Parroquia Santa María del Pilar Marianistas

La vida de nuestra comunidad cristiana en la red


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Horarios Semana Santa

PARROQUIA SANTA MARIA DEL PILAR

 

SEMANA SANTA

 

Domingo 1712.15h Bendición y procesión con Ramos

 

Días 18 – 19 y 20: Horario de misas: 13.15 y 20.00h

                       (se suprime la misa de 8.00)

Jueves 21:      13.00h confesiones

                       19.00h Celebración de la cena del Señor

                       22.00h Hora santa

Viernes 22:    13.00h Celebración de la Pasión

                                  del Señor

                       19.00h Via Crucis

Sábado 23:    22.00h Celebración de la VIGILIA            

                                   PASCUAL

Domingo 24: PASCUA DE RESURRECCIÓN

Horario de misas:  11.30h – 12.30h – 13.30h – 20.00h

                      (se suprime la misa de 9.00h)


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Lecturas misa Domingo 17 de Abril 2010 – Domingo de Ramos

Lecturas de la liturgia

  • Primera Lectura: Isaías 50, 4-7
    «No oculté el rostro a insultos, y sé que no quedaré avergonzado»En aquel entonces, dijo Isaías:
    «El Señor me ha dado una lengua experta, para que pueda confortar al abatido con palabras de aliento. Mañana tras mañana, el Señor despierta mi oído, para que escuche yo, como discípulo. El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia ni me he echado para atrás.
    Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba. No aparté mi rostro de los insultos y salivazos.
    Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido, por eso endureció mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado».
  • Salmo Responsorial: 21
    «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» 

    Al verme se burlan de mí, hacen muecas, mueven la cabeza: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre si tanto lo quiere».
    R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

    Me acorrala una jauría de perros, me rodea una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos.
    R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

    Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.
    R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

    Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Fieles del Señor, alábenlo; linaje de Jacob, glorifíquenlo; témanlo, linaje de Israel.
    R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado

  • Segunda Lectura: Filipenses 2, 6-11
    «Cristo se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó»Hermanos: Cristo, siendo Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz.
    Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que, al nombre de Jesús, todos doblen la rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y todos reconozcan públicamente que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
  • Evangelio: Mateo 26, 14-75; 27, 1-54
    «Pasión de nuestro Señor Jesucristo» 

    A. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo:
    B. «¿Cuánto me dan si les entregó a Jesús?»
    A. Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo.
    El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron:
    B. «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
    A. El respondió:
    †. «Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: “El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa” ».
    A. Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua.
    Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce, y mientras cenaban, les dijo:
    †. «Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme».
    A. Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno:
    B. «¿Acaso soy yo, Señor?»
    A. El respondió:
    †. «El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido».
    A. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
    B. «¿Acaso soy yo, Maestro?»
    A. Jesús le respondió:
    †. «Tú lo has dicho».
    A. Durante la cena, Jesús tomó un pan, y pronunciada la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
    †. «Tomen y coman. Este es mi Cuerpo».
    A. Luego tomó en sus manos una copa de vino, y pronunciada la acción de gracias, la pasó a sus discípulos, diciendo:
    †. «Beban todos de ella, porque ésta es mi Sangre, Sangre de la nueva alianza, que será derramada por todos, para el perdón de los pecados. Les digo que ya no beberé más del fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre».
    A. Después de haber cantado el himno, salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo:
    †. «Todos ustedes se van a escandalizar de mí esta noche, porque está escrito: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero después de que yo resucite, iré delante de ustedes a Galilea».
    A. Entonces Pedro le replicó:
    B. «Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré».
    A. Jesús le dijo:
    †. «Yo te aseguro que esta misma noche, antes de que el gallo cante, me habrás negado tres veces».
    A. Pedro le replicó:
    B. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».
    A. Y lo mismo dijeron todos los discípulos.
    Entonces Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a los discípulos:
    †. «Quédense aquí mientras yo voy a orar más allá».
    A. Se llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo:
    †. «Mi alma está llena de una tristeza mortal. Quédense aquí y velen conmigo».
    A. Avanzó unos pasos más, se postró rostro en tierra y comenzó a orar, diciendo:

    †. «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».
    A. Volvió entonces a donde estaban los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
    †. «¿No han podido velar conmigo ni una hora? Velen y oren, para no caer en la tentación, porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil».
    A. Y alejándose de nuevo, se puso a orar, diciendo:
    †. «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
    A. Después volvió y encontró a sus discípulos otra vez dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño. Los dejó y se fue a orar de nuevo, por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Después de esto, volvió a donde estaban los discípulos y les dijo:
    †. «Duerman ya y descansen. He aquí que llega la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya está aquí el que me va a entregar».
    A. Todavía estaba hablando Jesús, cuando llegó Judas, uno de los Doce, seguido de una chusma numerosa con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que lo iba a entregar les había dado esta señal:
    B. «Aquel a quien yo le dé un beso, ése es. Aprehéndanlo».
    A. Al instante se acercó a Jesús y le dijo:
    B. «¡Buenas noches, Maestro!»
    A. Y lo besó. Jesús le dijo:
    †. «Amigo, ¿es esto a lo que has venido?»
    A. Entonces se acercaron a Jesús, le echaron mano y lo apresaron.
    Uno de los que estaban con Jesús, sacó la espada, hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó una oreja. Le dijo entonces Jesús:
    †. «Vuelve la espada a su lugar, pues quien usa la espada, a espada morirá. ¿No crees que si yo se lo pidiera a mi Padre, él pondría ahora mismo a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Pero, ¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras, que dicen que así debe suceder?»
    A. Enseguida dijo Jesús a aquella chusma:
    †. «¿Han salido ustedes a apresarme como a un bandido, con espadas y palos? Todos los días yo enseñaba, sentado en el templo, y no me aprehendieron. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las predicciones de los profetas».
    A. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
    Los que aprehendieron a Jesús lo llevaron a la casa del sumo sacerdote Caifás, donde los escribas y los ancianos estaban reunidos. Pedro los fue siguiendo de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote. Entró y se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello.
    Los sumos sacerdotes y todo el sanedrín andaban buscando un falso testimonio contra Jesús, con ánimo de darle muerte; pero no lo encontraron, aunque se presentaron muchos testigos falsos. Al fin llegaron dos, que dijeron:
    B. «Este dijo: “Puedo derribar el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”».
    A. Entonces el sumo sacerdote se levantó y le dijo:
    B. «¿No respondes nada a lo que éstos atestiguan en contra tuya?»
    A. Como Jesús callaba, el sumo sacerdote le dijo:
    B. «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».
    A. Jesús le respondió:
    †. «Tú lo has dicho. Además, yo les declaro que pronto verán al Hijo del hombre, sentado a la derecha de Dios, venir sobre las nubes del cielo».
    A. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó:
    B. «¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?»
    A. Ellos respondieron:
    B. «Es reo de muerte».
    A. Luego comenzaron a escupirle en la cara y a darle de bofetadas. Otros lo golpeaban, diciendo:
    B. «Adivina quién es el que te ha pegado».
    A. Entretanto, Pedro estaba fuera, sentado en el patio. Una criada se le acercó y le dijo:
    B. «Tú también estabas con Jesús, el galileo».
    A. Pero él lo negó ante todos, diciendo:
    B. «No sé de qué me estás hablando».
    A. Ya se iba hacia el zaguán, cuando lo vio otra criada y dijo a los que estaban allí:
    B. «También ése andaba con Jesús, el nazareno».
    A. El de nuevo lo negó con juramento:
    B. «No conozco a ese hombre».
    A. Poco después se acercaron a Pedro los que estaban allí y le dijeron:
    B. «No cabe duda de que tú también eres de ellos, pues hasta tu modo de hablar te delata».
    A. Entonces él comenzó a echar maldiciones y a jurar que no conocía a aquel hombre. Y en aquel momento cantó el gallo. Entonces se acordó Pedro de que Jesús había dicho: “Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces”. Y saliendo de allí se soltó a llorar amargamente.
    Llegada la mañana, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra Jesús para darle muerte. Después de atarlo, lo llevaron ante el procurador, Poncio Pilato, y se lo entregaron.
    Entonces Judas, el que lo había entregado, viendo que Jesús había sido condenado a muerte, devolvió arrepentido las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo:
    B. «Pequé, entregando la sangre de un inocente».
    A. Ellos dijeron:
    B. «¿Y a nosotros qué nos importa? Allá tú».
