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Homilía domingo 24 de Enero 2010

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Homilía tercer domingo del tiempo ordinario. Ciclo C. 24-1-10

 “Lo que cada uno ha recibido que lo ponga al servicio de los demás” os decía el domingo pasado comentando la Carta a los Corintios. Hoy continuamos leyendo esta carta y, San Pablo insiste en la misma idea pero usando la comparación del cuerpo: el cuerpo es uno con muchos y variados miembros que desarrollan una función específica siendo todos valiosos.

Él lo aplica a la iglesia. La iglesia es un cuerpo con muchos miembros donde cada uno tenemos algo que hacer para el bien común. Ninguno de nosotros puede decir como el en caso del cuerpo “no necesito a los demás”. Ninguno por sí solo tiene razón de ser. Ninguno puede funcionar aislado. Todos los miembros son necesarios. Incluso los que san Pablo llama “despreciables o menos decentes”. Creo que en el cuerpo que Dios ha creado nada hay despreciable ni menos decente. “Y vio Dios que era bueno” leemos en el Génesis.  Lo mismo en la iglesia. Todos somos necesarios e importantes. Es más, nadie es despreciable ni menos decente. Pensemos en las diferencias que a menudo se han hecho en la iglesia entre las personas y que aún hoy se hacen por parte de algunos grupos religiosos donde parece que ellos son los importantes y los demás “de segunda categoría”. Recordad la frase: para Dios cada uno de nosotros es único.

 Al igual que en el cuerpo cada miembro desarrolla una función, en la iglesia cada uno desarrollamos, o, tendríamos que desarrollar nuestra función, que el domingo pasado san Pablo llamaba: dones, ministerios y funciones. Lo importante es que seamos conscientes que todos “somos el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro” que debe actuar para el bien de los demás.  

San Pablo establece unas categorías para poner orden en la iglesia de Corinto. Siempre tiene que quedar bien claro que esas categorías están para el bien común y no para el bien personal o para subir peldaños. Recordemos las palabras de Jesús a los discípulos: “el que quiera ser el primero que sea el servidor de todos”. Nos lo tendríamos que recordar a menudo los unos a los otros. Seguro que la iglesia tendría más credibilidad ante los no creyentes.

Unamos esto de miembros del cuerpo de Cristo a lo que leemos en el evangelio que se Jesús se aplica a sí mismo: al igual que Cristo, nosotros por estar bautizados, por estar ungidos, somos enviados para anunciar la libertad. Y yo añadiría: “¡cuánto nos cuesta creer en la libertad que nos ha otorgado Jesús y cuánto nos cuesta vivirla y anunciarla a los demás”!

Jesús no ha sido enviado sólo para anunciar la libertad, sino para vivirla él, en primer lugar, y para hacer que los que queremos seguirle la anunciemos y la vivamos como El la vivió. Esa libertad es para hacer el bien, para obrar el bien, y para obrarlo para el bien común.

 Ojalá que así sea.

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Autor: Lucio Bezana

Lucio Bezana, sm Párroco de Santa María del Pilar Marianistas - Madrid c/Reyes Magos, 3 28009 - MADRID

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