecturas de la liturgia

  • Primera Lectura: Ezequiel 37, 12-14
    «Les infundiré mi espíritu y vivirán»Esto dice el Señor Dios:
    «Pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, los haré salir de ellos y los conduciré a la tierra de Israel. Y cuando abra sus sepulcros y los saque de ellos, pueblo mío, ustedes sabrán que yo soy el Señor: les infundiré mi espíritu y vivirán; los estableceré en su tierra y sabrán que yo el Señor, lo digo y lo hago».
    Oráculo del Señor.
  • Salmo Responsorial: 129
    «Perdónanos, Señor, y viviremos.»Desde el abismo de mis pecados clamo a ti, Señor; escucha mi clamor; estén atentos tus oídos a mi voz suplicante.
    R. Perdónanos, Señor, y viviremos.

    Si conservaras el recuerdo de las culpas, Señor, ¿quién habría que se salvara? Pero de ti procede el perdón, por eso con amor te veneramos.
    R. Perdónanos, Señor, y viviremos.

    Confío en el Señor, mi alma espera y confía en su Palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora.
    R. Perdónanos, Señor, y viviremos.

    Porque del Señor viene la misericordia, la abundancia de la redención; y él redimirá a su pueblo de todas sus iniquidades.
    R. Perdónanos, Señor, y viviremos.

  • Segunda Lectura: Romanos 8, 8-11
    «El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en ustedes»Hermanos: Los que viven en forma desordenada y egoísta no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no llevan esa clase de vida, sino una vida conforme al Espíritu, puesto que el Espíritu de Dios habita en ustedes.
    Quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si Cristo vive en ustedes, aunque el cuerpo esté muerto a causa del pecado, el espíritu vive a causa de la actividad salvadora de Dios.
    Si el Espíritu del Padre que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos dará vida también a sus cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en ustedes.
  • Evangelio: Juan 11, 1-45
    «Yo soy la resurrección y la vida»En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron decir a Jesús:
    «Señor, tu amigo está enfermo».
    Al oírlo dijo Jesús:
    «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
    Por eso Jesús, que amaba a Marta, a su hermana María y a Lázaro, al enterarse de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días donde se hallaba. Sólo entonces dice a sus discípulos:
    «Vamos otra vez a Judea».
    Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús:
    «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
    Jesús le dijo:
    «Tu hermano resucitará».
    Marta respondió:
    «Sé que resucitará en la resurrección del ultimo día».
    Jesús le dice:
    «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
    Ella le contestó:
    «Sí, Señor: creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
    Jesús, muy conmovido, preguntó:
    «¿Dónde lo han enterrado?»
    Le contestaron:
    «Señor, ven a verlo».
    Jesús se echó a llorar y los judíos comentaban:
    «¡Cómo lo quería!»
    Pero algunos dijeron:
    «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
    Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba que era una cueva cubierta con una losa.
    Dijo Jesús:
    «Quiten la losa».
    Marta, la hermana del muerto, le dijo:
    «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días».
    Jesús le dijo:
    «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?»
    Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
    «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado».
    Y dicho esto, gritó con voz potente:
    «¡Lázaro, ven afuera!»
    Y el muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
    Jesús les dijo:
    «Desátenlo y déjenlo andar».
    Y muchos judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.


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Lecturas Misa Domingo 3 de Abril 2011 – 4º Dom. Cuaresma

Lecturas de la liturgia

  • Primera Lectura: I Samuel 16, 1b.6-7.10-13
    «David es ungido como rey de Israel»En aquellos días, dijo el Señor a Samuel:
    «Llena tu cuerno de aceite y ve a la casa de Jesé, en Belén, porque de entre sus hijos me he escogido un rey».
    Cuando llegó a Belén y vio a Eliab, el hijo mayor de Jesé, pensó:
    «Seguramente éste es el ungido del Señor».
    Pero el Señor dijo a Samuel:
    «No mires su aspecto ni su gran estatura, pues yo le he descartado. Dios no juzga como juzga el hombre, pues el hombre mira en las apariencias, pero el Señor mira los corazones».
    Hizo pasar Jesé a sus siete hijos ante Samuel, pero Samuel dijo:
    «A ninguno de éstos ha elegido el Señor».
    Luego preguntó a Jesé:
    «¿Son éstos todos tus hijos?»
    El respondió:
    «Falta el más pequeño, que está cuidando el rebaño».
    Samuel dijo a Jesé:
    «Hazlo venir, porque no comeremos hasta que haya venido».
    Jesé lo mandó llamar; era rubio, de ojos vivos y buena presencia. Entonces el Señor dijo a Samuel:
    «Levántate y úngelo, porque éste es».
    Tomó Samuel el cuerno de aceite y le ungió delante de sus hermanos.
  • Salmo Responsorial: 22
    «El Señor es mi pastor, nada me falta.»El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace reposar y hacia fuentes tranquilas me conduce para reparar mis fuerzas.
    R. El Señor es mi pastor, nada me falta.Por ser un Dios fiel a sus promesas, me guía por el sendero recto; así, aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo.Tu vara y tu cayado me dan seguridad.
    R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

