Parroquia Santa María del Pilar Marianistas

La vida de nuestra comunidad cristiana en la red


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HOMILIA 4º domingo de Cuaresma ciclo A – 3 Abril 2011

HOMILIA 4º domingo de Cuaresma ciclo A

El evangelio de este domingo, leído en su totalidad, es una catequesis bautismal. Pero también puede ser leído e interpretado desde la tema de la fe y eso es lo que voy a intentar transmitir con estas palabras. Además el tema de la fe lo voy a unir a la figura, para mí tan importante, del Beato Guillermo José Chaminade, fundador de la Familia Marianista, cuyo 250 aniversario de su nacimiento celebramos estos días y a lo largo de este año.

La fe se desarrolla, entre otros, en tres pasos que vemos desarrollados en el evangelio y en la vida del Beato Chaminade. En el primer paso la fe nos ayuda a ver las obras de Dios. La respuesta de Jesús a los discípulos es asimismo una respuesta para cada uno de nosotros: la fe nos ayuda a ver la manifestación de las obras de Dios. La gran manifestación de Dios y de su obra la tenemos en su Hijo Jesús y también en nosotros, sus criaturas.

 

Para ver las obras de Dios en la vida hace falta la fe. Si nos quedamos con la sola mirada de los ojos, nuestra visión de la vida y de los acontecimientos se queda coja. Si a la mirada de los ojos la acompañamos con la mirada del corazón, es decir, de la fe, nuestra visión se enriquece y nos acerca más a Dios. Del Beato Chaminade podemos decir que “vivió de la fe” y vio las obras de Dios en su vida. Su misión apostólica durante la Revolución francesa puso en peligro su vida. Pero él quería llevar a Dios a los demás. Su destierro en Zaragoza lo vivió desde la fe en Dios. Su vuelta a Burdeos fue para él “una manifestación de las obras de Dios”, pues allí fue donde además de predicar el evangelio a los jóvenes, puso los cimientos para que otros vivieran la fe ya sea en el estado laical o en la vida religiosa.

En el segundo paso la fe nos ayuda a caminar como hijos de la luz. El ciego quería ver, pero no solo ver sino llegar a ver la luz. No se imaginaba que se iba a encontrar con Jesús, “luz del mundo”. Pasa de estar ciego, de no tener fe, a ver y confesar su fe en Jesús. Pasa de no tener luz que le guíe a encontrarse con la verdadera luz. El ciego termina confesando: “creo, Señor” (v.38). Su fe en Jesús le ayuda a ver la luz.

El Beato Chaminade nos dejó uno de sus lemas favoritos: “fuertes en la fe”. El estaba convencido que quienes quisieran seguir su carisma, el carisma marianista, tenían que ser fuertes en la fe y ayudar a otros a caminar como hijos de la luz que es Cristo que es lo mismo que caminar guiados por la fe. El quería formar comunidades de fe que ayudaran a otros a caminar a la luz de la fe.

Y en el tercer paso la fe nos ayuda a ser testigos. La confesión de fe del ciego le convierte en testigo de Jesús. Su vida ha cambiado. Ya no es el que estaba sentado mendigando. Ahora puesto en pie se convierte en testigo de Jesús

El Beato Chaminade experimentó en su vida lo que se significaba ser testigo de Jesús. Al ser perseguido, se convirtió en testigo. Al venir a Zaragoza dio testimonio de su fe ante la Virgen del Pilar. Al regresar a Burdeos su testimonio de fe atrajo a muchos a seguir  a Jesús por medio de él.

El ciego del evangelio y el Beato Chaminade nos dejan todo un itinerario para seguir a Jesús y vivir la fe: viendo cada día las obras de Dios, caminando como hijos de la luz y siendo testigos de la fe que profesamos en Jesús.


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Homilia domingo 13 de abril 2011. 1º de Cuaresma

HOMILIA  Cuaresma 1er domingo ciclo A

El miércoles pasado comenzábamos el tiempo de Cuaresma con la imposición de la ceniza.. Este signo viene de tiempos antiguos.  Tiene como significado llamar a la penitencia, a la conversión, al cambio de mentalidad. Hoy también se nos llama a un cambio de mentalidad: a compartir con el ayuno, a ponernos al servicio del otro con la limosna y a volver nuestro corazón a Dios con la oración.

