Parroquia Santa María del Pilar Marianistas

La vida de nuestra comunidad cristiana en la red


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Homilia Cristo Rey. ciclo A. Domingo 20 de oviembre 2011

Con la fiesta de Cristo rey  terminamos lo que llamamos “año litúrgico”. Y resulta curioso que se termine con un título que Jesús mismo rechazó. Dos ejemplos: después de la multiplicación de los panes la muchedumbre quiso proclamar rey a Jesús. El se escabulló. (Jn 6,15). En la respuesta de Jesús a Pilatos, no es Jesús quien afirma que es rey, sino que según el texto griego, la traducción es: “tú dices que soy rey” (Jn 18,37).  Sin embargo El siempre habla del reino de Dios o del reino de los cielos.

La manera de reinar Dios nos la describe el profeta Ezequiel. Su manera de reinar no es la de estar sentado en un trono, libre de todo peligro, rodeado de gente que le sirva, no. Su manera de reinar la muestra con la imagen del pastor. El pastor vive con las ovejas, busca y reúne a las dispersas, las cuida, afronta el peligro por salvarlas.

En esta lectura hay unos verbos que muestran la acción de Dios para con su pueblo y por extensión para con toda persona. Estos verbos son: buscar, librar, apacentar, hacer sestear, vendar, curar, guardar. Son acciones que realiza todo buen pastor para cuidar  sus ovejas. Son acciones del Dios que no se queda en su trono sino que muestran el cuidado y el cariño que Dios tiene para con cada una de sus criaturas.

Estas acciones se resumen en una palabra: SERVICIO. El ejemplo de este Dios que se manifiesta así en el Antiguo Testamento, culmina con la frase de Jesús: “el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir” (Mt 20,28). La realeza de Dios está en el servicio a su criatura.

Jesús, en el evangelio, usando la figura del pastor, especifica que el servicio de Dios al hombre continúa, se prolonga, en el servicio del hombre al prójimo y añade que lo hecho al prójimo se le hace a El. Ya no se trata de servir a Dios, a quien no vemos, y olvidarnos de servir al prójimo a quien vemos, no. Se trata de algo más serio: el servicio al prójimo, al necesitado, es servicio a Dios.  “Lo que hicisteis a uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”. No servir al hermano tiene como consecuencia que, “tampoco lo hicisteis conmigo”.

En la primera lectura Dios realiza acciones en favor de su pueblo por medio de unos verbos que significan cuidado y preocupación, ahora en el evangelio Jesús señala a personas con las que nos encontramos cada día y que tienen necesidades concretas: comida, vestido, salud, libertad, acogida. El reino que Jesús predica tiene que ver con ayudar a personas necesitadas, como El ayudó a quien se lo pedía con fe.

Dar comida, vestido, salud, libertad, acogida es, en definitiva, dar VIDA. El verdadero reino sobre el que Jesús reina está basado en la vida, en que todos tengamos vida y la tengamos en plenitud. Si El vino a dar la vida por todos, es para que su reino no se base en la violencia y la injusticia, en la opresión a los humildes a ejemplo de los reinos de este mundo. Desde el amor, la paz, la justicia es desde donde podemos proclamar a Cristo rey. Un rey que ha dado su vida por todos, para que todos tengamos vida.

Este servicio que hace Dios por su pueblo, por nosotros, que continúa Jesús en su vida pública, lo sigue haciendo, de manera callada,la Iglesia.Node manera teórica, sino práctica. Instituciones, personas concretas que dan su vida, su tiempo por seguir el ejemplo de Dios y de Jesús. El servicio a los demás es la señal de que el Reino de Dios, el Reino de Jesús está llegando a todos.


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Homilía domingo 33º Ciclo A. Domingo 13 de noviembre 2011

En la vida ordinaria se nos presentan situaciones donde tenemos que elegir. Sabemos, imagino que por experiencia personal, que elegir no siempre resulta fácil. Al elegir entran en juego dudas, deseos, ganas de conseguir algo, buscar los medios para que esa elección sea la mejor y más adecuada. Y otra condición que se da es que al tener que elegir, arriesgamos.

En la situación actual sobre todo en asuntos económicos y sociales se desaconseja correr riesgos. Debido a esta situación actual nos estamos volviendo conservadores. Por eso, creo, que dejando aparte los momentos difíciles que estamos viviendo, se puede dividir a las personas en dos grupos: los que no arriesgan y los que arriesgan.