    Tú mismo me preparas la mesa, a despecho de mis adversarios; me unges la cabeza con perfume y llenas mi copa hasta los bordes.
    R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

    Tu bondad y tu misericordia me acompañarán todos los días de mi vida; y viviré en la casa del Señor por años sin término.
    R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

  • Segunda Lectura: Efesios 5, 8-14
    «Levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz»Hermanos: En otro tiempo eran tinieblas, ahora son luz en el Señor. Caminen como hijos de la luz. Toda bondad, justicia y verdad son frutos de la luz. Busquen lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien repruébenlas abiertamente, pues lo que ellos hacen en secreto, hasta decirlo da vergüenza.
    Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso se dice:
    “Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz”.
  • Evangelio: Juan 9, 1.6-9.13-17.34-38
    «Fue, se lavó y volvió con vista»En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un ciego de nacimiento. Escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego, y le dijo:
    «Ve a lavarte a la piscina de Siloé» (que significa “Enviado”).
    El fue, se lavó y volvió con vista. Y los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, comentaban:
    «¿No es ése el que se sentaba a pedir limosna?»
    Unos decían:
    «Sí, es el mismo».
    Otros, en cambio, negaban que se trataba del mismo y decían:
    «No es él, sino uno que se le parece».
    Pero el ciego decía:
    «Soy yo».
    Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego, pues en un sábado Jesús hizo lodo con su saliva y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
    El les contestó:
    «Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo».
    Algunos de los fariseos comentaban:
    «Este hombre no puede venir de Dios, porque no respeta el sábado».
    Otros replicaban:
    «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
    Y estaban divididos, y volvieron a preguntarle al ciego:
    «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
    El contestó:
    «Que es un profeta».
    Le replicaron:
    «¿ Es que pretendes darnos lecciones a nosotros, tú que estás lleno de pecado desde que naciste?»
    Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
    «¿Crees en el hijo del hombre?»
    El ciego preguntó:
    «Y quién es, Señor, para que crea en El?»
    Jesús le dijo:
    «Lo estás viendo: es el que está hablando contigo».
    Entonces el hombre dijo:
    «Creo, Señor».
    Y se postró ante Jesús.


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Homilia domingo 27 de marzo 3º de Cuaresma

Podemos decir que gran parte del mundo vive muy deprisa y agobiados por la falta de tiempo. Hoy teniendo muchas cosas para disfrutar no sabemos aprovecharlas precisamente por las prisas. No disfrutamos de la vida, del tiempo, de las personas. No nos paramos a pensar, ya sea porque nos cuesta, o porque nos da miedo. Por otra parte no nos paramos a ver qué necesitamos, sino que metidos en el ajetreo de la vida hacemos cosas, compramos cosas sin pensarlo, por rutina, o porque otros lo hacen.

Nos parecemos un poco a la samaritana que va y viene por agua, sí por necesidad, pero también por rutina, sin pensarlo. Se puede decir que nosotros también vamos y venimos en el día a día haciendo cosas tan solo por cubrir una necesidad, porque lo tenemos que hacer, pero sin pararnos a pensar si lo que hacemos, realmente lo necesitamos. Está claro que no me refiero, por ejemplo, al trabajo.

De vez en cuando también nos paramos a pensar y nos damos cuenta de lo que nos falta. No tanto cosas materiales, no tanto el agua física, sino que caemos en la cuenta que tenemos sed de algo más. Podemos tener sed de vivir, y de vivir dando sentido a nuestra vida. Podemos tener sed de cariño, de amistad, de perdón, de sentir a Dios cerca, de pensar qué significa para mí la Cuaresma, por ejemplo. Sed de vivir la fe día a día, sin caer en la rutina. Sed de encontrarme a mí mismo o sed de encontrar a alguien que me ayude.