En esta reflexión voy a intentar unir la primera lectura con el evangelio. En las dos se nos habla de tentaciones. La tentación de Adán y Eva y la triple tentación de Jesús. La primera tentación refleja el egoísmo, el centrarnos en nosotros mismos. El egoísmo nos lleva a no ver más allá de lo que se nos pone por delante. Adán y Eva ven que el árbol es “apetitoso”, se centran en él  y se olvidan de todo lo demás que tienen para vivir y disfrutar. En el evangelio el diablo quiere que Jesús sólo piense en sí mismo y sacie su hambre.

Nosotros también podemos caer fácilmente en el egoísmo. Un egoísmo que lleva a la indiferencia ante lo que vemos y vivimos, que lleva solo pensar en mis derechos, que lleva a ser intransigentes con los demás, que lleva en definitiva a olvidarnos de lo que nos dice Jesús: “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Vivir de la palabra de Dios es una llamada a compartir, a ser solidario con los demás, a preocuparnos los unos por los otros. Contra el egoísmo…compartir.

La segunda tentación nos habla de poder, de manifestar a los demás el poder que podamos tener. Ese poder que deseamos tener es “atrayente”. ¿A quién no le atrae el poder y manifestarlo a los demás? Todos somos conscientes de lo que cuesta dejar el poder. El poder gusta, atrae, se vuelve influyente, sirve para hacer mucho bien pero también para usarlo en beneficio propio y entonces se vuelve corrupto. El poder corrompe y el poder absoluto corrompe más, (libro de teología moral). Adán y Eva ven atrayente el árbol porque les iba a dar poder, poder de conocer el bien y el mal. Jesús nos hace ver que el poder tiene que ser fundamentalmente y sobre todo servicio.

 

Cuando el poder se usa para beneficio propio se está tentando a Dios que ha enviado a su Hijo para decirnos con palabras y gestos que quien quera tener poder que se haga servidor de los demás y que quien quiera ser el primero que sea el último. Y vemos que esto no encaja con nuestra forma de pensar.

 

Y la tercera tentación está ligada a ese deseo no tan oculto y que existe desde siempre en el hombre de “ser como Dios” para ser adorado como Dios lo es. Ese ser como Dios es “deseable”, es la aspiración humana por excelencia. Ser como Dios es tener todo el poder, que es atrayente, es pensar solo en uno mismo, que es apetitoso. Ser como Dios es querer manejar los hilos de la vida de las personas. Ser como Dios no es ser como el Dios que nos ha predicado Jesús, sino ser y parecernos a esos dioses que andan por ahí esclavizando y maltratando a la gente, cometiendo injusticias para ellos vivir bien.

 

Jesús nos da tres claves para vencer toda tentación. La primera: compartir los bienes de la tierra. La segunda: una llamada a hacer del poder un servicio a todos. Y la tercera:  ponernos en manos del Dios que da la vida y que libera de toda esclavitud.


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Homilía domingo 6 de marzo. 9º tiempo ordinario

HOMILIA domingo 9º t.o. ciclo A

El domingo pasado hablaba acerca de nuestras preocupaciones. Al final del evangelio Jesús nos señalaba la preocupación principal: “buscad el Reino de Dios y su justicia”. Y añadía algo que tiene su importancia: “lo demás se os dará por añadidura”.

 Se supone que las personas y las instituciones buscamos progresar a nivel humano o institucional. A este progreso lo llamamos madurez y para llegar a ella hay que pasar varias etapas.  Estas etapas no están exentas de momentos difíciles, pero ayudan a lograr esa madurez. Para madurar buscamos apoyos. Apoyos que dan sentido a nuestra vida, a nuestra forma de pensar, de enjuiciar, de aceptar lo bueno y lo malo que nos depara la vida misma. Dentro de ese proceso los hay que como dice el evangelio, “edifican su casa sobre arena”, o como dice la primera lectura “se desvían del camino que marca el Señor”.

 Estas dos frases, del evangelio y de la primera lectura, se pueden aplicar a cualquier persona o institución que fundamentalmente no respeta la vida, desde su inicio hasta el final, o no respeta a la persona. Al respeto a la vida y a la persona van unidas la búsqueda de la verdad, el fomento y la educación para la libertad, la justicia y la paz.