Entre los que no arriesgan los hay que dicen: “yo voy a lo seguro y no arriesgo”, y otros no arriesgan por un simple pasotismo. Estos últimos, los pasotas, no arriesgan porque     les da igual todo. Viven cómodamente en su postura y no quieren que nadie les moleste con palabras como compromiso, solidaridad, preocupación por los demás.

Los que dicen “yo voy a lo seguro” se parecen al empleado que recibió un talento de plata y lo escondió. Estos piensan: yo no arriesgo, prefiero quedarme como estoy que es más seguro. Eso de no arriesgar se da también en la vivencia de fe y del evangelio. Los que no arriesgan su fe y su compromiso con el evangelio suele ser porque  pasan de todo esto, o porque les da miedo salir de su conformismo y van a lo seguro.

Ir a lo seguro es decir: “yo prefiero quedarme con lo que aprendí de pequeño y que no me molesten con cosas nuevas o que no me hagan pensar”. Estas personas han enterrado su fe porque no quieren correr riesgos, porque no quieren plantearse que la fe que deberían vivir hoy no es como la fe que vivieron de pequeños, o de jóvenes. Hoy se  pide a todo cristiano “alimentar” su fe. Y para alimentarla hay que desenterrarla, hay que dejar atrás tiempos pasados. Para vivir la fe hoy hay que formarse, que leer, que rezar, hay, en definitiva, que arriesgar. No vale eso de refugiarse en otros tiempos.

Y los hay que arriesgan su vida y su fe. Se parecen a esos dos empleados que hacen fructificar los talentos recibidos.  Los talentos recibidos, es decir, la vida y la fe, se pueden hacer fructificar en todo momento. No es cuestión de edades, de situaciones personales. La fe es un riesgo que vivimos a lo largo de nuestra vida de creyentes. El compromiso es también un riesgo que aceptan muchas personas. Y lo asumen por su fe en Dios, en un Dios que por medio de su Hijo Jesús se comprometió con nosotros, a vivir la misma vida nuestra. Como dice la carta a los Filipenses: “Jesús se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos” Ese pasar por uno de tantos fue el riesgo de Jesús de parecerse a nosotros y correr los mismo riesgos que corremos nosotros.

La vida de Jesús fue un puro riesgo en favor de los demás. Ese riesgo lo corrió por su unión con el Padre, aceptando su voluntad, por pasar haciendo el bien, curando toda enfermedad y echando en cara a las autoridades religiosas los pesados fardos que echaban sobre los hombros de la gente, no siendo ellos capaces de mover un dedo. El riesgo de Jesús fue denunciar la injusticia, predicar la verdad, enseñar un camino que lleva al Padre y que libera a todo hombre que sigue sus huellas. El riesgo de Jesús acabó, no con la derrota dela Cruz, sino con la victoria dela Resurrección.Elriesgo de Jesús es también nuestro riesgo de vivir y de actuar como El vivió y actuó.


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Homilía domingo 32º Ciclo A. domingo 6 de noviembre 2011

Introducción:

Para la homilía según la tengo pensada se necesitan 5 velas tamaño grande y cinco velas tamaño pequeño. Las cinco velas grandes representan a las cinco vírgenes sensatas y las cinco pequeñas a las vírgenes necias. Pero cada una de las velas representará asimismo una virtud, una actitud de las personas, sobre todo de los creyentes. A medida que se vaya explicando brevemente cada una de las veles se procederá a encenderla. Esto es lo que se me ha ocurrido para hoy.

Veis sobre la mesa diez velas, cinco grandes y cinco pequeñas. Las cinco grandes quieren representar las lámparas con aceite y las pequeñas, las lámparas sin aceite. Vamos a ir encendiendo una a una según vaya haciendo un breve comentario de lo que pueden significar las velas.

Las cinco velas grandes, es decir las lámparas con aceite, significan vivencias personales y comunitarias que nos animan a

