Parroquia Santa María del Pilar Marianistas

La vida de nuestra comunidad cristiana en la red


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OTRA homilía domingo 25º t.o ciclo A. Domingo 18 de septiembre 2011

Hace un par de años pasando al atardecer por una plaza de Madrid vi a un grupo de hombres, emigrantes por el color de la piel, que hablaban entre sí. Preguntando me dijeron que estaban esperando a que llegase un patrón que los contratase para trabajar al día siguiente en sus campos. ¡No daba crédito a lo que oía! En pleno siglo XXI, en Madrid, se sigue usando el sistema de contratación que nos cuenta hoy el evangelio.

Al igual que los jornaleros del evangelio estos emigrantes esperaban pacientemente ser escogidos para ir a trabajar al día siguiente. Imagino que las condiciones de trabajo no respetarían para nada las prestaciones sociales de que tanto hablan los llamados “agentes sociales”. Más bien creo que se trataría de trabajo-salario. Como todos irían a la misma hora, todos recibirían el mismo salario.

Hace unos diez años en una reunión de directores de colegios de Madrid se hablaba de salarios. Habló uno diciendo que está el salario legal, el que marca los convenios, el salario justo, que incluiría algunos beneficios, y el salario digno, que sería aquel que permitiría a una familia vivir dignamente y que estaría por encima del salario legal y justo. Me pareció muy buena esta diferencia de salarios y ojalá se pensara así a la hora de pagarlos.

Todo lo dicho anteriormente sirve para comprender el evangelio de hoy y la actitud del propietario que sale a contratar. Este hombre contrata jornaleros a distintas horas. Con todos se ajusta el mismo salario a pesar de la diferencia de trabajo. Ellos no lo saben hasta que comienzan a recibir su paga. En ese momento es cuando surgen las críticas al propietario. ¡Hemos trabajado más, tenemos que recibir mayor salario!.

Eso no era lo ajustado. Lo ajustado era un trabajo, un denario y se lo da a todos por igual. Nuestra mentalidad, creo, es la de criticar al propietario. Los de la mañana han aguantado todo el sol del día, los otros no. Pero la forma de actuar del propietario es justa: primero porque él se ajustó con cada jornalero en un denario. El paga lo ajustado. Y, segundo porque no quiere que ninguno se quede sin lo necesario para ese día. Ahí está el cuidado de la dignidad de la persona.

El propietario va más allá del salario legal y justo, que antes comentaba. El propietario da un salario digno incluso al que ha trabajado menos, porque piensa que esos que menos han trabajado tienen que alimentar igualmente a una familia y por eso les da un denario, salario de un día de trabajo. El propietario más que pensar en lo legal y en lo justo, piensa en las necesidades de las personas. Un jornalero tenía que llevar a casa un salario digno para poder vivir.

Yo sé que eso choca con cualquier mentalidad y forma de pensar respecto a trabajo-salario. Hoy que los ricos se hacen cada vez más ricos y los pobres más pobres, viene bien reflexionar sobre esta parábola. Hoy que a la gente joven se le hace trabajar horas y horas a cambio de un salario mileurista, viene bien leer atentamente la conducta de este propietario. Y hoy viene bien leer la palabra de Isaías: “mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”. La forma de pensar y de actuar de Dios nos desconcierta, pero menos mal que hay algo que nos desconcierta fuera de nuestra manera de pensar. Dios piensa y actúa de manera distinta a nosotros para llevarnos a nosotros a acercarnos a su manera de pensar y actuar.

 

 


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Homilía domingo 25º t.o. ciclo A.Domingo 18 de septiembre de 2011

Enla Biblia, sobre todo en el Antiguo Testamento, se acude a diversas comparaciones al hablar del pueblo de Israel. Una de las más usadas es compararlo con una viña. En el Nuevo Testamento Jesús también usa esta comparación en varias parábolas. Hoy leemos una de ellas. Si en el Antiguo Testamento la viña es el Pueblo de Israel, en el Nuevo Testamento podemos decir que la viña es, en sentido amplio, el mundo. Al menos podemos darle este sentido a la parábola de hoy.