 Cuando este respeto, cuando esta búsqueda se supedita al beneficio personal o de una institución, vemos lo que pasa. Lo estamos viendo en nuestro país y fuera de él, ahora en los países árabes. Desgraciadamente encontramos a menudo personas que edifican sobre arena. Su madurez, su firmeza la basan en pensar en sí mismos aprovechándose de los demás. Su final no suele ser muy bueno, que digamos.

Por otra parte los hay que “edifican su casa sobre roca” o que “escuchan los preceptos del Señor”. Por seguir con el mismo discurso habrá que decir que estos son aquellos que respetan la vida, la persona, la verdad que hay en todos, la libertad, la justicia, la paz. El domingo pasado decía que la única preocupación de Dios es su criatura, es decir cada uno de nosotros 

“Escuchar los preceptos del Señor” y “edificar sobre roca” ayuda a la persona y a las instituciones a madurar, a progresar, a saber que el verdadero bien de todos está en compartir los bienes de la tierra, en buscar el mejor equilibrio posible para que todos los pueblos puedan vivir y vivir con dignidad, en controlar a quienes tienen poder para que no abusen de él buscando el bien propio. 

Quien desde su corazón diga: “Señor, Señor”, ha de decirlo desde el respeto a la vida y a la persona, desde la búsqueda del bien común, en definitiva desde valores verdaderamente humanos y verdaderamente evangélicos. Lo demás “se dará por añadidura”. Nosotros tenemos un ejemplo en Jesús. Su vida estuvo edificada sobre la roca de la voluntad del Padre y sobre la escucha del precepto del Señor de poner el hombre por encima de todo. 

Seamos hombres prudentes, edifiquemos nuestra vida sobra la roca del Jesús y de su mensaje. Esa prudencia a la que alude Jesús es la del hombre sensato y de buen juicio para quien la vida y la persona son lo más importante que Dios ha creado y que nos toca favorecer y cuidar. Así estaremos construyendo el Reino de Dios y lo demás vendrá por añadidura.


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Homilía domingo 20 de Febrero 2011 – Dom. 7º T.O.

HOMILIA domingo 7º t.o. ciclo A.

Se supone que, a lo largo de la historia, los hombres han escrito leyes para mejorar las leyes ya existentes. Aunque habría que decir, que más que mejorar las leyes ya existentes, las nuevas leyes deberían ir encaminadas a buscar el mayor bien de las personas. Recuerdo aún el día que escuché decir a un profesor de biblia que la ley del talión suponía un avance en las relaciones humanas. ¿Por qué? Pues porque antes de la ley del talión, “ojo por ojo, diente por diente”, la norma que existía era más dura aún: “tú me robas una oveja, yo te robo cinco”. Al menos con la ley del talión se llegaba a que si tú me robas una oveja, yo te puedo robar una oveja, pero no más.

Decía que las leyes tienen que ir encaminadas a buscar el mayor bien de las personas y añadiría de cuantas más personas mejor. El domingo pasado decía que las leyes se hacen para defender a los débiles frente a los fuertes. Los fuertes, los poderosos, se las saltan fácilmente y a veces de manera impune. De ahí que tenga razón esa realidad de que las leyes se hacen para defender a los débiles. Aunque no siempre es así. Pensemos en la ley del aborto.

 

Jesús, en el evangelio de hoy, nos da leyes, vamos a llamarlas así, que superan toda ley anterior. Los consejos de Jesús, que bien podrían ser leyes: “no hagas frente al que te agravia,…si uno te abofetea…al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica…, culminan en una ley que no se encuentra en ningún otro código de leyes: “amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen”.

 

El mismo puso en práctica esto que decía. Pensemos en la pasión de Jesús. No hizo frente a quien le agraviaba, puso la otra mejilla…y sobre todo rezó al Padre por los que le crucificaban: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Lo que él predica a los demás, a los que quieran seguirle, lo vive él en primer lugar dando ejemplo. No dice una cosa y luego hace otra. Lo que predica para los demás, lo experimenta él también.

