Parroquia Santa María del Pilar Marianistas

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Homilía Domingo 8 de Mayo 2011 – Dom. 3º Pascua

HOMILIA domingo 3º de Pascua

Cuando se explica la Eucaristía a los niños y adultos se les dice que consta de dos partes: liturgia de la palabra y liturgia del sacramento. Esto dicho así, con esa palabra de liturgia, puede sonar un poco extraño. Yo prefiero decir celebración de la palabra y celebración del sacramento. Porque la Eucaristía debería ser eso: celebración.

Celebramos la Palabra de Dios proclamándola, escuchándola, dando gracias por esa palabra que El nos ha dejado por medio de hombres y sobre todo llevándola a la vida. Y celebramos el sacramento de la Eucaristía recibiendo el Cuerpo de Jesús que nos une en un solo cuerpo. Tan importante es escuchar la Palabra de Dios como recibir su Cuerpo.

El evangelio de hoy, en una parte, nos muestra la celebración de la Eucaristía de Jesús con dos discípulos. Uno de ellos se llama Cleofás. Del otro no se dice su nombre porque podemos ser cada uno de nosotros.

Cuando venimos a celebrar, repito a celebrar, la Eucaristía dominical cada uno de nosotros viene con su vida, es decir, con sus alegrías, esperanzas, ilusiones, recuerdos gratos, pero también trae sus penas, tristezas, achaques, momentos difíciles… Venimos a celebrar trayendo lo que somos y hacemos, lo que queremos hacer y lo que nos cuesta hacer. Nos parecemos a los dos discípulos que vuelven a su aldea tristes porque sus esperanzas no se han cumplido. Dicen: “ya ves…nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel”. “algunos…vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles”. Ellos llevan a esa celebración que van a tener con el Señor, al que no reconocen, sus tristezas, su falta de esperanza y de ánimo. Algo parecido nos puede pasar a veces a nosotros.

Sin embargo, Jesús toma la iniciativa y tiene con ellos la doble celebración: les habla de todo lo que se refería a él en la Escritura, celebración de la palabra.  Después Jesús toma el pan, como en la última Cena, lo parte y se lo da, celebración de su Cuerpo entregado. Aquí los discípulos caen cuenta que quien está con ellos, que quien les ha hablado al corazón y ha partido el pan es el mismo Jesús que ellos conocieron en la última Cena.

Para ellos todo cambia.  Jesús les infunde esperanza, ánimo, confianza en El.

Nosotros proclamamos la Palabra de Dios centrándola en Jesucristo, su vida, su mensaje, en definitiva, en su misterio de amor por nosotros. Partimos el pan, que es su Cuerpo entregado. Dos preguntas: ¿le reconocemos en la Eucaristía? ¿Cambia algo nuestra vida? Estos discípulos se convierten en testigos de Jesús y lo anuncian alegres a los demás. Si de verdad Jesús, la eucaristía, significa algo para nosotros, nos debería pasar como a esos dos discípulos: tendríamos que convertirnos en testigos de Cristo Resucitado, tendríamos que ser capaces, con nuestra palabra y nuestra vida, de decir a los demas: «Era verdad, ha resucitado el Señor». Tendríamos que salir de aquí con esperanza, ánimo, y confianza en Jesús.

La Eucaristía es para nosotros un encuentro con Jesús por medio de su palabra y de su cuerpo y ¡ojalá!cambie algo nuestra vida y nos infunda siempre confianza en él.


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Lecturas misa – 8 de Mayo 2011 – 3º domingo de Pascua

Lecturas de la liturgia

  • Primera Lectura: Hechos 2, 14.22-33
    «No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio»El día de Pentecostés, se presentó Pedro con los Once, levantó la voz y dijo:
    «Escúchenme israelitas: Les hablo de Jesús de Nazaret, el hombre que Dios acreditó ante ustedes mediante los milagros, prodigiosos y señales que ustedes bien conocen. Conforme al plan previsto y sancionado por Dios, Jesús fue entregado, y ustedes por medio de los paganos lo clavaron en la cruz. Pero Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio, pues David dice refiriéndose a él:
    Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, goza mi lengua y mi carne descansa esperanzada. Porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me has enseñado el camino de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia”.
    Hermanos, permítanme hablarles con toda claridad: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro se conserva entre nosotros hasta el día de hoy. Pero, como era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento que un descendiente suyo ocuparía su trono, con visión profética habló de la resurrección de Cristo, el cual no fue abandonado a la muerte ni sufrió la corrupción.
    Pues bien, a este Jesús Dios lo resucitó, y de ello nosotros somos testigos. Llevado a los cielos por el poder de Dios, recibió del Padre el Espíritu Santo prometido, y ahora lo ha comunicado, como lo están viendo y oyendo».
  • Salmo Responsorial: 15
    «Señor, enséñanos el camino de la vida. Aleluya.»Protégeme, Dios mío, pues eres mi refugio. Yo siempre he dicho que tú eres mi Señor. El Señor es la parte que me ha tocado en herencia: mi vida está en sus manos.
    R. Señor, enséñanos el camino de la vida. Aleluya.

    Bendeciré al Señor que me aconseja; hasta de noche me instruye internamente.Tengo siempre presente al Señor, con él a mi lado jamás tropezaré.
    R. Señor, enséñanos el camino de la vida. Aleluya

    Por eso se me alegran el corazón y el alma y mi cuerpo vive tranquilo: porque tú no me abandonarás a la muerte, ni dejarás que sufra la corrupción.
    R. Señor, enséñanos el camino de la vida. Aleluya.