El dueño de la viña sale varias veces a lo largo del día a contratar jornaleros.  El quiere que todos trabajen, aunque sea un par de horas. Lo que le importa es que vayan a trabajar, a cuidar su viña y que todos reciban un salario para poder vivir. Un denario era el salario de un día de trabajo. Y con un denario podía subsistir una familia.   

El texto nos dice que con los primeros el propietario ajusta un denario por jornada, Con los segundos dice que “os pagaré lo debido” y con el resto no ajusta nada. Pero él quiere ser bueno, con una bondad que a nosotros hoy nos desconcierta, y paga a todos por igual. Eso provoca protestas. Hoy también provocaría protestas.

Al principio decía que la viña es el mundo. Podemos comparar al dueño con Dios y a nosotros con los jornaleros. Siguiendo la lógica anterior se puede decir que Dios envía a los hombres, a todo hombre, a trabajar en el mundo. Y lo hace constantemente.

Ante un mundo tan necesitado de todo, Dios sale a buscar jornaleros que vayan a cuidar el mundo. Y lo hace a todas horas, es decir, en todo momento, pues para El, el mundo siempre necesita cuidados. Quitar las malas hierbas, será como desterrar la guerra, el hambre, la injusticia. Regar la viña, el mundo, será como trabajar por la paz, por el bienestar de todos, porque haya trabajo para todos. Cavar la viña, el mundo, será como ayudar a construir un mundo de hermanos.

Todos tenemos que considerarnos jornaleros enviados a trabajar por un mundo mejor. No caben excusas. Soy mayor, soy niño, soy joven. No sé qué hacer, no puedo hacer nada. Esas excusas no valen ante el Señor. Siempre habrá algo que podamos ofrecer a los demás. Dice un autor: “no tenemos en nuestras manos las soluciones para los problemas del mundo, pero frente a los problemas del mundo, tenemos nuestras manos” (Mamerto Menapace”.

La JornadaMundialdela Juventud, recién celebrada en Madrid, es una invitación especial, es, yo diría, un momento-regalo de Dios a todala Iglesia, pero especialmente a los jóvenes, para decirles “id también vosotros a mi viña”. A esos jóvenes y a muchos otros les llega su momento de trabajar en la viña del Señor que es el mundo. Los jóvenes tienen que sentirse jornaleros capaces de labrar, cavar, cuidar y regar la viña que Dios pone en sus manos.

 Los mayores también tenemos que seguir trabajando en los surcos que hayamos abierto, pero dejando que los jóvenes abran y trabajen los suyos. El que sean de la última hora, que siempre los habrá, no les quita para nada la importancia que tiene su trabajo, su testimonio de vivir la fe en el mundo actual. Lo que sí tiene que quedar claro es que todos somos jornaleros de la viña, llamados cada uno a una hora distinta, pero con la misma vocación de cuidar de la viña del Señor.


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Homilía domingo 24º t.o. Ciclo A domingo 11 de septiembre 2011

El domingo pasado decía que corregir, o reprender resulta difícil, duro, que hay que saber hacerlo y que al hacerlo se debe hacer de forma sencilla y desde la comprensión más que desde la condenación. En las lecturas de hoy, sobre todo, primera y evangelio se nos pide algo más difícil aún: saber perdonar.

La pregunta de Pedro, más o menos formulada de esta manera, está en nuestras mentes y en nuestro corazón: ¿cuántas veces tengo que perdonar? Dicho así en general, uno puede pensar que eso no va conmigo, pero si se desciende a la vida práctica caemos en la cuenta que la pregunta es real y verdadera: ¿cuántas veces tengo que perdonar?

Ante asesinatos, violencia, odio, problemas familiares o sociales, rencores, enemistades personales, ¿no nos preguntamos cuántas veces tengo que perdonar? Al menos yo creo que esta pregunta se la hacen las personas con cierto sentido común. ¿Por qué digo esto? Pues porque se ha perdido el sentido del perdón como experiencia humana y como experiencia religiosa en el sacramento de la reconciliación. El perdón es experiencia religiosa y humana. El perdón está en el corazón de todo hombre, sea o no creyente.

