Parroquia Santa María del Pilar Marianistas

La vida de nuestra comunidad cristiana en la red


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HOMILIA domingo 21 de Marzo 2010 – Quinto domingo de Cuaresma. Ciclo C

HOMILIA Domingo 5º cuaresma ciclo C

Digamos que el evangelio de hoy nos habla de la intransigencia del hombre ante el perdón de Dios. Y me atrevería a decir que mientras que la intransigencia del hombre se manifiesta a gritos, el perdón de Dios se lleva a cabo en el silencio del corazón.

Las personas somos muy dadas a la crítica, a la falta de respeto, a la intolerancia. Y lo vemos como la cosa más natural del mundo. Y  esto nos lleva a la intransigencia.

Criticamos lo que hacen los demás…y no nos criticamos a nosotros mismos.

Echamos mano de la falta de respeto hacia los demás… y ponemos el grito en el cielo cuando nos faltan a nosotros el respeto.

Acusamos a los demás de intolerantes… y no somos conscientes de nuestra falta de tolerancia. Pensad estas tres realidades en los niveles social, político y religioso.

Somos intransigentes con los que no piensan como nosotros, con los que no actúan como nos gusta a nosotros, con los que no se ponen a nuestro lado… Así se puede decir que nos parecemos a los “más viejos” del evangelio. Cuando se nos echa en cara que actuamos igual que aquellos que nos critican… normalmente… nos callamos,  porque no encontramos argumentos que defender, y nos escabullimos.   

Tanto en el evangelio del domingo pasado, el del hijo pródigo, como en el de hoy, tenemos la postura opuesta. El padre de la parábola no condena al hijo, no habla con él, porque sabe que lo está pasando mal, que el camino que ha recorrido ha sido un camino duro, un camino donde se ha encontrado consigo mismo y ha deseado encontrarse con el padre, con la casa a la que pertenece y por eso el padre lo abraza y lo besa.

En el evangelio de hoy Jesús tampoco habla hasta que lo hace para poner de manifiesto la intransigencia de los acusadores. Jesús sabe que la mujer lo está pasando mal, y en lugar de acusarla, en lugar de cargar las tintas contra ella, primero calla y escribe, y luego les dice a los acusadores que miren a su interior para que se den cuenta de que en el fondo son ellos los acusados por ellos mismos, pues hay pecado de orgullo, pecado de saberse justos cuando no lo son… y por eso ante el silencio de Jesús y la recriminación que les hace…se dan cuenta que tienen mucho que cambiar, que también ellos tienen que convertirse, en definitiva que son ellos los acusados.

Jesús no condena… hace una llamada de atención a lo que somos y hacemos. Nos invita a ser conscientes de nuestro pecado… nos invita a recorrer un camino que está hecho, primero, de reconocer el mal, el daño que nos hacemos a nosotros y a los demás, y segundo, a pedir humildemente perdón. Y ese perdón hacerlo desde el silencio del corazón, sin aspavientos, sino en el encuentro del tú a tú con Dios.

El perdón es lo siempre nuevo que Dios realiza con cada uno de nosotros. Lo antiguo, lo de antaño, de la primera lectura, es la crítica, la falta de respeto, la intolerancia, en definitiva, la intransigencia. Lo nuevo lo ha realizado Dios de una vez para siempre por medio de su Hijo Jesús, el mismo Jesús por el que San Pablo ha dejado todo lo demás y considera todo lo demás como basura.

Miremos más a Dios y su amor por nosotros y cambiará nuestro corazón y nuestras actitudes hacia los demás.


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Homilía de San José – Viernes 19 Marzo 2010

HOMILIA SAN JOSE.

 A modo de introducción:

      La conducta y actitud de Jesús…semejante a joven de hoy.

       . vive con sus padres…pero hace su vida…cuando sus padres le preguntan…

       . responde :  es mi vida…

       . a los padres les cuesta comprender…siguen queriendo y aceptando al hijo

       . el hijo sigue con ellos…en casa…”bajo su autoridad”.

Notas sobre San José:

  1. su confianza en Dios. Es el hombre callado que escucha –a lo mejor no comprende- pero obedece.