 

Todos somos conscientes que amar al enemigo es una ley difícil y que, por más que queramos, no la llevamos a la vida. Tal vez sí rezamos por los que nos persiguen y pedimos por su conversión. Pero Jesús nos dice que no basta con rezar, sino que hay que ir más lejos y hay que amar. Eso de amar al enemigo no entra en nuestra mente y sobre todo en  nuestro corazón.

Amar al enemigo y rezar por él nos hace realmente hijos de Dios. La oración del Padrenuestro nos llama a ello: el perdón a los que nos ofenden es un paso para amarles. La sabiduría de este mundo consiste en separar a aquellos que tengo que amar de aquellos a los que tengo que odiar. La sabiduría de Dios, que confunde a la sabiduría humana, es la del amor y del amor incluso a los enemigos. Nuestra sabiduría, ¿a cuál de las dos se parece? ¿a la de Dios, y amamos a los enemigos, o a la humana, y odiamos al enemigo?

Si se parece a la sabiduría humana, nos pareceremos a los publicanos y a los gentiles y no haremos nada extraordinario. Aunque nos cueste y no lo aceptemos fácilmente… intentemos, comencemos solo por eso, intentemos amar a nuestros enemigos. Cambiemos nuestro corazón de piedra por un corazón de carne semejante al de Dios. Ese es un paso más para ser santos, como leemos en la primera lectura.


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Homilía domingo 13 febrero. 6º tiempo ordinario

HOMILIA domingo 6º t.o. ciclo A

Vivimos en un mundo lleno de leyes. Nuestra vida y en bastantes ocasiones las relaciones humanas están regidas por leyes. Para bien nuestro no nos sabemos ni la mitad por no decir que no nos interesan la mayor parte de ellas. Pero están ahí. También se puede decir que algunas nos molestan porque no van con nuestra forma de ser, de pensar. A otras nos oponemos porque pensamos y creemos que van contra la libertad de la persona incluso se puede decir contra la vida misma.

El pueblo de Israel no escapa a las afirmaciones que acabo de hacer. Los escribas y los fariseos eran los guardianes de las leyes y de su cumplimiento. Hoy tenemos otras personas y otras instancias que vigilan el cumplimiento de las normas. Y pobre del que no las cumpla. Aunque luego nos enteramos que, a veces, quien hace las leyes no las cumple y hasta puede llegar a escapar del castigo por no cumplirla.

Jesús es claro: la ley está ahí. Pero a Jesús le interesa más la persona. Guardar los mandatos del Señor es prudencia, dice la primera lectura. Los mandatos del Señor  miran al bien de toda persona. No son fruto de una ideología, ni de la ley del más fuerte, ni del que más votos tenga para imponer su voluntad, ni siquiera de fruto de una autoridad indiscutible. Los mandatos del Señor van orientados a vivir en la mayor libertad posible.

Los tres casos que hoy leemos en el evangelio nos orientan sobre los mandatos del Señor. El primero es la importancia de la ley y los profetas. Cuando los profetas acuden a la ley o la interpretan es para favorecer a los más desfavorecidos, es para decir bien alto y claro que hay que cuidar al necesitado, al pobre, al humilde. En ese sentido es en el que tienen que orientarse las leyes, o la ley. Es lo que hará Jesús cuando acude a la ley: recordar que tiene que favorecer al necesitado.

El segundo caso nos habla de las relaciones entre las personas. No se trata de no matar. Jesús va más lejos y nos dice que la relación con el hermano está por delante de la ofrenda a Dios. Conviene recordar la frase de la primera carta de san Juan: “si alguno dice que ama a Dios a quien no ve y no ama a su hermano a quien ve, es un mentiroso”, (1Jn 4,20). La ley nos dice: “no matarás”. Jesús da más importancia a la vida que incluye las buenas relaciones que a la sola ley del no matar. El perdón da vida a quien lo otorga y a quien lo recibe. No perdonar causa la muerte a los dos.

Y el tercer caso es una invitación y una llamada a ser honestos con nosotros mismos y con los demás y con Dios. Los juramentos no sirven de nada si esconden otras intenciones. No sirven de nada si son una manera de engañar al otro queriendo dar más fuerza a una argumentación. No hay que valerse de juramentos. Lo que vale es “sí” o “no”, es decir la honestidad, la honradez, ser consecuentes, en definitiva, vivir la verdad.