Ante Dios no vale eso de “perdono pero no olvido”. En la primera lectura leemos “¿cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?”. Perdonar pero no olvidar es guardar en el corazón, aunque sea en el fondo del corazón, rencor hacia la persona que nos ha hecho daño. Leemos “no tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados?”. Lo que no somos capaces de dar a otro, ¿lo pedimos para nosotros? Es lo que hace el siervo del evangelio: pide perdón para sí, pero no es capaz de perdonar a su prójimo. Y esto lo constatamos en la vida diaria.  

O, si vamos al Padre nuestro: “perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. De tanto repetir esta oración no llegamos a darnos cuenta de lo que pedimos, decimos y sobre todo de aquello a lo que nos comprometemos: perdonar.

Aunque parezca extraño hay que enseñar a pedir perdón y a perdonar. Quien quiera defender sus derechos tiene que saber cumplir sus deberes. Hoy no se pide perdón porque no se enseña lo que es bueno y lo que no lo es. O porque se da tanta importancia a lo personal que se descuida y olvida lo comunitario. ¿Por qué tengo que pedir perdón? Se oye a veces decir a niños y mayores. Sencillamente porque has causado daño.

Pedir perdón y saber perdonar facilita la convivencia en la familia, en la sociedad, en la iglesia, como comunidad de creyentes, y porque cambia las relaciones entre las personas. Pedir perdón y saber perdonar es el mejor camino para erradicar el mal de nuestras vidas. Quien no pide perdón o no sabe, o no quiere, perdonar hace que en su corazón predomine el odio y el rencor, en definitiva que sea un corazón triste, que tenga un corazón de piedra.

El perdón está unido al corazón. Las personas de buen corazón son aquellas que saben perdonar y/o pedir perdón. Las personas de buen corazón enseñan a otros a perdonar y a pedir perdón. A las personas de buen corazón les resulta más fácil vivir el amor a Dios y a los demás. Quedémonos con el final del evangelio y perdonemos de corazón al hermano”.


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Homilia domingo 23º t.o. Ciclo A.Domingo 4 de septiembre 2011

Vivimos en una época marcada fuertemente por el relativismo. Y este relativismo está muy unido al subjetivismo. Con frecuencia se oye decir a personas y algunos medios de comunicación que no hay normas objetivas y/o absolutas. Desde el momento en que hemos llegado a minusvalorar la vida humana, de su inicio al final, se puede pensar que ambos relativismo y subjetivismo han alcanzado su culmen.

Oímos decir a algunas personas: “no te metas en mi vida”, “no obligues al niño a hacer esto, pues le puede causar un trauma”, “respeta mi intimidad, mi libertad”… Podríamos seguir con frases parecidas para indicar cómo cada cual se siente dueño de sí mismo, de su vida, de lo que haga y no permite que otra persona se entrometa en lo que vive, en lo que hace o en lo que es.

Sin embargo, hay que decir que existen grupos de presión social y política que bajo apariencia de buenas intenciones, absolutizan normas de vida y de conducta que ayudan a sus intereses. Se critica a la Iglesiapor proponer normas, ya sea desde el Evangelio, ya desde su saber de siglos y se alaba a estos nuevos grupos por sus normas llamadas liberadoras, cuando en realidad esclavizan más a las personas. Basta con asomarse a los medios de comunicación “dependientes o independientes” para darse cuenta de cómo intentan marcar nuevas líneas de conducta. Eso sí, dejando bien claro, según ellos, que eso es algo normal y que la gente lo ve como normal.

Las lecturas de hoy nos señalan formas de ayudarnos a vivir, a convivir, a tener criterios para crear un mundo más humano y a vivir en un mundo más fraterno. El texto de Ezequiel es bien claro y, yo diría, duro cuando anima, nos anima, a “poner en guardia al malvado para que cambie de conducta”. Nos está animando a corregir.

Jesús en el evangelio va en la misma dirección. Primero, “reprende a solas al hermano”. Segundo, toma a “otro o a otros dos” y tercero “díselo a la comunidad”. Sobre el texto de Ezequiel alguno puede decir que el otro que reprende puede caer también en el subjetivismo. En el camino a seguir que propone Jesús interviene la comunidad que vive de unas normas objetivas.

