Parroquia Santa María del Pilar Marianistas

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Lecturas de la misa – domingo 25 Marzo 2011 – dom. 5º Cuaresma cicloB

Jr 31,31-34: “Haré una alianza nueva y no recordaré sus pecados”

«Miren ustedes que llegan días —oráculo del Señor— en que haré con la descendencia de Israel y de Judá una alianza nueva.

No como la alianza que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto: ellos quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor —oráculo del Señor—.

Sino que así será la alianza que haré con ellos, después de aquellos días —oráculo del Señor—:

Pondré mi ley dentro de ellos, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.

Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: “Reconoce al Señor”.

Porque todos me conocerán, desde el pequeño al grande —oráculo del Señor—, cuando perdone sus crímenes y no recuerde sus pecados».

Sal 50,3-4.12-15: “¡Oh Dios, crea en mí un corazón puro!”

Heb 5,7-9: “Aprendió a obedecer y se ha convertido en autor de salvación eterna”

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y suplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado.

Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

Jn 12,20-33: “Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto”

En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban:

—«Señor, quisiéramos ver a Jesús».

Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó:

—«Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre.

Les aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se desprecia a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga; y donde esté yo, allí también estará mi servidor. A quien me sirva, el Padre lo premiará.

Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre glorifica tu nombre».

Entonces vino una voz del cielo:

—«Lo he glorificado y volveré a glorificarlo».

La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.

Jesús tomó la palabra y dijo:

—«Esta voz no ha venido por mí, sino por ustedes. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí».

Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

 


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Homilia domingo 4º de Cuaresma. 18 de marzo de 2012

De Dios solemos decir muchas cosas, intentamos definirle, aunque toda definición que hagamos de El siempre se quedará corta. En la 1ª carta de san Juan se le define como “Dios es amor” (1Jn 4,8.16). Al definirlo así estamos diciendo lo que Dios es para sí. Y no puede ser otra cosa que amor, porque Dios no es un ser solitario, sino que se nos muestra como Padre, Hijo y Espíritu y entre ellos la relación que existe es la del amor.

Ese amor se extiende a todos nosotros. Y la carta a los Efesios nos dice que Dios es “rico en misericordia”. Es el título de una encíclica de Juan Pablo II. Este Dios rico en misericordia lo es respecto de cada uno de nosotros. Es, si queréis, la manera de definirse Dios respecto de sus criaturas. La palabra misericordia incluye la palabra latina “cor-cordis”, corazón. Por ello decimos que Dios es rico de corazón, o bien, Dios tiene un gran corazón.

Y hoy la segunda lectura y el evangelio nos hablan del amor de Dios a nosotros: “por el gran amor con que nos amó”, dice la carta a los Efesios. Y “tanto amó Dios al mundo”, nos dice Jesús en el evangelio. El amor de Dios es pura gratuidad, es puro regalo, es algo que deberíamos interiorizar más que con la inteligencia, con el corazón. Y su amor al ser gratuito no pide nada a cambio.

Ese amor no nos lo ha manifestado con grandes signos o manifestaciones, no. Nos lo ha demostrado y manifestado enviándonos al Hijo. Y el Hijo se ha hecho uno de nosotros, ha tomado nuestra carne para de esa manera poder revelarnos mejor quién es el Padre y cómo es su amor por nosotros.

Las expresiones: “nos ha hecho vivir con Cristo”, “nos ha creado en Cristo Jesús” de la carta a los Efesios, las podemos unir a las de evangelio: “Dios entregó a su Hijo para que tengamos vida eterna”, “Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve por él”

Cuando se ama a una persona, como Dios nos ama, solo se quiere el bien para la persona amada, solo se busca lo mejor para ella, respetando su libertad. El verdadero amor respeta, deja a la otra persona ser ella misma. El verdadero amor une y ayuda sin exigir nada a cambio. Dios nos ama por pura gratuidad.

Dios rico en misericordia ha hecho y sigue haciendo todo lo que puede para manifestar su amor al mundo y a las personas.  Dios no hace las cosas por interés, las realiza por puro amor. Por puro amor nos hace vivir con Cristo, por puro amor nos entrega al Hijo, por puro amor nos salva, por puro amor nos resucita con Cristo y nos sienta con él en el cielo. ¿Se puede pedir más?

A nosotros nos queda vivir ese amor de Dios respondiendo con la fe en El. Dice un autor: “¿qué diferencia hay entre amor y fe? ¿Amar a alguien no es creer en él?” (A. Gesché. El hombre). A nivel humano, cuando amamos a alguien creemos en él. Lo mismo ocurre con Dios: Dios nos ama y cree en nosotros. O bien, Dios cree en nosotros y nos ama. Nosotros amamos a Dios y creemos en Él. O bien, nosotros creemos en Dios y le amamos. Amemos a este Dios rico en misericordia que nos amó hasta el extremo de enviar a su Hijo para salvarnos. Como dice el refrán: “amor con amor se paga”.