La fe es confianza en la escucha y obediencia.

            Cabe preguntar y preguntarse…pero al final se confía.

José se pregunta…y confía.

            Si de Abraham se dice en la 2ª lectura que “creyó”…eso  mismo podemos decir

            de José: él creyó “contra toda esperanza” que llegaría a ser padre.

  1. es el hombre “silencioso”. Está ahí….junto a María y a Jesús…pero en silencio

Los evangelios nos hablan de él, pero él no dice nada. Tan solo ESTA.

Ese “estar” es acompañar…es compartir…es buscar…es cumplir con su ser

padre de Jesús…es hacer todo esto y más…en silencio.

  1. es el hombre centrado en la vida y para la vida.

Busca un lugar donde nazca “la vida” que es Jesús…Tiene que huir a Egipto

para preservar y salvar la vida de su hijo… como muchos padres y madres que

HOY también están centrados en la vida (suya y de sus hijos)

Cuando un padre o una madre luchan por una vida (del hijo)…nos dicen que

no hay cosa más preciada y preciosa para ellos que eso: recientes muertes… 

  1. acepta que no es fácil entender al hijo. Algo parecido a lo que sucede hoy.

También es consciente que Jesús, según Lucas, sigue bajo su autoridad.

Autoridad entendida como respeto a las funciones que cada uno tiene que

desarrollar en la familia y que no son intercambiables, sino que son funciones

que sumadas facilitan el crecimiento de las personas.

Autoridad entendida como amor hacia la persona que la ayuda a crecer y a

desarrollar su persona en todos los aspectos. Autoridad que no impone sino

expone…que no coarta sino que abre puertas…

 Creo que estas notas valen también para los sacerdotes y seminaristas…

Parte de nuestra misión como sacerdotes es la de confiar en el Padre de Jesús…realizar nuestra tarea en el silencio…trabajar por la vida y para la vida…y aceptar a las personas no imponiendo nuestra autoridad sino mostrarnos abiertos para, con otras personas, ayudar a crecer a la comunidad que se nos ha encomendado.


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HOMILIA domingo 14 de Marzo 2010 – Cuarto domingo de Cuaresma. Ciclo C

HOMILIA  4º domingo de cuaresma ciclo C:

Os invito a hacer una reflexión de las lecturas de hoy en clave de reconciliación.

En la Carta a los Corintios hemos leído y escuchado varias veces esta palabra. Hay una frase que la repito para hacer un comentario del Evangelio: “en nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”.

En el Evangelio se nos muestra al padre como punto clave en la reconciliación. En su intervención con los dos hijos se muestra reconciliador. En el caso del llamado hijo pródigo, su papel no es el de reprochar la conducta del hijo, sino todo lo contrario, la de abrirle los brazos, que es lo mismo que abrirle la casa de la que el hijo se había marchado rompiendo todo lazo de unión.

En el caso del hijo mayor su papel de reconciliador pasa por hacerle ver que la casa y todo lo que hay en ella, le pertenece: “todo lo mío es tuyo”. Aquí tampoco hay reproche.

Es otra manera de abrir los brazos y la casa a este hijo mayor.

La actitud del padre es la ACOGIDA. Acoge a los dos hijos. Al que se marchó porque vuelve, “porque estaba perdido y lo hemos encontrado”, y al que estaba en la casa, porque no reconocía que la casa donde vivía era su propia casa: “tanto tiempo que se sirvo…” No se reconoce como hijo sino como siervo. Y el padre le dice: “todo lo mío es tuyo”.

El padre, figura de Dios, es quien obra la reconciliación. En la carta a los Corintios leemos “Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo”. Dios se adelanta en la reconciliación. Abre los brazos para acogernos en la casa. En la casa que nos toca a nosotros reconocer como nuestra propia casa. Y en esa acción de reconciliación Dios no pone objeciones, ni siquiera condiciones.

En el hijo pequeño se da ese deseo de reconciliación, aunque sea por comer mejor. Quiere volver a casa, de donde no tenía que haber salido en las condiciones que salió. Para él regresar no va a ser vivir como antes. El siente deseos de reconciliación. Quiere reconciliarse con el padre, con la casa, con la familia, pero quiere hacerlo como “jornalero”, no como hijo. Y el padre le acoge como hijo.