    Enséñame el camino de la vida, sáciame de gozo en tu presencia, de alegría perpetua junto a ti.
    R. Señor, enséñanos el camino de la vida. Aleluya.

  • Segunda Lectura: I Pedro 1, 17-21
    «Ustedes han sido rescatados con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha»Hermanos: Si ustedes llaman Padre a Dios, que juzga imparcialmente a cada uno, según sus obras, vivan siempre con temor filial durante su peregrinar por la tierra.
    Bien saben que de su estéril manera de vivir, heredada de sus padres, los ha rescatado Dios: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha, al cual Dios había elegido antes de la creación del mundo, y por amor a ustedes lo ha manifestado en estos tiempos.
    Por Cristo, ustedes creen en Dios, quien lo resucitó de entre los muertos y lo llenó de gloria. De esta forma, su fe y su esperanza están puestas en Dios.
  • Evangelio: Lucas 24, 13-35
    «Lo reconocieron al partir el pan»El mismo día de la resurrección, iban dos discípulos a un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús se acercó y comenzó a caminar con ellos. Pero sus ojos estaban velados y no lo reconocieron. El les preguntó:
    «¿De qué vienen hablando por el camino?»
    Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió:
    «¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?» El les preguntó:
    «¿Qué ha pasado?»
    Ellos le respondieron:
    «Lo de Jesús el Nazareno, que fue profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y todo el pueblo; cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel.Y ya ves, hace tres días que sucedió esto.
    Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y vinieron contando que habían visto unos ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres; pero a El no le vieron».
    Entonces Jesús les dijo:
    «¡Qué insensatos y duros de corazón son para creer lo anunciado por los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?»
    Y comenzando por Moisés y siguiendo con los profetas les explicó los pasajes de la Escritura que se referían a él.
    Ya cerca del pueblo donde iban él hizo ademán de seguir adelante, pero ellos le insistieron diciendo:
    «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto oscurecerá».
    Y entró para quedarse con ellos. Sentados a la mesa, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
    Ellos comentaron:
    «¡Con razón nuestro corazón ardía mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!»
    Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
    «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
    Entonces ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.


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Homilia domingo 3º Pascua. 1º de mayo 2011

Jesús dice a los discípulos: “donde dos ó más están reunidos en mi nombre, estoy yo en medio de ellos”. Nosotros nos reunimos todos los domingos para celebrarla Eucaristía.  Tendríamos que preguntarnos, ¿sentimos la presencia de Jesús en medio de nosotros?  

Hoy Jesús nos invita a reconocer su presencia en medio de nosotros. En las lecturas tenemos los dos extremos. En el evangelio los discípulos están reunidos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. En la primera lectura “los hermanos” no tenían miedo, “eran constantes en escuchar a los apóstoles, en la vida en común, en la fracción del pan y en las oraciones”. Dos realidades bien distintas y que reflejan lo que los cristianos vivimos a lo largo y ancho del mundo. En unos países los cristianos sufren persecución a causa de su fe, en otros pueden vivir su fe libremente. En las dos situaciones Jesús se hace presente en medio de ellos.

En el evangelio, en primer lugar, Jesús nos transmite un deseo: “paz a vosotros”. Este deseo es también una vivencia personal suya. La paz que él transmite es fruto y resumen de su mensaje. La paz que él desea es la paz de Dios Padre. Esa paz es más que la mera armonía del mundo, hombre y naturaleza. Es la paz que brota del corazón obediente a la voluntad del Padre. Jesús vivió esa paz por su obediencia filial. Pero esa paz le llevaba a denunciar las falsas paces que construimos los hombres y que basamos en el dominio de unos sobre otros.

La voluntad de Dios se centra en el respeto a la vida, al hombre, a la dignidad que El mismo ha conferido al hombre. Se centra en la no explotación de nadie, en la confianza mutua sin recelos, en el no engaño. La paz verdadera se dará cuando el hombre sea capaz de adorar a Dios en espíritu y verdad, sin tener más reglas que el amor.

En segundo lugar hay una transmisión de un poder. Pero no de un poder para oprimir sino para liberar, para perdonar. Jesús exhala su aliento, al igual que hizo enla Cruz, para entregar a los discípulos ese poder, recibido del Padre y que es servicio de perdonar. El poder de perdonar se ha recibido gratis, hay que darlo gratis. Al ser un poder que libera, hay que usarlo para liberar. Cuando Jesús perdonaba, liberaba a la persona de la opresión, de la enfermedad. Cuando nosotros perdonamos en nombre de Jesús seguimos su ejemplo de liberar, de curar, de devolver la dignidad. Así también se construye la paz que él nos trajo.

Y en tercer lugar ante el deseo de paz y la transmisión del poder de perdonar se nos pide la fe. “Señor mío y Dios mío” dice Tomás. Este acto de fe en Jesús debería ser un acto personal de cada uno de nosotros. Fe en el Señor de la paz y en el Señor que nos da poder de perdonar. Estas tres realidades: paz, perdón y fe son tres columnas de la iglesia primitiva y ¡ojalá! lo sean de nuestra iglesia actual. La paz y el perdón son encargos del Señor a quienes quieren seguirle. La fe es la respuesta a la puesta en práctica de la paz y del perdón. Que nuestra comunidad parroquial viva y trabaje por la paz, sea portadora y elemento de perdón y manifieste su fe en nuestro mundo actual.