Corregir, reprender, como dice Jesús, resulta duro y difícil. Por una parte a nadie gusta que nos corrijan. Por otra parte, la persona que intenta corregir puede pasarlo mal porque no sabe cómo será aceptada la corrección.

A los cristianos se nos invita a vivir la corrección fraterna. Esta corrección se ejerce en la familia, en la sociedad, en la vida religiosa. La intención que debe estar por encima de todo es la de salvar la vida, salvar al hermano. Por eso la corrección a que nos invita Dios por medio de Ezequiel y Jesús en el evangelio debe hacerse con sencillez, con humildad y sobre todo con amor. Toda corrección hecha desde sentirse superior, desde el orgullo, desde buscar hacer daño, desde no querer perdonar, no es corrección sino desprecio y hace daño al otro.

San Pablo nos da un buen consejo a la hora de corregir a otra persona: “uno que ama a su prójimo no le hace daño”.Corregir es difícil y hay que saber hacerlo. Si se hace desde querer hacer un bien, se ayudará. Si se hace rezando antes, se sembrará paz. Ejerzamos la corrección fraterna desde el cariño como medio de salvar a la persona y a la sociedad.

 

 


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Homilia domingo 22º t.o. ciclo A. Domingo 28 de agosto 2011

El domingo pasado Jesús nos hacía una pregunta bien concreta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” La respuesta está en la fe en Dios vivida desde el compromiso de ayudar al prójimo. Hoy Jeremías nos dice de una manera muy expresiva cómo puede actuar Dios con nosotros si le dejamos hacer: “me sedujiste, Señor y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste”. Para mí esta frase define la mejor manera de darse Dios al hombre y de responder el hombre a Dios.

Se trata de dos verbos duros, fuertes, aunque el primero, seducir, se puede hacer de buenas o malas formas para atraer a la otra persona. Forzar, sin embargo, tiene un significado negativo, priva de libertad a la persona. En el caso de Jeremías los dos verbos podemos verlos desde un punto de vista positivo. Jeremías se deja seducir, se deja forzar por un Dios que es fiel, lo repito, FIEL a su pueblo.

Jeremías personifica la acción de Dios para con su pueblo, para con personas concretas como Abraham, Moisés, David, los profetas, la virgen María. Pero en quien mejor se personifica esta doble acción de Dios es en su Hijo Jesús. En El se realiza de manera excepcional este dejarse seducir y forzar por su Padre Dios. Jesús vive, respira, habla desde su estar seducido y forzado por Dios. Y lo hace sabiéndose amado por Dios, sabiéndose Hijo enviado a anunciar a un Dios que nada tiene de violento ni de querer eliminar al hombre y su libertad, sino todo lo contrario: todo su empeño es  mostrar su amor al hombre y que el hombre le ame a El y que este empeño se haga desde la fe mutua. Fe de Dios en el hombre y fe del hombre en Dios.

Porque Jesús se ha dejado seducir y forzar por Dios puede responder de esa manera tan dura a Pedro: “quítate de mi vista, Satanás…tú piensas como los hombres, no como Dios”. Pensar como los hombres significa poder, oprimir al otro, muchas veces esclavizar, fomentar el odio. Pensar como Dios significa servicio, libertad, fomentar la paz, la justicia, el amor, el perdón. Jesús, pensando como Dios dio su vida por nosotros.

Jesús, el seducido, el forzado por el Dios del amor, transmite a los hombres, a todo hombre que salvar la vida, pensando como los hombres, es perderla y que perderla por El, pensando como Dios, es encontrarla. Viene bien ahora repetir la pregunta de Jesús a cada uno de nosotros: “y tú, ¿quién dices que soy yo?

Jesús dice: yo, el seducido y forzado por Dios, me presento a ti para que si quieres encontrarte a ti mismo, si quieres encontrar la vida, te dejes seducir y forzar por este Dios que me ha seducido y forzado a mí. Su manera de seducir y forzar es para llenarte de vida, es para que esa vida la vivas en plenitud, es para que comprendas que vivir es el mejor don que puedes recibir de Dios y que la vida que tienes es para que la entregues a los demás y para que crees vida a tu alrededor.