  1. vivir la fe-confianza en Dios. La fe-confianza en Dios es un gran regalo que Dios nos da y nos la da en abundancia. Cada uno de nosotros vive esa fe en Dios, seguro que pidiéndole a menudo que nos la aumente, cosa que seguro hace en favor nuestro. La lámpara de la fe está llena de buen aceite, sobre todo por parte de Dios. A nosotros nos toca mantenerla así, llena.
  2. vivir la esperanza que Dios ha puesto en nuestros corazones. Como creyentes se    nos anima a ser personas de esperanza y a dar “razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pida” (1ªPe.) Aunque pasemos por momentos difíciles, en nuestro corazón hay aceite suficiente para alimentar la esperanza.
  3. vivir el amor a Dios y al prójimo. El aceite actúa muchas veces como bálsamo suavizando durezas. El amor de Dios y el amor mutuo puede suavizar muchas situaciones difíciles en la vida. El amor verdadero iluminaría muchas vidas como lo hace la lámpara llena de amor.
  4. vivir la Eucaristía-banquete de bodas. La Eucaristía es la gran lámpara para todo cristiano que ilumina las lámparas anteriores. Sin la Eucaristía las otras lámparas fácilmente se vacían. Por ello es importante la celebración comunitaria de este sacramento.
  5. vivir la fe, la esperanza, el amor y la Eucaristía  con la libertad de sentirnos y ser en verdad hijos de Dios. “Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado” (Gal 5,1) Las cuatro lámparas anteriores las tenemos que vivir con libertad y en libertad, pero con libertad y en libertad de hijos de Dios. Dios no obliga, Dios invita.

Las cinco velas pequeñas, es decir las lámparas sin aceite, nos hablan de escasez de:

  1. paz. No hay paz exterior si no hay paz interior. En muchas personas falta la paz interior que es la que construye un mundo en paz. La paz no son tratados, documentos. La verdadera paz brota del corazón que da y recibe con generosidad.
  2. justicia. Hoy la lámpara de la justicia está escasa de aceite. La justicia, en parte, está manipulada, se dilata su aplicación para no romper débiles consensos o para contentar a quienes más pueden.
  3. la solidaridad. Sí se da solidaridad en momentos puntuales, pero nos falta la solidaridad como compromiso con el hombre. Jesús se hizo solidario con el hombre en todo “menos en el pecado”. A veces las llamadas a la solidaridad nos pueden molestar porque nos llevan a pensar en lo que somos y hacemos a favor del otro.
  4. libertad. Decimos que somos libres para hacer lo que nos viene en gana, pero no sentimos la libertad como el gran regalo de Dios al hombre. El uso de la libertad hace madurar a las personas y las convierte en responsables de sí mismos y de los demás.
  5. verdad. Libertad y verdad son dos lámparas que van muy unidas y que están escasas de aceite. “La verdad os hará libres” (Jn 8,32) La verdad es fuente de libertad. Cuando se tiene miedo a la verdad es cuando se coarta la libertad. Vivir de acuerdo a la verdad, que para nosotros es Jesús, no resulta fácil. Por ello cuando no se vive en la verdad se nos nota la falta de libertad

Estas cinco velas pequeñas, estas cinco lámparas con escasez de aceite están presentes en nuestras vidas. Aquí sí podemos decir que las cinco velas grandes, las lámparas con aceite, sí pueden ayudar a las lámparas vacías. Nuestro mundo, sea el personal o el comunitario, vive de relaciones. No podemos vivir pensando solamente en lo espiritual. Vivimos en un mundo donde todo está interrelacionado. El compromiso con el evangelio de Jesús no se vive en la iglesia, se vive en la iglesia y en el mundo. Jesús vino a salvar al hombre entero. Nos toca a nosotros que allí donde haya escasez pongamos abundancia.

El banquete de bodas al que todos estamos invitados será realidad cuando las lámparas con escasez de aceite se vean repletas de paz, justicia, solidaridad, libertad y verdad.

 

 

 


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Homilia Solemnidad de Todos los Santos.

La Iglesia de hoy resulta molesta a mucha gente por el mensaje que transmite y por la vivencia de ese mensaje.  A unos les molesta porque los enfrenta con un mensaje de respeto a la persona, a la vida, a la libertad, a lo que podemos llamar “trascendencia”, es decir, fe-confianza en Dios. En un Dios que se ha hecho uno de nosotros y que nos ha hecho hijos suyos por puro amor, según la carta de San Juan.

 A otros les molesta por la vivencia del mensaje, que muchas personas lo centran en su acción desinteresada hacia los más necesitados de todo tipo…El mensaje y la vivencia de ese mensaje es siempre el mismo porque se basa en el evangelio…se basa en el programa de Jesús que acabamos de escuchar en el texto de las Bienaventuranzas, se basa en el mismo Jesús. 