Cuando pensamos en la reconciliación, en el sacramento de la penitencia… ¿en qué pensamos? ¿En acercarnos a decir pecados? ¿O en acercarnos al Dios que abre sus brazos para acogernos porque nos quiere de nuevo en casa, en la familia? ¿Nos acercamos a un juez o a un padre que perdona sin reproches?  ¿Pensamos más en nosotros y en lo que hemos hecho o en el amor gratuito de Dios que perdona y acoge? ¿Queremos reconciliarnos con Dios o soltar pecados?

Recordemos la frase de Corintios: “os pedimos que os reconciliéis con Dios”. Y la reconciliación es un paso que nosotros tenemos que dar, al igual que el hijo pródigo.

Porque, se supone, que somos nosotros los que nos hemos apartado de la casa del padre, somos nosotros lo que tenemos que volver. El siempre nos espera y con brazos abiertos.

La reconciliación la hacemos en nombre de Cristo y al amparo suyo.

Y la reconciliación es una tarea encomendada a cada uno de nosotros. Es un ministerio como dice San Pablo. Asumamos este ministerio y ejerzamos la función de reconciliadores entre nosotros, con nosotros mismos y con la naturaleza. Volvamos a la casa del Padre que nos espera con los brazos abiertos para darnos todo su amor.


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HOMILIA domingo 7 de Marzo 2010 – Tercer domingo de Cuaresma. Ciclo C

HOMIILIA domingo 3º cuaresma ciclo C

 Parto de una frase del Suplemento del domingo 28 de febrero del periódico El Mundo. Dice la periodista Teresa Viejo: “No entiendo cómo permites el sufrimiento de los niños”. Y lo dice refiriéndose a Dios. Yo uno esta frase a dos del evangelio de hoy:

  1. ”¿Pensáis que estos galileos eran más pecadores que los demás galileos…?
  2. ”…y aquellos dieciocho…pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?”.

 La frase de esta escritora pone de manifiesto algo muy común entre algunas personas que es “echar la culpa a los demás” y en este caso, “echar la culpa a Dios”. Imagino que todos conocemos a personas que usan esta táctica para no reconocer sus errores.

¿A dónde lleva esto? A pensar que si la culpa es de los demás, …pues serán los demás los que tengan que cambiar, los que tengan que convertirse. Y desde la frase de la escritora sería algo así como “Dios es quien tiene que cambiar, porque la culpa es suya”.

 Sin embargo, ¿qué leemos en la primera lectura? Dios dice:  “he visto la opresión de mi pueblo…he oído sus quejas contra los opresores…”

Dios VE y OYE el clamor de las personas que sufren, pero no interviene directamente, pues siendo nosotros los causantes de ese daño y mal  quiere que seamos también nosotros los que reconociéndolo…lo reparemos,  cambiemos, o nos convirtamos.

Dios actúa a favor de un pueblo oprimido, pero no porque El tenga la culpa (“cómo permites”), sino porque el hombre, o un pueblo oprime a otro hombre, a otro pueblo. Y para actuar Dios se vale de nosotros. Para denunciar el mal Dios se vale de nosotros. El no quiere intervenir directamente, pues sería coartar nuestra libertad, sino que nos anima, nos llama a intervenir a favor de los que sufren.

 La conversión supone darnos cuenta del mal, del daño, del pecado que cometemos contra otras personas y CAMBIAR. Hacemos daño, pecamos,  pero no lo queremos asumir. Lo más fácil es echar la culpa a los demás y decir: “que lo asuman otros”. Así nunca llegaremos a ser conscientes  de la necesidad de conversión.  ¿Por qué las personas no se acercan al sacramento del perdón? Porque echan las culpas a los demás, o porque al pensar que los otros son los culpables, ellos no tienen necesidad ni conciencia de conversión.