  Ojalá que nuestra respuesta a Jesús fuera: yo, cada uno de nosotros, soy un hijo de Dios seducido y forzado por El para vivir como tú, Jesús, pasando haciendo el bien y curando de toda dolencia. Sentirse seducido y forzado por Dios, a imagen de Jesús, es vivir la confianza en Dios como Jesús la vivió entregándose plena a El hasta el final.

 


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Homilia domingo 21º t.o. Ciclo A. Domingo 21 de agosto 2011

La pregunta que Jesús hace a los apóstoles en el evangelio de hoy viene muy bien dentro dela JornadaMundialdela Juventud, aunque la podemos aplicar a todas las edades: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?  No sé si alguna vez hemos profundizado personalmente en esta pregunta de Jesús. Creo que la respuesta ha tenido que cambiar a medida que hemos ido creciendo y madurando. La respuesta no tiene que ser la misma cuando uno es niño, joven o adulto. Responder siempre de la misma manera significará no profundización en su compromiso por seguir a Jesús.

La madurez humana tiene que llevar consigo una madurez en la fe. No vale ya esa frase de la “fe del carbonero”. Hoy se pide una fe que  madure, que se haga más vivencial, más experimental a medida que crecemos como personas. También se pide una fe más, voy a decir, más actualizada. No nos podemos quedar con lo que aprendimos cuando éramos niños. Eso nos sirvió mientras fuimos niños.

Yo distingo cuatro respuestas a esta pregunta. La primera es: “no sabe no contesta”. Al ser la fe algo personal y que se transmite por la audición “fides ex auditu” (S.Pablo), hoy nos encontramos con personas que no han oído hablar de Jesús, o si lo han hecho ha sido de manera genérica, como si de un personaje extraordinario se tratara al mismo nivel que muchos otros. Esta respuesta crecerá aún más en nuestra sociedad por romperse la cadena de transmisión de la fe, sobre todo, en las familias.

La segunda es: los que aprendieron una respuesta y no la viven. Se trata de aquellos que de niños oyeron hablar de Jesús, aprendieron fórmulas de memoria, pero no tuvieron una experiencia de encuentro con Jesús. Tan solo fue eso: aprender pero no vivir. Tienen nociones, saben cosas de Jesús pero nada más

La tercera es: los que aprendieron una respuesta y la viven de manera, voy a decir, poco profunda.  Son aquellos para quienes la religión, que no la fe, la viven en los acontecimientos festivos del año: Navidad, Semana Santa, bodas, funerales. Para estas personas la religión se reduce a esto.

Y la cuarta es: los que aprendieron una respuesta y la viven de forma comprometida. Estos han ido madurando su fe a medida que han ido creciendo en la vida. Para estos vida y fe han crecido paralelamente. La respuesta de estas personas a la pregunta de Jesús no es solo: “Tú eres el Mesías”, sino que su confesión de fe les lleva a comprometerse con el prójimo, con la vida, con la libertad, la justicia, la paz.

Estas respuestas las he querido dar desde el conocimiento y vivencia de seguir a Jesús. No he querido entrar en el terreno de la ética y la moral. Hoy sabemos que hay personas que sin vivir la fe, sin tener fe, trabajan por el bien de los demás.

A cada uno de nosotros, a los muchos jóvenes que hoy están en Madrid, Jesús nos hace  la misma pregunta que a los apóstoles: Y tu, ¿quién dices que soy yo para ti? La respuesta la tenemos que dar cada uno personalmente. Ojala que sea una respuesta de vivir la fe en Dios comprometiéndonos con el prójimo.


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Homilía 15 de agosto.Asunción de Ntra Sra.

Una realidad que venimos padeciendo desde hace algunos años y que se tarda en reconocer por parte de las autoridades es la falta de valores. Hace unos días lo ha reconocido el primer ministro británico ante la oleada de violencia en Londres y alrededores. Esa falta de valores se viene reconociendo por activa y pasiva en nuestro mundo, pero hasta que no estalla una algo como estos días pasados no se quitan el velo de los ojos quienes deberían haberlo hecho hace años.