Seamos también conscientes que hay muchos cristianos que perteneciendo a un catolicismo social, pero no real, les puede asimismo molestar la iglesia. La fiesta de hoy es la gran fiesta, la gran memoria, de muchas personas que conociendo el mensaje de Jesús, lo llevaron a la vida. Por eso entre estos “santos” oficiales y otros muchos que no han sido declarados tales, los hay que dieron su vida, derramando incluso su sangre,  por el mensaje de Jesús, es decir, por ser consecuentes con su fe. Otros lo vivieron dedicando su vida a los demás.  Otros lo pusieron en práctica de manera silenciosa… Otros… Para ellos era la forma de vivir las Bienaventuranzas, el mensaje de Jesús

Podemos decir que siempre ha habido personas que por creer y vivir el mensaje de Jesús han resultado molestas a su sociedad.  Hoy hay cristianos que nos están manifestando que el Evangelio se puede vivir con todo el rigor de la letra y el espíritu. Los valores que viven muchas de estas personas son valores que cuentan poco en nuestro mundo. La entrega, el servicio, la disponibilidad, la gratuidad, la búsqueda de la justicia y la paz…son, entre otros, valores que a nuestra sociedad llamada de bienestar le cuesta aceptar. Y porque le cuesta aceptarlos…los ignora, los considera valores obsoletos y los contrapone a una felicidad basada en lo efímero, en el poder, en el dinero…

Hay que reconocer que hay personas que sin ser cristianos…sin ser personas oficialmente “religiosas” viven y trabajan por extender estos valores. También ellos pueden ser considerados como “bichos raros”.

Las bienaventuranzas son una llamada personal, a cada uno de nosotros, a vivir el mensaje de Jesús. Hay una frase que me gusta, que la llevo en mi agenda personal, y la tenéis en la hoja dominical: “cada jornada nuestra es seguro que nos presentará alguna ocasión de poner en práctica las bienaventuranzas” que es bien real.

No nos importe si con la vivencia del mensaje de Jesús resultamos molestos a nuestro mundo. A los santos que hoy celebramos también les pasó lo mismo. Pero será señal que, primero, nos ayude a reflexionar sobre nuestra propia vida, y segundo, hará que otros hagan lo mismo con la suya. Así todos podremos vivir en este mundo con las mismas oportunidades y hacer que nadie se sienta excluido llevar una vida digna, una vida de hijo de Dios.

 

 


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Homilía domingo 31º ciclo A. Domingo 30 de octubre de 2011

Jesús fue muy crítico con el poder en general y sobre todo con el poder religioso. Basta leer los evangelios para darnos cuenta. En el evangelio de hoy tenemos una muestra de esa critica a las autoridades religiosas. Por eso la relación que Jesús quiere que exista entre los discípulos no es la de poder sino de la fraternidad. Entre las personas la relación de poder es jerárquica. La relación de fraternidad es de servicio y ayuda mutua.

Que Jesús quiere la relación de fraternidad lo vemos en el evangelio de hoy: “todos vosotros sois hermanos” y “uno solo es vuestro Padre, el del cielo”. Estas dos frases han costado mucho entenderlas en la iglesia, y aún hoy cuesta entenderlas por parte de algunos que sin oir las palabras de Jesús se hacen llamar “maestro” y “padre”. Jesús va más lejos en esta relación de fraternidad diciendo que si alguno se siente “el primero entre vosotros”, que sea “vuestro servidor”.

Una de las intuiciones del Concilio Vaticano II fue definir a la iglesia como “pueblo de Dios”. En ese pueblo de Dios tan solo hay un maestro, Jesús, un Padre común, el del cielo, y un consejero, Cristo. Todos los demás que formamos la iglesia-pueblo de Dios tenemos una tarea que realizar en beneficio de todos. Nadie puede decir que no tiene nada que hacer en la iglesia. Tampoco nadie puede arrogarse título, autoridad, poder que le separe del Pueblo de Dios, que le coloque en lugar distinguido, o que le haga creerse por encima de los demás. A ese Jesús le recuerda: “el primero entre vosotros será vuestro servidor”. Y el servidor, que yo sepa, no se atreve a dar órdenes. Más bien se dedica a servir.

Todo título, toda autoridad, todo poder que exista enla Iglesia, habría que preguntarse si todos y tantos son realmente necesarios, necesitan tener como referencia clara a Jesús, pero no teóricamente sino en la práctica. “No he venido a ser servido sino a servir”. A menudo sucede que quienes ostentan poder, autoridad, títulos se alejan del resto del pueblo de Dios, dictan normas difíciles de cumplir, o peor aún “lían fardos pesados e insoportables…que ellos no están dispuestos a mover…”

Volviendo a la relación de fraternidad que establece Jesús entre sus discípulos se puede deducir que el reino que El predica tiene como características, el servicio y la ayuda mutua, la norma del amor y del perdón, la corrección fraterna, el deseo de que nadie sea oprimido por nada, es decir por normas difíciles de cumplir, ni por nadie, es decir por poder o autoridad que dicen y no hacen. 

Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo significa reconocer a Dios como única autoridad y poder, que no actúa como las autoridades y poderes humanos, sino que siempre, siempre, actúa a favor de los más necesitados. Y significa reconocer al prójimo como hijo del mismo Padre del cielo y como hermano que sigue a Jesús. El reino de Dios o reino de los cielos alcanzará su cumplimiento cuando esa relación de fraternidad que establece Jesús se viva entre sus discípulos contagiando al resto de hombres de buena voluntad.


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Homilía domingo 30º ciclo A. Domingo 23 de octubre 2011

El domingo pasado leíamos cómo querían comprometer a Jesús con una pregunta trampa (diríamos hoy). En el evangelio de este domingo un experto en la ley quiere poner a prueba a Jesús con otra pregunta curiosa.  Hay que saber que Jesús no era un maestro en la ley judía, ni pertenecía al grupo de los entendidos en la ley, pero, seguro, que de pequeño había acudido a la sinagoga y aprendido de memoria muchos de los mandamientos de la ley judía.

El experto en la ley sabía perfectamente cuál era el principal mandamiento, pero no se esperaba que Jesús, a quien él llama Maestro, le responda como lo hizo: uniendo el mandamiento del amor a Dios con el de amar al prójimo como a uno mismo. Todo buen judío sabía que había que amar a Dios sobre todas las cosas, pero no ponía en igualdad de condiciones el amor al prójimo.

El mensaje del reino de los cielos o reino de Dios, que es el centro de la predicación de Jesús, no separa el amor a Dios y al prójimo. Para Jesús no se puede amar a Dios y no amar al prójimo, igual que no se puede amar al prójimo y no amar a Dios. El mismo vive ese doble mandamiento de amor a Dios y al prójimo. Su relación de amor con el Padre la vive y la explica mediante las parábolas con que exponía su mensaje y los milagros que realizaba.

Ahora bien fácilmente caemos en la tentación de teorizar sobre el amor y no ponerlo en práctica. Fácilmente desvirtuamos el amor cuando lo centramos en nosotros mismos o cuando convertimos en objeto a las personas que deberíamos amar. Fácilmente el amor se convierte en pasión pasajera, en relación puntual, en interés personal, en cuestión de tiempo sin compromiso.

Quiero leer parte del himno de Primera Corintios sobre el amor donde se nos dice cómo tiene que ser el amor: “el amor es paciente, afable, no tiene envidia, no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca”

Amar a Dios y amar al prójimo es un programa muy bonito, muy altruista, muy teórico. El problema está cuando ese amor a Dios y al prójimo hay que ponerlo en práctica, cuando hay que vivirlo día a día, cuando hay que vivirlo de la manera como nos dice San Pablo. Nos falta amar y amar de verdad. Pensamos más en tener, en poseer, en vivir deprisa sin pararnos a pensar. Dentro de esa vida agitada que llevamos, echamos a veces de menos alguien a quien amar o que alguien nos ame, o al menos que nos lo demuestre.  

Hoy el amor lo hemos sustituido por la autoestima, por la autorrealización, por una filantropía esporádica. Sucede que cuando hablas con algunas personas y profundizas en su vida, lo que te dicen es que echan de menos amar y ser amados y que esos sustitutivos que hoy abundan tanto no sacian la sed de amor.

El lema del Domund es “así os envío yo”. Jesús nos recuerda a todos que el amor a Dios y al prójimo son inseparables. El es el enviado del Padre para recordarnos el amor de Dios por cada uno de nosotros. Lo que El vivió y enseñó nos lo transmite para que allí donde estemos, allí donde vayamos, allí donde El nos envía seamos testigos del amor de Dios y del amor a Dios y al prójimo.


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Homilía domingo 29º t.o. Ciclo A. Domingo 16 de octubre de 2011

A menudo las personas no jugamos limpio los unos para con los otros, sobre todo cuando hay de por medio intereses personales o sociales o si nos mueve al envidia. Esto lo describen los evangelistas con palabras como: “iban a tentar a Jesús”, “querían ponerle a prueba” o  “comprometer a Jesús”, como en el caso de hoy.