 Jesús repite hoy en el evangelio: “si no os convertís…” Nos está llamando la atención para reconocer que no son siempre los demás los que tienen la culpa, sino que muchas veces somos nosotros los que no hacemos el bien. Convertirse es darse cuenta de que YO también  actuó mal, hago daño a otros, soy el causante de los males de otros. Y si llego a darme cuenta de ello,…reconoceré que tengo que CONVERTIRME.

Si no siento la necesidad de conversión…¿para qué rezar? ¿para qué venir a misa? ¿para que favorecer unas buenas relaciones humanas:  respeto, libertad, justicia?

La conversión es algo que nos afecta a todos y a toda la persona. La conversión no es solo: pido perdón por tal o cual cosa… la conversión supone ganas de cambiar para hacer el bien… para que entre otras cosas…  no haya más niños que sufran a causa de los mayores y no de Dios. Y la conversión es un camino… no es algo estático, no es algo “ya me he convertido”… sino un camino a recorrer durante toda la vida.


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HOMILIA domingo 28 de Febrero 2010 – Segundo domingo de Cuaresma. Ciclo C

Homilía 2º domingo de cuaresma ciclo C.

 Os invito a cada uno a pensar: ¿qué significa para mí la transfiguración de Jesús?

¿Por qué este acontecimiento tan importante en su vida y sobre todo que lo leamos en plena Cuaresma…¿qué significa?  Os invito a que cuando queráis y podáis lo penséis.

Yo os ofrezco mi reflexión personal.

 La transfiguración de Jesús me lleva a pensar

1º. En el hombre creado por Dios. En el hombre tal y como vive hoy. Y me hago una pregunta. El hombre…nosotros ¿vivimos? O simplemente ¿estamos…pasamos el tiempo? Si miramos las condiciones de vida del hombre actual…¿son de admirar? ¿merecen la pena?  Y que conste que esas condiciones las marcamos nosotros directa o indirectamente. Hay personas que envidian, de forma sana, a quienes pueden vivir sin el estrés, sin las prisas con las que vivimos el común de los mortales.

 Creo que el hombre, todo hombre sobre la tierra debería vivir transfigurado. ¿Qué significa esto? Pues que deberíamos poder VIVIR en paz, en armonía, con las necesidades cubiertas, pudiendo disfrutar del tiempo, de la vida, de la familia,…esto es lo que yo llamo “vivir transfigurado”. Me diréis que esto es algo utópico.  Pero creo que esto sería vivir de verdad y vivir en plenitud.

 El hombre transfigurado es aquel que irradia VIDA, paz, alegría, que es testigo de estas realidades…pero, también es aquel que es capaz con estas vivencias y actitudes de denunciar lo negativo que hay en el mundo causado por nosotros: guerras, injusticias, hambre, desastres.. Pensad. Cuando vemos estas tremendas imágenes en TV ¿vemos ahí al hombre transfigurado? No. Vemos al hombre que sufre por culpa del hombre.

 La transfiguración de Jesús me lleva a pensar

2º en Jesús. Decimos, creemos que Jesús es la plenitud del amor de Dios, es la plenitud de la vida, es el Hijo que confía en el Padre. El vivió plenamente y pudo decir “yo soy la vida”. Su palabra y sus hechos están dirigidos a crear, a fomentar, a hacer llegar a los hombres lo que él fue. Y la mejor manera de hacernos llegar todo lo que él fue, aparte de la resurrección, fue este momento tan especial de la transfiguración. Con este momento nos está diciendo que podemos recuperar la identidad perdida. Esa identidad la perdemos cuando hacemos daño a otros. Jesús pasó haciendo el bien para que quienes habían perdido ante los demás su identidad, la pudiesen recuperar. La recuperación de la identidad perdida es la transfiguración.

 San Juan nos dice en su primera carta: “aún no se ha manifestado lo que seremos, porque cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” 1Jn 3,2. La transfiguración de Jesús es la manifestación de la gloria de Dios. Es el anticipo de la resurrección de Jesús.  La transfiguración de Jesús es el adelanto de lo que nosotros seremos cuando se manifieste y seamos capaces de VIVIR haciendo el bien, de dar PAZ, de vivir en armonía y sobre todo de confiar en el Padre, para escuchar también de El a cada uno de nosotros: Tú eres mi Hijo”.