Jesús quiere llamar la atención a los discípulos que la ley está ahí, pero que para que la ley cumpla su misión tiene que estar regida por la búsqueda del bien de todos, sobre todo de los más necesitados, por ser los más débiles ante la ley. Los poderosos en todos los sentidos pasan de las leyes. Y la ley tiene que estar basada en la verdad de la vida y no en otras verdades que atenten contra la persona. Ojalá sepamos distinguir los mandatos del Señor que dan vida, de otros mandatos humanos que decimos que son del Señor y que conducen a  hacer daño a otros.


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Homilía domingo 6 de Enero 2011 – 5º Dom. T.O.

HOMILIA  domingo 5º t.o. ciclo A

Vivimos en una sociedad donde se hacen cosas para salir de la crisis: se firman documentos, se celebran reuniones, se quiere poner de acuerdo a personas para salir en la foto. ¿A dónde lleva todo esto? Posiblemente a seguir como estábamos y a maquillar el paisaje. La pregunta sería: ¿Por qué en lugar de poner el acento en solo hacer cosas no se invita a las personas a ser, a mirarse ellas mismas para ver qué se puede dar a los demás desde lo que uno es?

Jesús, en el evangelio de hoy , no nos dice que primero hagamos cosas y luego mostremos lo que somos, sino que mostremos lo que somos, es decir, que seamos lo que tenemos que ser para luego desde ese ser, poder hacer algo a favor de los demás. Nos dice que para dar sabor a las demás, hay que ser sal para uno mismo. Que para alumbrar a los demás, hay que ser luz para uno mismo. Nos viene a decir que no se puede dar lo que no se tiene. Y esto es lo que estamos viendo y viviendo estos días.

Todos sabemos de la importancia de la sal y de la luz. La mucha sal estropea las comidas y la poca sal las hace insípidas. La mucha luz deslumbra y la poca luz lleva a caminar a tientas. La invitación de Jesús a ser sal y luz en el mundo tiene una doble finalidad: ayudar a los demás en su caminar y dar gloria de Dios.

Jesús fue sal y luz para las gentes de su tiempo. Sal, porque lo que El era y lo que El hacía daba buen sabor a los que le escuchaban, por estar ansiosos de algo que les devolviera las ganas de vivir. Luz, porque con sus gestos y sus palabras orientaba el hacer de las personas. Cuando se necesita algo que ayude y oriente en la vida, hay que buscarlo en alguien que lo viva, no en alguien que lo solo lo diga y luego no lo haga. Ahí está la clave para comprender por qué la gente seguía a Jesús, porque veían en él a una persona que vivía lo que decía, y que su palabra no era hoy, sí y mañana no. Su palabra era siempre sí o siempre no. No se amoldaba a las circunstancias ni se dejaba llevar por intereses ajenos a la persona. Su interés estaba centrado en Dios, su Padre, y en el bien de las personas. De ahí que el ser sal y luz está orientado a dar gloria a vuestro Padre.

El ejemplo de Pablo hoy es claro. Más que hablar y hablar con sabiduría y elocuencia, Pablo se da cuenta de que su hablar tiene que ir precedido de su ser discípulo. Primero el testimonio de la vida y luego el testimonio de la palabra. Tendrán que ir unidos, pero la vida es la sal y la luz del evangelio. Luego esa sal y esa luz se convertirán en palabra y en gestos que ayudarán a los demás.

La lectura de Isaías se orienta en el mismo sentido. Lo que se hace a favor de los demás tiene que brotar de lo más íntimo del ser. Si quiero dar vida, tengo que vivirla yo primero. Esa sal y esa luz que pueden estar escondidas, sazonarán la vida y brillarán para los demás cuando me olvide de mí mismo y salga al encuentro del necestiado.


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Homilía Domingo 30 de Enero 20111 – 4º Dom. T.O.

HOMILIA  4º domingo t.o.

Al encontrar las bienaventuranzas al principio del evangelio de san Mateo, siempre se piensa que constituyen el programa de Jesús. Las interpretaciones son múltiples: desde el ideal al que se debe aspirar, pasando por una lectura de la realidad de los tiempos de Jesús, hasta una invitación que resulta difícil aceptar por ser dura de comprender.