Los fariseos afirman tres cosas de Jesús antes de lanzarle la pregunta, y sobre esas tres cosas quiero pararme. La primera es “sabemos que eres sincero”. He buscado en el diccionario el significado de sincero y lo define como: “falta de fingimiento”. Los fariseos que suelen discutir con Jesús llegan a la conclusión que cuando habla y actúa lo hace sin fingir, es decir que Jesús se muestra coherente y que en El no hay doblez.

Su mensaje es siempre el mismo: el reino de los cielos está en vosotros y este reino lo acogen mejor aquellos que también viven sin fingimiento, que son sinceros con ellos mismos y ante la sociedad. La sinceridad de Jesús, que a veces exaspera a las autoridades, está además de en su mensaje, en “hablar abiertamente” como él mismo dice cuando le están juzgando en la Pasión.La sinceridad de Jesús le viene de su relación especial con el Padre. Por ser sincero, por no fingir Jesús podrá decir: “yo soy la verdad”.

Lo segundo que dicen de El es: “enseñas el camino de Dios conforme a la verdad”. El camino de Dios no está escrito en los libros, sino que el camino de Dios es Jesús mismo. “Yo soy el camino”. Yo soy el camino para ir al Padre: “nadie va al Padre sino por mí”. Y el camino de Dios se hace siguiendo las huellas de Jesús. Y seguir las huellas de Jesús es tratar de actuar como El, es “pasar haciendo el bien”.

Y añaden “conforme a la verdad”. Para un judío la verdad está en la Ley.Para Jesús la verdad es El. Para todo cristiano la verdad tiene que ser Jesús, su hablar, su actuar. Transmitir la Palabra de Jesús con sinceridad, sin fingimiento significa “conforme a la verdad”. Buscar la verdad, actuar según la verdad, transmitir la verdad es además de enseñar el camino de Dios, seguir a Jesús y su mensaje de liberación.

Y lo tercero que dicen de El es que “no miras lo que la gente sea”. Jesús no hace acepción de personas. Acoge a todo el que acude a El con corazón sincero. Reprende a todo el que oprime a su hermano, perdona, cura, sin mirar otra cosa que no sea pedir con fe y sinceridad. Después de todo esto la pregunta para comprometerle: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?

Jesús no se opuso al poder romano que oprimía al pueblo judío. El mensaje que  transmite está por encima de la violencia. Su mensaje es revolucionario porque se dirige al corazón de las personas y que ese corazón cambie las relaciones humanas: más que opresión y violencia, paz, más que acumular riquezas, compartir, más que egoísmo, solidaridad. Ahí está la sinceridad de Jesús, ahí está el camino de Dios conforme a la verdad, ahí está el no mirar lo que la gente sea. Faltando una de estas tres cosas o las tres se comprende la mala voluntad de las personas, como Jesús lo ve en los fariseos. El César tendrá que recibir lo suyo, pero tendrá que devolverlo al pueblo para beneficio común. Actuar como Jesús no es fácil, pero es posible.    

 


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Homilia Virgen del Pilar. 12 de octubre de 2011

La Virgen María ha ocupado siempre un lugar preferente en la vida de la Iglesia.Ser la madre de Jesús, el Hijo de Dios, hace que muchos cristianos acudamos a ella. Su Hijo Jesús la alaba por escucharla Palabra de Dios y cumplirla. Mejor alabanza no se puede decir de María y, creo, que de cualquier persona que siga su ejemplo.

María no solo ocupa un lugar preferente en la vida de la Iglesia, sino que está presente en la Iglesiay está con la Iglesia allí donde se predica a su Hijo. Lo vemos en la segunda lectura de hoy. María está con la Iglesia primitiva representada por los apóstoles y forma parte de esa Iglesia que ora en común. No se siente ajena a la vida de la Iglesia. En el evangelio de san Juan, el discípulo amado la “recibió en su casa”.

María es ejemplo para todos nosotros de las tres peticiones que hacemos a la Virgendel Pilar: fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor. En primer lugar María es ejemplo de fortaleza en la fe. Los marianistas tenemos en nuestro escudo fundacional “fortes in fide”: fuertes en la fe. El lema de la  JMJ es: “firmes en la fe”. La fortaleza de la fe de María nos la señala san Juan en el momento de la crucifixión de Jesús con un verbo latino “STABAT” que no es solo estar, sino que significa “estar de pie”. Ese estar de pie junto a la cruz de su Hijo es fruto de la fe de la madre en el Hijo y en su mensaje. Para nosotros la fortaleza en la fe significa estar de pie junto a todo hombre que quiere vivir su fe y necesita ayuda. Esa ayuda es sobre todo nuestro testimonio vivido como servicio.