 La transfiguración de Jesús es para mí la aspiración a vivir y a vivir en plenitud que Dios pone también a nuestro alcance…si es que nosotros queremos llegar a vivir transfigurados.


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HOMILIA domingo 21 de Febrero 2010 – Primer domingo de Cuaresma. Ciclo C

HOMILIA 1er domingo de Cuaresma ciclo C

 Hoy más que nunca nos preocupan los números: más de 4 millones de parados, los 420 euros de subsidio, los euros que nos descuentan del sueldo o jubilación.

Los números tienen en algunos casos y civilizaciones valor simbólico. Me refiero, por ejemplo al número 3.

 Recordemos el mandamiento de “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser, y al prójimo como a ti mismo”. Este mandamiento nos dice cómo amar a Dios, con todo lo que somos. Luego une a Dios con el prójimo y uno mismo para señalar la unión que debe existir entre los tres.

El miércoles de Ceniza leíamos en el Evangelio que hay que practicar la oración, la limosna y el ayuno (3). Y esto hacerlo por amor y desde el corazón, el alma y el ser.

La oración cuida nuestra relación con Dios y orienta nuestro amor hacia El.

La limosna cuida nuestra relación con el prójimo y orienta nuestro amor hacia él.

El ayuno cuida nuestra relación con uno mismo y orienta el amor hacia nosotros.

Descuidar uno de los tres significa descuidar los otros dos.

 Hoy domingo se nos habla de tres tentaciones que experimenta Jesús y que pueden ser tres tentaciones que experimentemos nosotros.

La primera es la de quitar a Dios de en medio. O la de quitar los crucifijos de en medio. Quitar la Navidad, la Semana Santa. Se quiere desterrar a DIOS y reemplazarlo  por otros ídolos. Cada uno tenemos nuestros ídolos a los que adoramos, aunque no seamos del todo conscientes. Sin embargo Jesús nos recuerda: “Al Señor tu Dios adorarás y a él solo darás culto”.

La segunda está en relación con el prójimo. Esta tentación va unida al poder. Y se manifiesta en la falta de respeto al prójimo, a la vida, a sus ideas, su religión.  O es, por ejemplo, la falta de sensibilidad ante problemas, la dejadez de la sociedad en cuanto a la educación, o es la pérdida de raíces, de costumbres debido a la moda, o a no causar traumas. Hoy pensamos: “se nos ha dado todo poder”…pues que sea para hacer el bien. Que ese poder sea para:  “amar al prójimo como a ti mismo”…

Y la tercera está en relación con uno mismo. Hoy solo queremos pan. “Pan y circo” Y el pan es la falta de compromiso, la superficialidad. (Lo decía Benedicto XVI el miércoles de ceniza), es cuidar o descuidar el cuerpo pero no cuidar el espíritu.  Jesús nos dice: “no solo de pan vive el hombre”. San Mateo añade: “sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Para nosotros cristianos eso significa “vivir del evangelio”.

Todo esto  tiene su centro en el corazón y se exterioriza en los labios, es decir, en nuestra palabra. Nos dice la segunda lectura: labios y corazón tienen que ir unidos. Seamos consecuentes con lo que decimos y lo que hacemos con lo que creemos y vivimos.

El tres más que un número, es el signo de la perfección del amor. Amor que une a Dios, al prójimo y a nosotros mismos. No los separemos pues estará cojo nuestro amor.

En definitiva: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, toda tu alma y todo tu ser y al prójimo como a ti mismo.

Que tengamos una buena cuaresma.

 

Victoriano


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HOMILIA domingo 14 de Febrero 2010 – Sexto domingo tiempo ordinario. Ciclo C

HOMILIA SEXTO DOMINGO t.o.

 De pequeño aprendimos los 10 mandamientos. Al final de ellos decíamos:  se resumen en dos “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Aquí se resume la actitud principal que como personas deberíamos tener. A este resumen añado la frase de la 1ª carta de san Juan: “quien dice que ama a Dios a quien no ve y no ama a su hermano a quien ve, es un mentiroso”.