    A. Entonces Judas arrojó las monedas de plata en el templo, se fue y se ahorcó.
    Los sumos sacerdotes tomaron las monedas de plata y dijeron:
    B. «No es lícito juntarlas con el dinero de las limosnas, porque son precio de sangre».
    A. Después de deliberar, compraron con ellas el Campo del alfarero, para sepultar allí a los extranjeros. Por eso aquel campo se llama hasta el día de hoy «Campo de sangre”. Así se cumplió lo que dijo el profeta Jeremías: “Tomaron las treinta monedas de plata en que fue tasado aquel a quien pusieron precio algunos hijos de Israel, y las dieron por el Campo del alfarero, según lo que me ordenó el Señor”.
    Jesús compareció ante el procurador, Poncio Pilato, quien le preguntó:
    B. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
    A. Jesús respondió:
    †. «Tú lo has dicho».
    A. Pero nada respondió a las acusaciones que le hacían los sumos sacerdotes y los ancianos. Entonces le dijo Pilato:
    B. «¿No oyes todo lo que dicen contra ti?»
    A. Pero él nada respondió, hasta el punto de que el procurador se quedó muy extrañado. Con ocasión de la fiesta de la Pascua, el procurador solía conceder a la multitud la libertad del preso que quisieran. Tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Dijo, pues, Pilato a los allí reunidos:
    B. «¿A quién quieren que les deje en libertad: a Barrabás o a Jesús, que se dice el Mesías?»
    A. Pilato sabía que se lo habían entregado por envidia.
    Estando él sentado en el tribunal, su mujer mandó decirle:
    B. «No te metas con ese hombre justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa».
    A. Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la muchedumbre de que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Así, cuando el procurador les preguntó:
    B. «¿A cuál de los dos quieren que les suelte?».
    A. Ellos respondieron:
    B. «A Barrabás».
    A. Pilato les dijo:
    B. «¿Y qué voy a hacer con Jesús, que se dice el Mesías?»
    A. Respondieron todos:
    B. «Crucifícalo».
    A. Pilato preguntó:
    B. «Pero, ¿qué mal ha hecho?»
    A. Mas ellos seguían gritando cada vez con más fuerza:
    B. «¡Crucifícalo!»
    A. Entonces Pilato, viendo que nada conseguía y que crecía el tumulto, pidió agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo:
    B. «Yo no me hago responsable de la muerte de este hombre justo. Allá ustedes».
    A. Todo el pueblo respondió:
    B. «¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!»
    A. Entonces Pilato puso en libertad a Barrabás. En cambio a Jesús lo hizo azotar y lo entregó para que lo crucificaran.
    Los soldados del procurador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a todo el batallón. Lo desnudaron, le echaron encima un manto de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza; le pusieron una caña en su mano derecha, y arrodillándose ante él, se burlaban diciendo:
    B. «¡Viva el rey de los judíos!»
    A. Y le escupían. Luego, quitándole la caña, lo golpeaban con ella en la cabeza. Después de que se burlaron de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar. Juntamente con él crucificaron a dos ladrones.
    Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Al llegar a un lugar llamado Gólgota, es decir, “Lugar de la Calavera”, le dieron a beber a Jesús vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no lo quiso beber. Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos, echando suertes, y se quedaron sentados allí para custodiarlo. Sobre su cabeza pusieron por escrito la causa de su condena: “Este es Jesús, el rey de los judíos”. Juntamente con él, crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
    Los que pasaban por allí lo insultaban moviendo la cabeza y gritándole:
    B. «Tú, que destruyes el templo y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz».
    A. También se burlaban de él los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, diciendo:
    B. «Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo. Si es el rey de Israel, que baje de la cruz y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios, que Dios lo salve ahora, si es que de verdad lo ama, pues él ha dicho: “Soy el Hijo de Dios”».
    A. Hasta los ladrones que estaban crucificados a su lado lo injuriaban.
    Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, se oscureció toda aquella tierra. Y alrededor de las tres, Jesús exclamó con fuerte voz:
    †«Elí, Elí, ¿ lemá sabactaní?»
    A. Que quiere decir:
    †. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
    A. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
    B. «Está llamando a Elías».
    A. Enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y sujetándola a una caña, le ofreció de beber. Pero los otros le dijeron:
    B.«Déjalo. Vamos a ver si viene Elías a salvarlo».
    A. Entonces Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró.