Ante todo esto Jesús nos dice: “si conocieras el don de Dios”. Conocer el don de Dios es conocer a Jesús y su mensaje. Es, a través de Jesús, conocer a Dios. El don de Dios no se queda solo en El, sino que lleva unido conocer el don del hermano, del prójimo. Conocer el don de Dios lleva consigo sentarse a pensar, a rezar, a reflexionar sobre Dios, sobre mí mismo y sobre el prójimo. Es buscar en el corazón que es donde realmente hay que buscarlo y así calmar la sed que cada uno podamos tener.

La samaritana lo busca y lo encuentra en Jesús. Ese encuentro mutuo es por una parte fortuito, y por otra parte querido por Jesús. Jesús envía a los discípulos a comprar comida y él se queda esperando. Pensemos que en nosotros también se pueden dar encuentros fortuitos con Dios y encuentros queridos por Dios. El siempre sale a nuestra búsqueda, El se queda sentado esperando nuestra llegada y establece con nosotros un diálogo que ayuda a  calmar la sed que tenemos.

Aunque Jesús calma nuestra sed, El nos espera para charlar, para encontrarse con nosotros. Si la falta de agua puede llegar a ser un problema mundial, la falta de Dios, de conocer el don de Dios, lo está siendo ya. La indiferencia religiosa hace que la gente busque saciar su sed en cosas que realmente no calman la sed. Cuando esa sed no se calma se busca más y más pero si pararse a pensar dónde realmente podemos saciar la sed.

Jesús es el agua viva que sacia la sed de todo aquel se que encuentra con El. Jesús se ofrece como agua. Al igual que la samaritana le pide a Jesús que le dé esa agua que calme su sed para siempre,  nosotros también pidámosle a Dios que nos paremos a conocer de qué tenemos realmente sed, pidámosle que su Hijo Jesús sacie la sed de vivir la fe cada día, de trabajar por la paz, la justicia,…y sobre todo que no caigamos en la rutina o en el buscar por buscar, cuando ya hemos encontrado a Jesús, la fuente de agua viva.


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Homilia domingo 20 de marzo. 3º de Cuaresma

Podemos decir que el evangelio de este domingo es totalmente opuesto al del domingo pasado. En el evangelio del domingo pasado veíamos cómo el diablo pretendía tentar a Jesús con el egoísmo, el ansia de poder y de convertirse en un falso dios. Jesús rechaza esa triple tentación porque “purifica y ajusta su propio proyecto de vida al proyecto de Dios”. Jesús “se deja hacer por Dios renunciando al poder”, se sabe enviado a proclamar la Buena Noticia de la misericordia.

Varias notas que merecen tenerse en cuenta. La primera sería que el rostro de Jesús resplandece como el sol. De Moisés y Elías se nos dice que aparecen conversando, pero ya no resplandecen. Mateo, que escribe su evangelio para los judíos, quiere decirnos que, a partir de ahora, la verdadera luz, la verdadera ley y la verdadera profecía nos vienen de Jesús. Moisés y Elías están ahí, ya no brillan. Ahora solo es importante Jesús. Por eso su rostro resplandece.

El rostro resplandeciente de Jesús nos muestra cómo es el Padre, o si queréis nos muestra la gloria del Padre. Solemos fijarnos más en los rostros ensangrentados de Jesús en la Cruz y poco en el rostro glorioso de Cristo resucitado. Somos más dados a quedarnos con el dolor y el sufrimiento que a sentirnos salvados, o más bien a sentirnos amados por el Padre que nos ha  revelado Jesucristo. El rostro resplandeciente de Jesús nos está revelando el amor del Padre por cada uno de nosotros.

La segunda nota sería la sugerencia de Pedro: “hagamos tres tiendas”. Pedro todavía no ha comprendido lo que está viendo y viviendo. No ha dado el salto de la antigua ley y profecía a la nueva ley instaurada por Jesús. No ha caído en la cuenta que a partir de ese momento quien brilla con luz propia es Jesús, que se ha puesto en manos del Padre, no del diablo.  Las tres tiendas significan bienestar, pero también algo de miedo a lo que venga. Es como decir: “mejor quedarnos como estamos”.