 Estas dos frases nos ayudan a comprender la 1ª lectura y el Evangelio de hoy. Nos están diciendo que hay dos maneras de enfrentarse a la vida:

1.la de aquellos que construyen su vida sobre sí mismos y los recursos puramente humanos, descartando a Dios como algo inútil, lo que puede producir una vida estéril e infeliz, 

2. y la de aquellos que poniendo su confianza a Dios y no en sí mismos hacen que su vida sea fecunda y les lleve a ser felices.

(Monte de las Bienaventuranzas, lago Tiberiades)

 Hoy vemos cómo la vida de personas que lo tienen todo, resulta ser, a veces, una vida vacía, sin sentido, a merced de la moda, de la publicidad…pero en el fondo ¿qué hay en esas vidas? Nada. ¿Cómo acaba? En el olvido…

Hay personas que mirando a los demás más que a sí mismos, que dando algo de lo que tienen o más aún dándose a sí mismos…encuentran que sus vidas tienen sentido, que hay algo o alguien que llena sus aspiraciones.

 Esto podemos cifrarlo en dos palabras: felicidad o infelicidad. La felicidad está en ser consecuente consigo mismo, con los valores elegidos a favor de los demás, y si a esto añadimos los valores del evangelio, se puede llegar a vivir feliz. Eso no quita que los valores del evangelio sean opuestos a los valores del mundo actual, o que incluso cueste aceptarlos y sobre todo vivirlos.

 Quien nos anima a ser felices…que en realidad sería lo mismo que vivir las dos frases del principio de estas palabras: “amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo” y la de “quien dice que ama a Dios a quien no ve y no ama a su hermano a quien ve, es un mentiroso”…quien nos anima a ser felices es el mismo Jesús. El se nos propone como modelo de felicidad a seguir. ¿Dónde radica la felicidad de Jesús? En dos puntos:

  1. en ser fiel a la voluntad del Padre. Ahí es donde Jesús encuentra su misión y
  2. en estar al servicio de los demás, sobre todo curando, que es igual que decir liberando a los demás de las esclavitudes a las que nos sometemos o a las que nos someten los demás.

 ¿Dónde puede radicar nuestra felicidad, nuestro amor a Dios y al prójimo? En vivir lo que Jesús vivió:

  1. sabernos enviados por Dios para hacer el bien confiando en El y
  2. sabernos llamados a vivir las bienaventuranzas, que es lo mismos que decir llamados a seguir a Jesús.

 Seremos felices, reiremos, nos veremos saciados, aunque al mundo le cueste creerlo, si somos capaces de vivir la novedad del evangelio, como Jesús vivió la novedad de ser y sentirse Hijo de Dios.   


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Homilía Domingo 7 de Febrero 2010 – Quinto domingo del tiempo ordinario. Ciclo C

HOMILIA 5º domingo del tiempo ordinario. ciclo C

 

Hoy día buscamos personas cuyo testimonio de vida nos atraiga para, fijándonos en ellos, intentar segur su ejemplo.

En las lecturas que hemos escuchado tenemos ejemplos de tres personas que nos ofrecen un testimonio de vida como respuesta a la misión que Dios les confía.

Los tres son personas como nosotros, con sus fortalezas y sus debilidades, con sus dudas y sus temores. Todo ello para mostrarnos que siendo personas como nosotros responden a la llamada de Dios y realizan la misión para la que Dios les ha elegido.

Isaías es consciente de ser un hombre de labios impuros. Es decir, por él mismo no se atrevería a decir una palabra en nombre de Dios y mucho menos a considerarse enviado con una misión especial: la de ser profeta. Sin embargo, después de experimentar el perdón de Dios…se ofrece para aceptar lo que Dios le diga.

Pablo se reconoce como no digno de ser llamado apóstol, pero “por la gracia de Dios, soy lo que soy”. Es decir, Pablo se ha dejado llenar de Dios y por eso mismo proclama el evangelio que salva. Y transmite lo más importante del evangelio: la muerte, la resurrección y las apariciones de Jesús a los apóstoles, incluido él mismo a pesar de que no se considera digno de ello.