Se dice también que los padres, los educadores han dimitido de su función de ser transmisores de valores. A menudo se habla de niños que crecen siendo los reyes de la casa, lo que significa que se hace lo que ellos dicen, se les compra lo que quieren, comen solo lo que les gusta…

En el evangelio de hoy podemos ver a María como portadora de valores. Yo destacaría tres valores. El primero: la solidaridad. Ella deja todo en Nazaret y sube a la montaña a ayudar a su pariente Isabel. María, joven, llena de vida y de alegría ante el anuncio de ser madre. Isabel, anciana, pero con gran espíritu y esperando un hijo en su vejez. Las dos unidas por la maternidad y por la alegría de ser portadoras de vida.

El segundo: la fe. “Dichosa tú que has creído”. De Isabel podemos decir también que creyó, al contrario que Zacarías. La fe une a estas dos mujeres. Fe en ellas mismas y en lo que están viviendo, una gestación. Fe en Dios que de manera especial las confía una nueva vida a cada una.

El tercero: la proclamación de un Dios que cuida de los necesitados. Ayer hablaba de guardar el derecho y la justicia. Hoy, María “proclama la grandeza del Señor” que hace proezas a favor de los necesitados y que dispersa, derriba del trono a los pagados de sí mismos. María continúa la tradición de los profetas del Antiguo Testamento. En este canto denuncia la falta de derecho y justicia por parte de los poderosos y alaba al Dios que pide practicar la justicia y el derecho.

Estos tres valores que vive María nos podrían servir de ejemplo..En estos días viviremos la solidaridad con los jóvenes que nos visitan por parte de familias, instituciones,  grupos. Pero esta solidaridad no se puede acabar aquí. La solidaridad hay que enseñarla, vivirla desde dentro de la familia y siempre. La fe, segundo valor, hay que ponerla en práctica siempre. Hoy, ante los problemas que vivimos, resulta difícil vivir la fe. Se desconfía de los políticos, de los economistas, de los grupos de presión nacionales e internacionales. Se llega a desconfiar de la misma iglesia. El trabajo por la justicia y el derecho, tercer valor, sigue siendo actual. Quien realmente busque el bien de las personas debe poner muy alto la búsqueda y la práctica de ambos.

María, la “dichosa porque ha creído” sigue siendo un ejemplo a imitar por todos. Sigue siendo un ejemplo a transmitir de generación en generación. Ella supo olvidarse de sí misma para acudir a ayudar a su pariente, y lo hizo por solidaridad, por la fe en Dios y en la persona, y por trabajar por la justicia y el derecho que Dios pide exista entre todos sus hijos.


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homilia domingo 20º t.o. Ciclo A. Domingo 14 de agosto de 2011

Uno de los mensajes que constantemente aparece en los profetas lo leemos hoy en la primera lectura: “guardad el derecho, practicad la justicia”. Si hay algo que no agrada a Dios, que le ofende más que cualquier otra cosa es precisamente la falta de justicia y un derecho que no defienda el pobre, al oprimido, al forastero, al niño y a la viuda. Dios insiste una y otra vez que el derecho y la justicia tienen que ser la característica fundamental de su pueblo.

Ese derecho y justicia lo vemos puesto en práctica por Jesús en los evangelios cuando acoge a un niño, cuando libra a una pecadora de ser lapidada, cuando alaba a la pobre mujer que echa dos monedas en el templo, a la viuda inoportuna que pide justicia a un juez injusto, o cuando, por medio de parábolas, alaba a forasteros que cuidan de otro, como el samaritano, o el leproso curado que vuelve a dar gracias. Hay más ejemplos, basta con asomarse al evangelio para darse cuenta de cómo Jesús sigue el mandato del Señor de “guardar el derecho y practicar la justicia”.

En nuestro mundo eso de guardar el derecho y practicar la justicia nos parece algo muy lejano. A menudo oímos a personas hablar de derecho, de justicia. Pero les añaden calificativos como “social, distributiva, de gentes, natural,, etc.” Posiblemente lo hacen para delimitar el derecho y la justicia, aunque más que delimitarla, la están limitando, es decir, la están poniendo al servicio de los intereses de los poderosos mientras ponen trabas cuando se trata de ayudar a los necesitados.