Algo así nos puede suceder a nosotros. Buscamos lo seguro, lo de siempre. “Si siempre se ha hecho así, ¿para qué cambiar? Podemos tener miedo al cambio, a la conversión, al cambio de mentalidad. Y eso nos puede pasar como cristianos y como Iglesia. Las tres tiendas pueden estar bien para encontrarse con Jesús, pero pueden estar mal si nos quedamos instalados en ellas por temor a salir y vivir el evangelio.

Y la tercera nota es la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado, mi predilecto. Escuchadlo”. Jesús es el Hijo amado del Padre y se convierte así en su voz. Ese “escuchadlo” es universal. La voz del Padre, a través de la voz de Jesús, tiene que llegar a todos los confines de la tierra. Ese “escuchadlo” es también para nosotros. Jesús se convierte así en el auténtico y único revelador del Padre. Lo que queramos conocer, vivir y transmitir a los demás de Dios, lo tenemos que tomar de lo dicho por Jesús.  Jesús nos toca a cada uno de nosotros como hacía con los enfermos, y nos dice: “levántate, no temas”. No te quedes en la tienda, no te quedes con lo seguro, arriésgate, no temas ser testigo mío, no temas anunciar el evangelio, no temas salir e ir a lo desconocido,…porque el Padre y Yo estamos contigo.

Sintamos en nuestras vidas la presencia fresca, nueva y fuerte de Cristo transfigurado.


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Lecturas misa Domingo 27 de Marzo 2011 – 3º Dom. Cuaresma

Lecturas de la liturgia

  • Primera Lectura: Exodo 17, 3-7
    «Danos agua para beber»En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés:
    «¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestro ganado?»
    Moisés clamó al Señor y dijo:
    «¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen».
    Respondió el Señor a Moisés:
    «Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el bastón con que golpeaste el río y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña y saldrá de ella agua para que beba el pueblo».
    Así lo hizo Moisés a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Masá y Meribá, por la rebelión de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor diciendo:
    «¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?»
  • Salmo Responsorial: 94
    «Señor, que no seamos sordos a tu voz.»Vengan, lancemos vivas al Señor, aclamemos al Dios que nos salva. Acerquémonos a Él, llenos de júbilo, y démosle gracias.
    R. Señor, que no seamos sordos a tu voz.

    Vengan, puestos de rodillas, adoremos y bendigamos al Señor, que nos hizo, pues él es nuestro Dios y nosotros, su pueblo; él es nuestro pastor y nosotros, sus ovejas.
    R. Señor, que no seamos sordos a tu voz.

    Hagámosle caso al Señor, que nos dice: “No endurezcan su corazón, como el día de la revelación en el desierto, cuando sus padres dudaron de mí, aunque habían visto mis obras”.
    R. Señor, que no seamos sordos a tu voz.

  • Segunda Lectura: Romanos 5, 1-2.5-8
    «Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo»Hermanos:
    Ya que hemos sido justificados por la fe, estamos en paz con Dios, por mediación de nuestro Señor Jesucristo. Por Él hemos obtenido con la fe la entrada al mundo de la gracia en que nos encontramos; y podemos gloriarnos de tener la esperanza de participar en la gloria de Dios.
    La esperanza no defrauda, porque Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado.
    En efecto, cuando todavía no teníamos fuerzas para salir del pecado, Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado.
    Difícilmente habrá quién quiera morir por un justo; aunque puede haber alguno dispuesto a morir por una persona sumamente buena.
    Y la prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores.
  • Evangelio: Juan 2, 5-42
    «Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna»En aquel tiempo llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era cerca de mediodía.
    Entonces llegó una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dijo:
    «Dame de beber». (Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida).
    La samaritana le contestó:
    «¿Cómo Tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?»
    (porque los judíos no se trababan con los samaritanos).
    Jesús le dijo:
    «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a Él, y Él te daría agua viva».
    La mujer le respondió:
    «Señor, si no tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Eres Tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo del que bebieron él y sus hijos y sus ganados?»
    Jesús le contestó:
    «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».
    La mujer le dijo:
    «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. Ya veo que eres profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».
    Jesús le dijo:
    «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así es como el Padre quiere que se le dé culto. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad».
    La mujer le dijo:
    «Sé que va a venir el Mesías, Cristo; cuando venga Él nos lo explicará todo»
    Jesús le dijo:
    «Soy yo, el que habla contigo».
    Cuando los samaritanos llegaron a verlo, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. Muchos más creyeron en Él al oír su palabra, y decían a la mujer:
    «Ya no creemos por lo que tú nos has contado, pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es de verdad el Salvador del mundo».