Pedro se nos muestra como un hombre desanimado: “no hemos cogido nada”. Sin embargo confía en la palabra de Jesús, aunque no era fácil, ya que de día no se solía pescar nada. Es más, incluso, cuando ve el resultado de la pesca le pide a Jesús que se aparte de él, porque es un pecador.

Tres testimonios que nos pueden ayudar a identificarnos con alguno de ellos, o con alguna de las actitudes que nos muestran. Por ejemplo:

  1. falta de confianza en Dios. Si a veces nos cuesta confiar en los demás a quienes vemos, oímos, tocamos…más nos puede costar confiar en Dios a quien no vemos, ni oímos. Y sin embargo en los tres ejemplos Dios está presente para ayudarles y darles ánimo.
  2. falta de confianza en uno mismo por pensar que no somos dignos,… que cómo me va a elegir a mí Dios con lo que soy, con lo poco que valgo y con lo poco que puedo hacer. De ahí que a menudo busquemos excusas.
  3. falta de ganas por comprometerse con la vida, con el evangelio…en definitiva con el Señor que nos ha elegido por puro amor para ser sus testigos.
  4. y porque a veces nos gusta más auto compadecernos.

Viendo estos tres testimonios, ¿qué podemos hacer?

1. aunque nos podamos considerar personas de labios impuros, como Isaías, aceptemos el perdón de Dios y la tarea que nos encomiende.

2. aunque nos podamos considerar indignos como Pablo, aceptemos que por la gracia de Dios, por puro amor de Dios, somos hijos suyos enviados a ser testigos del Evangelio.          

3. aunque a veces nos cunda el desánimo, como a Pedro, confiemos en la palabra de Jesús que nos invita a vivir el evangelio cada día y a cualquier hora.                        


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HOMILIA domingo 31 de Enero 2010 – Cuarto domingo tiempo ordinario. Ciclo C

HOMILIA domingo 31 de Enero 2010 – Cuarto domingo tiempo ordinario. Ciclo C

Hoy quiero pasar por las tres lecturas tomando como hilo conductor nuestra misma vida y nuestro testimonio como cristianos.

 

1º. La frase de Jeremías: “No les tengas miedo, que si no, yo te meteré miedo de ellos”.

Creo que es una frase para pensar, y a mí, cada vez que la leo, me anima.

Como cristianos,…no tener miedo a nada ni a nadie…es fácil decirlo, pero luego en la práctica…es otra cosa. Pongo un ejemplo: ¿qué testimonio damos en la vida normal de que somos cristianos? ¿Somos capaces de defender posturas del evangelio cuando alguien lo critica…cuando alguien se ríe de la iglesia, que somos todos? Ej. Aborto.

 Es muy fácil asistir a grandes concentraciones de cristianos…porque nos encontramos arropados por la masa…pero en el día a día, ¿cuál es nuestro testimonio?

Creo que es para pensarlo y decirse uno mismo: ¿me da reparo decir que soy cristiano? Pues el Señor nos dice a nosotros igual que a Jeremías: “no les tengas miedo, que si no, yo te meteré miedo de ellos”.

 

2º. Uno de nuestros mejores testimonios es el amor. No solo hablar del amor sino sobre todo vivirlo. Ese amor del que nos habla la carta a los Corintios.  Resulta fácil hablar del amor…pero no resulta tan fácil vivir “el amor”. En la vida diaria: ¿“disculpar, creer, esperar, aguantar…sin límites”?, no es fácil. Y si no pensémoslo ¿lo hacemos en casa, en el trabajo…? ¿De qué nos confesamos a veces?: de las no buenas relaciones con el prójimo-próximo.  Amar, y sobre todo amar al prójimo-próximo no es fácil. El verdadero amor, lo repito, sabe disculpar, creer, esperar y aguantar. Y en el amor hay que tener paciencia, y sobre todo no alegrarse del mal ajeno. El mejor testimonio del amor se ofrece “amando”.

Dos frases que podemos guardar en nuestro corazón para poder amar a los demás:

1.el amor no pasa nunca: siempre podremos amar…Siempre tendremos ocasión de amar. Una frase curiosa: “Nunca podrás pecar de amor, el pecado está en no amar”.