La iglesia de la que todos formamos parte es motivo de escándalo para algunos porque no es fiel a Jesús y su mensaje. Pero también la iglesia de la que todos formamos parte intenta paliar con sus acciones concretas a favor de muchas personas los escándalos que se producen en el mundo nuestro. Escándalos como hacer cumplir la ley contra los más necesitados, otorgando, por el contrario, beneficios a los poderosos. Escándalos como pedir que los muchos hagan sacrificios, y no pedir a los pocos que renuncien a sus prebendas. Escándalos como compra venta de deportistas, haciendo alarde de dinero, sin que muchas organizaciones, que se dicen trabajar por los demás, levanten un dedo para hacer una crítica seria de estos y otros escándalos actuales.

¿Dónde está la práctica del derecho y la justicia en esos escándalos que hay en la iglesia o en el mundo? Denunciar la falta de derecho y justicia es algo que nos debería preocupar y ocupar como cristianos. Quedarnos callados es un pecado serio de omisión. La crítica que estos días se está haciendo a la visita del Papa a Madrid y a sus gastos, debería hacernos pensar, pero más nos debería hacer pensar la falta de derecho y de justicia para con muchas personas de nuestro país: parados, enfermos, familias sin subsidio, etc y de otros países, como el problema reciente de Londres.

He dicho más arriba que para Dios guardar el derecho y practicar la justicia se refleja en la vida diaria. Defender al necesitado, dar de comer al hambriento, vestir al que está desnudo, son, entre otros, casos bien claros de practicar el derecho y la justicia.

Yo deseo para todos los peregrinos que acuden a Madrid que estos días sean para ellos días de fiesta, días de escuchar el mensaje de Jesús y sobre todo días de llenar sus vidas, también nuestras vidas, de ganas de trabajar por el derecho y la justicia que Dios quiere.


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Homilía domingo 19º ciclo A. Domingo 7 de agosto 2011

Podemos decir, sin equivocarnos, que vivimos en un mundo de ruidos. A veces se nos ofrecen estadísticas de niveles de ruido que soportamos sin quejarnos mucho. También podemos decir que no somos capaces de vivir sin ruidos. Algunos psicólogos hablan del miedo al silencio, a estar solos y  así, cuando no tenemos otra compañía, encendemos la radio, la televisión. También se encienden estos aparatos para hacer ver a otras personas que no estamos solos, que hay alguien en casa.

El mucho ruido nos aleja de las personas, impide momentos de conversación serena, incluso no nos permite encontrarnos con nosotros mismos. Sin embargo muchos prefieren el ruido a sentirse solos, a vivir y gustar la soledad en algún momento.

La primera lectura de hoy nos sirve de ejemplo, no solo para encontrarnos con Dios, sino también para encontrarnos con nosotros mismos. Para encontrar a Dios hace falta un corazón en calma o en silencio. “Dios habla al corazón de los que saben escucharle en el silencio”. En esta primera lectura, silencio no es sinónimo de nada. Silencio es apertura a la manera como Dios se hace presente. Y lo hace mediante una brisa tenue.

Para orar, para encontrarse con Dios es necesario dejarse invadir por Dios mismo y El sale a nuestro encuentro de maneras diversas, pero siempre buscando un momento donde no haya ruido, tormentas, huracanes, vientos fuertes, sino donde haya un espacio propicio para la brisa tenue, es decir donde haya espacio para la paz, para el encuentro.

El evangelio nos habla de un encuentro de Jesús con los discípulos. Los discípulos están sometidos a un viento contrario que les causa miedo. Ese viento contrario bien puede ser un ejemplo de ruido. Ese ruido, ese viento les asusta. Y su encuentro con Jesús, se realiza en la paz, al vencer ese viento fuerte, ese ruido que les impide ver a Jesús, pues piensan que es un fantasma.

 En medio de ese viento fuerte, Pedro le pide a Jesús que le mande ir a El. Pedro sigue estando en medio del viento, en medio del ruido que le impide encontrarse con Jesús y por eso vacila. Al igual que en la primera lectura Dios es quien toma la iniciativa de encontrarse con Elías. Aquí es Jesús quien se encuentra con los discípulos y con Pedro. Pero lo hace también en la paz, en la calma. Ya los discípulos no tienen miedo.

