Salmo 50. Viene bien para este tiempo de Cuaresma.
L Misericordia, Dios mío (c£ Sal 50)
Tú, Señor, que eres amor,
¡misericordia!;
mírame compasivo,
¡misericordia!;
alíviame del peso que me oprime
y limpia todo mi barro,
¡misericordia!
Báñame en el océano inmenso de tu gracia,
bautízame en el agua y la sangre de Jesucristo,
porque mis raíces están viciadas.
El mal ha penetrado en mis neuronas,
¡misericordia!
Es una gracia, ya lo sé,
que reconozca mi verdad; ;
si la gente me conociera bien,
se taparían los ojos desilusionados.
Pero tú, Señor, me conoces hasta el fondo,
mejor que yo mismo y que mis padres;
conoces mis entrañas y lees de corrido el subconsciente.
No te separes de mí,
no me arrojes lejos de tu rostro,
alienta en mí tu santo espíritu,
y volveré a nacer; hazme de nuevo, Señor, un vaso nuevo para ti,
dime una palabra de amor y de perdón
y exultaré de gozo, alegría de salvación.
Necesito cambiar de raíz la estructura
de mi personalidad;
necesito un trasplante de corazón,
dame un corazón nuevo, un corazón de niño,
un corazón sensible y generoso,
un corazón como el tuyo, misericordioso;
aprenderé a mirar con ojos nuevos
las cosas, las personas, los acontecimientos;
aprenderé a amar, ¡qué alegría!;
viviré en amor, para servir,
para alabarte, en constante acción de gracias,
porque tú prefieres la misericordia
a todas las ofrendas y sacrificios.