En segundo lugar María es ejemplo de seguridad en la esperanza. María acompaña a su Hijo de manera callada. Pensemos que María pudo tener dudas acerca de la misión de su Hijo. Recordemos ese pasaje del Evangelio donde se dice que su familia le tenía por loco (Mc 3,21). Sin embargo María acompaña a su Hijo en el momento en que toda esperanza acerca de su misión parece perdida. Y le acompaña hasta el final, cuando todos le abandonan, creyendo y esperando que la muerte no tendría la última palabra sobre el Hijo anunciado a ella de manera especial y que pasó su vida haciendo el bien.

En tercer lugar María es ejemplo de constancia en el amor. El amor de María se manifiesta en lo sencillo: la visita a su prima Isabel, el amor por su Hijo perdido en Jerusalén, su intervención en las bodas de Caná. Gestos que nos muestran el amor de María y su preocupación por las personas necesitadas. El amor hay que vivirlo de forma constante aunque se manifieste en pequeños gestos. A menudo los grandes gestos de amor pueden esconder intereses. En María el amor era desinteresado.

El amor se vive junto a la fe y la esperanza. Las tres son grandes. Pero como dice san Pablo en la primera carta a los Corintios: “ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad. Pero la mayor de todas ellas es la caridad” (1ªCor. 13, 13). La constancia en el amor hace que la fe sea fuerte y la esperanza segura.

Que María siga ocupando un lugar preferente en la vida dela Iglesia, es decir, en la vida de cada uno de nosotros, y que sea ejemplo de vivir la fortaleza en la fe, la seguridad en la esperanza y la constancia en el amor.


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Homilia domingo 28º t.o. Ciclo A. Domingo 9 de octubre

A menudo, los medios de comunicación, ofrecen resultados de encuestas sobre temas sociales, que son los que más preocupan a las personas. Con estas ellas se toma el pulso a la situación que se vive en ese momento. Pocas veces se hacen encuestas sobre el nivel de esperanza que podamos tener. Bien es verdad que puede resultar difícil medir el nivel de esperanza no solo ante los problemas, sino sobre todo ante las soluciones propuestas. Esta misma semana en un periódico de nivel nacional se decía que tres cuartas partes de las personas encuestadas tenían poca esperanza en las medidas adoptadas por el gobierno.

No resulta fácil infundir esperanza ante una situación como la que vivimos.. Es más fácil echar la culpa a los demás, a lo que sea, con tal de no aceptar los errores cometidos. Es fácil abandonar el barco cuando se está hundiendo, sobre todo sabiendo que se podían haber buscado medios para mejorar la situación. Esas personas se asemejan a los convidados que no quisieron asistir a la boda. Buscan excusas para tener su propia fiesta olvidándose de la gran fiesta de todos.

La primera lectura y el evangelio nos hablan de abundancia y de fiesta, en una palabra de esperanza: festín de manjares suculentos, vinos de solera, boda del hijo del rey. A todo esto, y más, se nos invita. ¿Cuál es nuestra reacción?

Primero la de no creérnoslo. El hombre de hoy es poco crédulo, está perdiendo confianza en sí mismo y en las instituciones. No ha perdido, gracias a Dios, las ganas de fiesta. Pero esas ganas de fiesta, ese vivir la fiesta, no aumenta la confianza en lo que se es y en lo que se hace porque nunca se está satisfecho. Hoy más que nunca se vive el presente porque el presente es lo que importa.   

Segundo la de no aceptarlo. Cada vez somos más reacios a escuchar y a aceptar promesas. Queremos hechos. Nada de anunciarnos esperanzas futuras. Queremos que esas esperanzas se hagan YA realidad. Todas esas promesas que estamos escuchando, ¿en qué quedarán luego?

Tercero la de no estar preparado. Como no nos lo creemos, como no lo aceptamos, nos damos cuenta que no estamos preparados cuando se nos anuncia algo que puede llenar nuestras vidas de alegría, de esperanza, de futuro cierto. Eso es lo que le pasa al hombre que ha entrado en la fiesta sin el traje adecuado. ¿Para que prepararse si no se oyen más que promesas que no se van a cumplir? Es la respuesta de algunas personas.

