En la vida ordinaria se nos presentan situaciones donde tenemos que elegir. Sabemos, imagino que por experiencia personal, que elegir no siempre resulta fácil. Al elegir entran en juego dudas, deseos, ganas de conseguir algo, buscar los medios para que esa elección sea la mejor y más adecuada. Y otra condición que se da es que al tener que elegir, arriesgamos.
En la situación actual sobre todo en asuntos económicos y sociales se desaconseja correr riesgos. Debido a esta situación actual nos estamos volviendo conservadores. Por eso, creo, que dejando aparte los momentos difíciles que estamos viviendo, se puede dividir a las personas en dos grupos: los que no arriesgan y los que arriesgan.
Entre los que no arriesgan los hay que dicen: “yo voy a lo seguro y no arriesgo”, y otros no arriesgan por un simple pasotismo. Estos últimos, los pasotas, no arriesgan porque les da igual todo. Viven cómodamente en su postura y no quieren que nadie les moleste con palabras como compromiso, solidaridad, preocupación por los demás.
Los que dicen “yo voy a lo seguro” se parecen al empleado que recibió un talento de plata y lo escondió. Estos piensan: yo no arriesgo, prefiero quedarme como estoy que es más seguro. Eso de no arriesgar se da también en la vivencia de fe y del evangelio. Los que no arriesgan su fe y su compromiso con el evangelio suele ser porque pasan de todo esto, o porque les da miedo salir de su conformismo y van a lo seguro.
Ir a lo seguro es decir: “yo prefiero quedarme con lo que aprendí de pequeño y que no me molesten con cosas nuevas o que no me hagan pensar”. Estas personas han enterrado su fe porque no quieren correr riesgos, porque no quieren plantearse que la fe que deberían vivir hoy no es como la fe que vivieron de pequeños, o de jóvenes. Hoy se pide a todo cristiano “alimentar” su fe. Y para alimentarla hay que desenterrarla, hay que dejar atrás tiempos pasados. Para vivir la fe hoy hay que formarse, que leer, que rezar, hay, en definitiva, que arriesgar. No vale eso de refugiarse en otros tiempos.
Y los hay que arriesgan su vida y su fe. Se parecen a esos dos empleados que hacen fructificar los talentos recibidos. Los talentos recibidos, es decir, la vida y la fe, se pueden hacer fructificar en todo momento. No es cuestión de edades, de situaciones personales. La fe es un riesgo que vivimos a lo largo de nuestra vida de creyentes. El compromiso es también un riesgo que aceptan muchas personas. Y lo asumen por su fe en Dios, en un Dios que por medio de su Hijo Jesús se comprometió con nosotros, a vivir la misma vida nuestra. Como dice la carta a los Filipenses: “Jesús se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos” Ese pasar por uno de tantos fue el riesgo de Jesús de parecerse a nosotros y correr los mismo riesgos que corremos nosotros.
La vida de Jesús fue un puro riesgo en favor de los demás. Ese riesgo lo corrió por su unión con el Padre, aceptando su voluntad, por pasar haciendo el bien, curando toda enfermedad y echando en cara a las autoridades religiosas los pesados fardos que echaban sobre los hombros de la gente, no siendo ellos capaces de mover un dedo. El riesgo de Jesús fue denunciar la injusticia, predicar la verdad, enseñar un camino que lleva al Padre y que libera a todo hombre que sigue sus huellas. El riesgo de Jesús acabó, no con la derrota dela Cruz, sino con la victoria dela Resurrección.Elriesgo de Jesús es también nuestro riesgo de vivir y de actuar como El vivió y actuó.