Para encontrarnos con Dios, con los demás y con nosotros mismos necesitamos paz, calma, sosiego. ¿Por qué cuesta tanto orar? ¿Por qué cuesta tanto el diálogo? ¿Por qué nos cuesta tanto mirar a nuestro interior?  Preferimos el ruido porque nos evade, nos hace olvidarnos de la realidad, de los problemas, hace que miremos hacia otra parte.

Encontrarnos con Dios, con los demás y con nosotros mismos nos ayudará a ser más conscientes y realistas de lo que estamos viviendo. El silencio, la soledad no son fines en sí mismos, son medios para ayudarnos a vivir y conocer mejor lo que vivimos. No debería asustarnos encontrarnos con nosotros mismos de vez en cuando. Todo lo contrario nos animará, nos dará fuerzas para seguir, nos hará conocer los verdaderos problemas y nos ofrecerá soluciones a nuestro alcance para intentar solucionarlos.

Dejemos que Dios se encuentre con nosotros aprovechando una brisa tenue, es decir un momento de paz.


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Homilía domingo 18º t.o. Ciclo A. Domingo 3º de agosto 2011

Uno de los pilares fundamentales de la tarea de la iglesia, de lo que llamamos “acción evangelizadora” es la caridad entendida como servicio y ayuda al prójimo. Sin ella, sin la caridad, la faltaría algo constitutivo a la misma Iglesia. A veces a la caridad se la ha disfrazado de una compasión mal entendida por estar alejada de una vivencia comprometida de la fe, otras se ha visto como eso que llamamos “tranquiliza conciencias”. Había personas que “hacían caridad” para ocultar otros problemas o incluso injusticias.

La acción caritativa es la puesta en práctica, es llevar a la vida real el mandamiento del “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Todos sabemos que en el mundo nuestro hay personas que no tienen que comer. Y también sabemos que una de las instituciones que más ha privilegiado eso de “dar de comer al hambriento” ha sido y esla Iglesia.Basta con leer el informe de Cáritas de estos últimos años para saber que, entre otras cosas, ha aumentado el número de personas que asisten a comedores dirigidos por instituciones religiosas y que subsisten gracias a la aportación generosa de mucha gente. Eso pocas veces sale en los medios de comunicación.

Esta tarea de la iglesia responde y siempre ha respondido a la frase de Jesús en el evangelio de hoy: “dadles vosotros de comer”. Muchas interpretaciones se han hecho del evangelio de hoy. Más que fijarnos en su interpretación hay que fijarse en la realidad que se narra. Allí donde no llegan los servicios públicos está la iglesia, y es la iglesia de la que todos formamos parte y con la que se colabora de diversas maneras.

“Dadles vosotros de comer” no se lo dice Jesús solo a los discípulos sino que se lo dice a la iglesia de siempre y nos lo están diciendo a nosotros. Es la manera de hacer que el evangelio siga siendo actual. El mensaje de Jesús no es antiguo, es real, es actual.

Las palabras de Isaías se viven cada día en nuestra sociedad. Hay personas, muchas, que comen sin pagar, de balde, porque otras muchas dan de lo que tienen, incluso de lo poco que tienen para que otros puedan llevarse algo a la boca. Hay que decir que esta situación no es deseable, pues lo normal sería que todos tuviesen trabajo digno, que nadie se aprovechase de nadie, que nadie robara o viviera a costa de los demás.

¿Por qué gastáis el dinero en lo que no alimenta? Son palabras de mucha actualidad. La sociedad de consumo desenfrenado hace que cada vez haya más pobres y más gente que pase hambre. Choca ver el dinero gastado en el cuidado del cuerpo mientras hay gente que pasa hambre. Choca ver el dinero que se invierte en cosas no necesarias mientras falta lo necesario a muchas personas. Choca ver la publicidad engañosa del buen vivir mientras hay familias que lo pasan mal.

“Dadles vosotros de comer” no lo olvidemos. Es un consejo que hoy nos da Jesús a nosotros. Hoy nos puede apartar de Jesús el desinterés, el mirar para otra parte, la falta de sensibilidad, en definitiva la falta de amor al prójimo hecho realidad en la acción caritativa de la iglesia a través de “dar de comer al hambriento”.