Yo voy a pensar de otra manera. Voy a pensar que las bienaventuranzas son, más que un programa al inicio de la vida pública de Jesús, son el resumen de la vida de Jesús. Es decir, que las bienaventuranzas están dichas, recogidas y escritas al final de la vida de Jesús, que recogen lo que él vivió. Es como si las llamásemos “memorias de Jesús”. Lo que Jesús vivió y predicó, con palabras y gestos, recogido en las bienaventuranzas.

Me fijo en algunas. Todos sabemos que Jesús nació y vivió pobremente. Para hacer llegar el mensaje de salvación, el evangelio, a las gentes de su tiempo, vivió como ellos, pobremente. Sus palabras infundían ánimo y esperanza en las personas porque predicaba con el ejemplo y con autoridad. Hubiese resultado una contradicción llamar dichosos a los pobres de espíritu viviendo en un palacio o viviendo cómodamente. Si él experimentó la vida pobre, bien pudo exclamar al final de sus días: “dichosos los pobres de espíritu”.

Otra: “dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia”. Algunos traducen: “dichosos los que tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios”. En el evangelio de Juan, Jesús dice a la samaritana: “mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado” (Jn 4,34). Quien ha hecho de la voluntad de Dios no solo su ideal de vida, sino que su vida gire en torno a ella, bien puede llamar felices a los que así se dejan llevar.

Una tercera: “dichosos los misericordiosos”. Los gestos de Jesús, es decir, los milagros, nos hablan de misericordia. Y la misericordia de Jesús nos lleva a la del Padre. “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36) Jesús nos transmite la misericordia del Padre. Dios no puede ser de otra manera que misericordioso con nosotros. Jesús que experimenta la misericordia de Dios y la transmite, llama dichosos a los que imitan a Dios siendo ellos misericordiosos con los demás.

Y una cuarta: “dichosos los perseguidos por causa de la justicia”, que podemos traducir “dichosos los perseguidos por hacer la voluntad de Dios”. Jesús es perseguido por realizar la voluntad de Dios. La voluntad de Dios, el querer de Dios es que todos se salven y la salvación no es solo para la otra vida, es también para esta. Jesús la lleva a cabo curando, sanando. Y porque cura, aunque sea en sábado, es perseguido. San Marcos en 3,6 nos dice: “los fariseos y los herodianos se confabularon para ver cómo acabar con él”.

Cabría decir también algo de resto de ellas. Y se podría pensar que las bienaventuranzas son el resumen, el compendio de la vida consecuente de Jesús. El fue consecuente entre lo que predicó y vivió. Tomémoslo como queramos, lo importante es que Jesús fue feliz viviendo él mismo las bienaventuranzas y nos invita a nosotros a ser consecuentes entre lo que decimos y vivimos y a saber que “cada jornada nuestra es seguro que se nos presentará alguna ocasión de ponerlas en práctica”.    


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Homilía Domingo 23 de Enero 2011 – 3º Dom. T.O.

HOMILIA domingo 3º t.o. 

El evangelio que acabamos de proclamar es como el prólogo y un resumen de toda la vida y predicación de Jesús. En el texto encontramos las líneas maestras del resto del evangelio: anuncio, invitación y núcleo de la predicación de Jesús.

Podemos decir que Jesús no pierde el tiempo en anuncios superfluos. Va directamente al grano. Sus primeras palabras son “convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”. La invitación de Jesús a la conversión no es solo una llamada a la conversión del corazón. Es una invitación a un cambio radical en la vida y en los criterios que la rigen.

Para la gente del tiempo de Jesús la conversión era una vuelta al cumplimiento de la ley. Jesús va más allá. No es solo ni principalmente vuelta a la ley, sino cambio de esquemas de pensamiento y de vida. San Mateo recoge ese cambio de pensamiento y de vida en los capítulos 5, 6 y 7 de su evangelio que iremos escuchando los próximos domingos.

Para convertirse no se trata de cumplir la ley. Se trata de amar al prójimo, de cuidar al prójimo, de hacer de la vida un auténtico regalo de Dios para todos. La ley se queda solo en eso, en ley. Jesús va más lejos y dice que la persona y la vida están por encima de la ley. La conversión que predica Jesús ayuda a instaurar el reino de Dios. Instaurar el reino de Dios es lo mismo que decir que Dios está en el corazón del hombre y que guía su caminar, y que el hombre se preocupa por su hermano el hombre construyendo un mundo donde se pueda vivir dignamente.