Ante todo esto el Señor no solo anuncia abundancia, festín, boda, sino que pone a nuestro alcance medios para que todo eso sea realidad. El pone de su parte un anuncio, una invitación, un salir a buscarnos para vivir. Pongamos nosotros los medios para que ese anuncio de abundancia, esa invitación a la fiesta llegue a todos y, sobre todo, sea vivida realmente por todos. No seamos convidados que no queremos asistir al banquete y no seamos de los que no dejamos a otros asistir a la fiesta. La abundancia que hablan las lecturas la tenemos en nuestras manos. Queda por hacer que esa esperanza y esa abundancia se conviertan en realidad para todos los hombres.

Creamos en el anuncio de la Palabra de Dios. Aceptemos la Palabra de Dios y estemos preparados para vivirla y entregarla a los demás. La Palabra de Dios es abundancia, es esperanza y es festín de bodas al que todos estamos invitados


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Homilía domingo 26º del t.o.Ciclo A. Domingo 25 de septiembre de 2011

En la vida normal sucede que creemos conocer a las personas con las que normalmente convivimos. Ese conocimiento nos lleva a pensar que sabemos cómo van a reaccionar ante un acontecimiento, una situación personal… Tal vez nos hemos llevado un “chasco” con alguna persona que no ha reaccionado como nosotros creíamos que iba a hacerlo. Eso es lo que nos muestra el evangelio.

Las personas, a veces, somos impredecibles. El padre del evangelio seguro que conocía a sus hijos, seguro que pensaba: “mis hijos son de tal o cual manera, seguro que el mayor es así y el pequeño no”, pero, posiblemente no se esperaba la respuesta que  cada uno dio una orden suya, reaccionando de forma diversa. Seguro que algo parecido nos sucede también a nosotros en la vida normal.

Lo que a Jesús le interesa saber es la reacción de los que le escuchan, sumos sacerdotes y ancianos del pueblo. Ellos eran lo que emitían juicios ante situaciones vividas por el resto del pueblo.  Y lo que no se esperaban era la respuesta de Jesús: “Juan os enseñó el camino de la justicia y no le creísteis”. Ahí está el verdadero problema: quienes se consideraban los guardianes de la justicia, no creen, no aceptan la justicia que trajo Juan el Bautista, que era la justicia de la conversión.

La justicia de la conversión se manifiesta mediante signos. “Por sus frutos los conoceréis” dice Jesús. De ahí que la respuesta de los sumos sacerdotes y ancianos sea la correcta desde la conversión: el primer hijo dice que no va, luego se arrepiente y va. Los sumos sacerdotes y los ancianos han contestado bien. Pero como decía más arriba, no se esperan el reproche de Jesús a su conducta después de la predicación de Juan.

Para nosotros, cristianos, el mayor signo de llamada a la conversión es Jesús. Pero no a una conversión puntual, sino a la justicia de la conversión, es decir, a lo que nos dice la segunda lectura: “tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús”. Esos sentimientos de Cristo Jesús están relacionados con el Padre y con todos nosotros.

La vida de Jesús, es decir su hablar y su actuar, es una vida consecuente y congruente. Su vida fue siempre un SI al Padre y un SI a los hombres. De ahí que su persona, su mensaje y su forma de actuar no gustara a las autoridades religiosas de su tiempo porque les hace ver que se comportan como los hijos de la parábola.

Hoy vemos cómo se cambia fácilmente de opinión según las circunstancias y las presiones. Jesús reprocha esa forma de comportarse y nos propone aceptar la justicia de la conversión. Esto conlleva vivir con unas convicciones serias a la vez que críticas. No se trata de acomodarse al viento que sopla para obtener provecho. Se trata de mantenerse firme en lo aprendido desde el Evangelio y desde hacer el bien a los demás.

Las convicciones de Jesús vienen de la obediencia filial al Padre y de la predicación del Reino de Dios a los hombres. El se “despojó de su rango”, se hizo igual a nosotros, menos en el pecado, actuó como uno de nosotros para mostrarnos que su mensaje es un mensaje que se puede vivir y que una vez aceptado tiene que servir como norma de comportamiento. Hoy, posiblemente, Jesús nos echaría en cara a nosotros que somos como los hijos del texto. Pensemos si nuestra vida no es, a veces, decir sí o no según nos convenga. Aceptando nuestras limitaciones, intentemos convertirnos, mantengamos firmes nuestras convicciones desde el Evangelio y hagamos el bien a los demás