2.la más grande es el amor. Todo lo demás pasará.  Siempre quedará el amor, que es lo mismo que decir, siempre quedará Dios, porque Dios es amor.

 

3º. Este no tener miedo…y ofrecer un testimonio de amor puede hacernos objeto de crítica como a Jesús por no hacer un milagro en su tierra. Jesús recuerda este dicho “médico, cúrate a ti mismo”. Le critican porque no hace milagros en su tierra.

A nosotros se nos puede echar en cara que hablamos y luego no hacemos. “Tú hablas mucho y luego no haces”.  Eso no tiene por qué asustarnos. Lo importante es que intentemos unir palabra y vida. Si hablamos de dar testimonio, que lo demos en la vida…si hablamos de amor…que seamos capaces de amar aunque cueste.

 

Vivir la fe cada día, dar testimonio de Jesús, ser capaces de amar…hará que otros se interroguen acerca de nuestro modo de vivir, aunque nos critiquen, aunque a veces no seamos consecuentes… Por eso repito:

“No tengas miedo, que si no, yo te meteré miedo de ellos”.

Vivamos el amor cada día disculpando, creyendo, esperando y aguantando sin límites, y

No temamos a la crítica…porque puede hacernos bien para vivir de verdad el evangelio.  


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Homilía domingo 24 de Enero 2010

Homilía tercer domingo del tiempo ordinario. Ciclo C. 24-1-10

 “Lo que cada uno ha recibido que lo ponga al servicio de los demás” os decía el domingo pasado comentando la Carta a los Corintios. Hoy continuamos leyendo esta carta y, San Pablo insiste en la misma idea pero usando la comparación del cuerpo: el cuerpo es uno con muchos y variados miembros que desarrollan una función específica siendo todos valiosos.

Él lo aplica a la iglesia. La iglesia es un cuerpo con muchos miembros donde cada uno tenemos algo que hacer para el bien común. Ninguno de nosotros puede decir como el en caso del cuerpo “no necesito a los demás”. Ninguno por sí solo tiene razón de ser. Ninguno puede funcionar aislado. Todos los miembros son necesarios. Incluso los que san Pablo llama “despreciables o menos decentes”. Creo que en el cuerpo que Dios ha creado nada hay despreciable ni menos decente. “Y vio Dios que era bueno” leemos en el Génesis.  Lo mismo en la iglesia. Todos somos necesarios e importantes. Es más, nadie es despreciable ni menos decente. Pensemos en las diferencias que a menudo se han hecho en la iglesia entre las personas y que aún hoy se hacen por parte de algunos grupos religiosos donde parece que ellos son los importantes y los demás “de segunda categoría”. Recordad la frase: para Dios cada uno de nosotros es único.

 Al igual que en el cuerpo cada miembro desarrolla una función, en la iglesia cada uno desarrollamos, o, tendríamos que desarrollar nuestra función, que el domingo pasado san Pablo llamaba: dones, ministerios y funciones. Lo importante es que seamos conscientes que todos “somos el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro” que debe actuar para el bien de los demás.  

San Pablo establece unas categorías para poner orden en la iglesia de Corinto. Siempre tiene que quedar bien claro que esas categorías están para el bien común y no para el bien personal o para subir peldaños. Recordemos las palabras de Jesús a los discípulos: “el que quiera ser el primero que sea el servidor de todos”. Nos lo tendríamos que recordar a menudo los unos a los otros. Seguro que la iglesia tendría más credibilidad ante los no creyentes.

Unamos esto de miembros del cuerpo de Cristo a lo que leemos en el evangelio que se Jesús se aplica a sí mismo: al igual que Cristo, nosotros por estar bautizados, por estar ungidos, somos enviados para anunciar la libertad. Y yo añadiría: “¡cuánto nos cuesta creer en la libertad que nos ha otorgado Jesús y cuánto nos cuesta vivirla y anunciarla a los demás”!

Jesús no ha sido enviado sólo para anunciar la libertad, sino para vivirla él, en primer lugar, y para hacer que los que queremos seguirle la anunciemos y la vivamos como El la vivió. Esa libertad es para hacer el bien, para obrar el bien, y para obrarlo para el bien común.

 Ojalá que así sea.