Para anunciar el reino de los cielos, o reino de Dios, Jesús no se basta solo. Invita a otros a seguirle y por eso llama a personas a continuar el anuncio de conversión y a trabajar por la llegada de su reino. Jesús llamó a personas de su tiempo. Hoy nos llama a nosotros a continuar su tarea. Ser pescador de hombres no es ir a la caza y captura de otros. Es invitación a tener los mismos sentimientos de Jesús de ponerse los unos al servicio de los otros realizando así el plan que Dios tiene para todo hombre: la salvación llevada a cabo por su Hijo Jesús.

Finalmente san Mateo nos informa sobre qué hace y qué dice Jesús. El núcleo de la predicación de Jesús está en su enseñanza, “que no es como la de los fariseos, sino con autoridad”. Y la autoridad de Jesús está en su misma vida, en su entrega a los demás, en su rechazo de la hipocresía, en poner a la persona por encima de todo, en actuar guiado por el Espíritu de Dios.  El otro núcleo de su predicación está en la curación de enfermedades. Uno de los signos de la presencia del reino de Dios en el mundo es la acción de curar, de sanar que realiza Jesús y que nos cuentan los evangelistas.

Repito lo que decía al principio: este texto es como el prólogo y el resumen de la vida y predicación de Jesús. Anuncia el reino y para ello hay que convertirse plenamente, llama a seguirle para anunciar el reino y su anuncio se manifiesta en su enseñanza y en sus gestos.   


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Homilía Chaminade

HOMILIA Beato Chaminade.

Ayer en diversos puntos de la geografía nacional y mundial se inauguraba el “año Chaminade”. Se quiere celebrar a lo largo de este año 2011 el 250 aniversario del nacimiento del Beato Guillermo José Chaminade, fundador de la familia marianista y por ello de los Marianistas.

Uno de los lemas que le gustaba repetir a nuestro fundador era: “todos sois misioneros”. Posiblemente sabéis que estuvo unos años desterrado en Zaragoza y que todos los días iba al Pilar a rezar delante de la imagen de la Virgen. Cuando regresó a Francia, volvió de nuevo a Burdeos, ciudad en la que vivió y predicó el evangelio antes del destierro. Comprendió que Francia se había convertido en un país de misión, pues la fe y la iglesia habían sido también desterradas de la vida de muchos franceses.

Su tarea como sacerdote fue la de trabajar por extender la fe. Consideró esta tarea como su principal misión. Y contagió esta misión a los jóvenes y no tan jóvenes que cada domingo le escuchaban predicar el evangelio. Cuando un grupo de jóvenes se puso a su disposición les inculcó este lema: “todos sois misioneros”.

El lema elegido para este año es el de “Chaminade, misionero en un mundo nuevo”. Es un lema que quisiera extenderlo a todos nosotros, los que vivimos y celebramos la fe aquí en Santa María del Pilar y unirlo a lo que Jesús nos dice en el evangelio de hoy.

Jesús nos llama a seguirle para anunciar la Buena Noticia de su venida y la cercanía del Reino de Dios.  Seguir a Jesús es convertirnos es testigos suyos con una misión, que es convertirnos en misioneros del evangelio. No pensemos que es hacer algo extraño y raro, no. Como cristianos estamos llamados a vivir y predicar el evangelio en el mundo nuestro, esta es nuestra misión y la que nos convierte en misioneros.

Este mundo nuestro es un mundo nuevo. Todos somos conscientes de cómo ha cambiado la sociedad en los últimos años. Anunciar hoy a Jesucristo no podemos hacerlo como hace diez, quince o veinte años. El mensaje es el mismo, la manera de transmitirlo no. “A vino nuevo, odres nuevos” es otra de las frases que le gustaba al P. Chaminade. El vino nuevo es siempre Jesucristo, los odres nuevos los tenemos que ir llenando nosotros con nuestro testimonio.

Jesucristo es la imagen del Padre, es el testigo del Padre, es el misionero del Padre. El P. Chaminade continuó esta misión de Jesús de mostrar a Dios y de mostrarlo como Jesús nos lo ha enseñado. “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. El P. Chaminade se dejó llenar de Jesús, el hijo de María, para predicarlo, para convertirse en misionero de su mundo y de su tiempo. Misionero en tiempos difíciles pero tiempos nuevos para Francia.

Nosotros también estamos invitados a ser misioneros en nuestro mundo, un mundo nuevo cada vez más alejado de Dios y por ello del hombre. Nosotros continuamos la misión de Jesús, la misión del P. Chaminade en nuestro tiempo y nuestro mundo, sabiendo que nuestro mundo está en constante cambio, pero que necesita oír la palabra de Dios, que necesita oír hablar de Dios y necesita de personas que seamos testigos de Jesús, que seamos misioneros en un mundo nuevo a ejemplo del P. Chaminade.


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Homilía Domingo 16 Enero 2011 – 2º Dom. T.O.

HOMILÍA  “2º domingo t.o. Ciclo A.

Los pueblos suelen tener tradiciones que reciben guardan, respetan y viven. Y si se trata de tradiciones arraigadas las viven desde los más pequeños a los mayores. Esas tradiciones forman parte de la vida de las personas y las transmiten de padres a hijos.

En la iglesia también tenemos tradiciones. Unas son locales y otras universales. Las locales van unidas a las tradiciones populares. Las universales nos vienen del mismo Jesús o de la iglesia primitiva que ya las vivía y que las fue transmitiendo allí donde los apóstoles y sus sucesores fueron predicando el evangelio.  Hay tres de ellas que constituyen el fundamento de nuestra fe y son: el bautismo, la eucaristía y la muerte y resurrección de Jesús. 

Tarea de la iglesia y de los que la formamos es guardar, respetar, vivir y entregar a otros estas tradiciones que son el fundamento de nuestra fe. La palabra latina ”traditio” lleva en sí los dos significados: recibir y entregar. Nosotros, cristianos del siglo XXI, hemos recibido los fundamentos de nuestra fe y nos toca entregarlos a generaciones futuras.

¿Por qué digo todo esto? Por lo que nos dice Juan el Bautista al final del evangelio de hoy: “Y yo lo he visto y he dado testimonio”. Su misión no fue solamente bautizar a Jesús en el Jordán. Su misión principal fue la de convertirse en testigo y proclamar, como él mismo dice, lo que había visto. Había visto posarse sobre Jesús el Espíritu Santo. Y porque vio ese gesto de Dios, lo proclama, se convierte en testigo.

Juan Bautista es el primero que inicia la tradición más extraordinaria para todos nosotros. Posiblemente muchos otros también lo vieron, pero él se convierte en el primer testigo de una tradición que llega hasta nosotros y por la cual él dio su vida. “Conviene que Jesús crezca y yo mengüe” nos dice el mismo Bautista. El se da cuenta que su vida y su acción pasan a segundo término, pues ha aparecido ya el Mesías de Dios. La tradición se ha iniciado ya con su testimonio. A partir de ese momento muchos siguen a Jesús y dejan de seguir a Juan Bautista.

Nosotros, por nuestra parte, tenemos que ser conscientes que hemos recibido esa tradición que viene de Juan Bautista. Nosotros también podemos decir que hemos visto a Jesús. Cada cual tendrá que pensar, primero: ¿cuándo he visto a Jesús? Y segundo ¿cómo transmito a Jesús?

Es verdad que hemos recibido los fundamentos de la fe: bautismo, eucaristía y muerte y resurrección de Jesús. Cabe preguntarse: ¿los vivimos? ¿los guardamos en nuestro corazón? ¿los entregamos a los demás? Juan Bautista no se contentó que decir que lo había visto. Pasó a dar testimonio, según nos dice el evangelio de hoy. Nosotros los hemos recibido, seguro que los guardamos en el corazón, seguro que los vivimos, pero nos cuesta transmitirlo.

Convirtámonos en apóstoles, es decir en testigos con la palabra y la vida de lo que hemos visto, de lo que hemos recibido y de lo que vivimos, sabiendo que nos toca entregarlo a otros. Así continuaremos la tradición que hoy comienza con Juan Bautista.