    A. Entonces el velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba a abajo, la tierra tembló y las rocas se partieron. Se abrieron los sepulcros y resucitaron muchos justos que habían muerto, y después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. Por su parte, el oficial y los que estaban con él custodiando a Jesús, al ver el terremoto y las cosas que ocurrían, se llenaron de un gran temor y dijeron:
    B. «Verdaderamente éste era Hijo de Dios».
    A. Estaban también allí, mirando desde lejos, muchas de las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
    Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho también discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús, y Pilato dio orden de que se lo entregaran. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo, que había hecho excavar en la roca para sí mismo. Hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se retiró. Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro.
    Al otro día, el siguiente de la preparación de la Pascua, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato y le dijeron:
    B. «Señor, nos hemos acordado de que ese impostor, estando aún en vida, dijo: “A los tres días resucitaré”. Manda, pues, asegurar el sepulcro hasta el tercer día; no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan luego al pueblo: “Resucitó de entre los muertos”, porque esta última impostura sería peor que la primera».
    A. Pilato les dijo:
    B. «Tomen un pelotón de soldados, vayan y aseguren el sepulcro como ustedes quieran».
    A. Ellos fueron y aseguraron el sepulcro, poniendo un sello sobre la puerta y dejaron allí la guardia.


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Homilia domingo 10 de abril. 5º domingo Cuaresma

Hace un par de días paseando por el parque del Retito oí que un señor le decía a otro: “oye, con un poco de agua y mucha luz…¡mira cómo se han puesto los árboles! Y el otro le contestó: “donde hay agua y luz… hay vida”. Este comentario me gustó y me hizo pensar en los evangelios de estos domingos pasados.

El tercer domingo leíamos el pasaje de Jesús con la samaritana. El centro del pasaje es Jesús,  agua viva. El domingo pasado, cuarto de Cuaresma, leíamos el texto del ciego de nacimiento. El ciego se encuentra con Cristo, recobra la vista y confiesa su fe en Jesús luz verdadera que alumbra a todo hombre.

Hoy, domingo quinto, leemos la resurrección de Lázaro. Jesús se define diciendo: “Yo soy la resurrección y la vida”. Siguiendo la lógica de los dos señores, podemos decir que si donde hay agua y luz…hay vida, Jesús que es el agua viva y es la luz verdadera, allí donde está El…hay vida. Jesús que es la vida, se la transmite a Lázaro.

Me voy a fijar en tres aspectos del evangelio. El primero es que la enfermedad de Lázaro “servirá para la gloria de Dios”. En el evangelio de Juan, Jesús está siempre volcado en su relación con el Padre y en hacer que esa relación sea conocida por todos.

Esta relación íntima de Jesús con el Padre es el centro de su vida y su actividad. De ahí que lo que realmente preocupe a Jesús, no es tanto lo que El hace cuanto que lo que El hace lleve a los hombres a reconocer a Dios y su amor por los hombres.

La gloria de Dios es la vida del hombre y la vida en plenitud. Lázaro había gozado de la vida, pero es Jesús, quien le da la vida verdadera, resucitándole. Y esa nueva vida es fruto del amor. “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro” nos dice el evangelista, y  más abajo pone en boca de los judíos: “¡Cómo le quería!”. Ese amor es el amor de Dios que nos da la vida y que nos la ha transmitido por medio de su Hijo querido.

En segundo lugar está la fe. Parte del texto es un diálogo sobre la fe en la vida nueva que nos da Jesús. Marta, más que confesar su fe en la vida, confiesa la fe en quien verdaderamente nos da la vida y es la vida para nosotros. “Creo que tú eres el Hijo de Dios”. La fe pasa desapercibida para los judíos, que tan solo caen en la cuenta del cariño de Jesús por Lázaro. Les falta dar el paso a la fe. Hay personas que se quedan en lo superficial y no dan el paso de la fe. Marta lo dio y es un ejemplo para nosotros. Su fe en Jesús la lleva a confiar en El, en lo que Jesús nos ha traído, que es la vida, y en lo que Jesús hará por su hermano: darle una nueva vida.

El tercer paso es que la verdadera vida que Jesús nos da de parte de Dios es libertad.“Desatadlo y dejadlo andar”, del final del texto es la mejor manera de decirnos Jesús a cada uno de nosotros que la vida es libertad. Nada ni nadie tiene que detenernos porque la vida que Dios nos ha dado es un don que hay que agradecerle a El y que la mejor manera de agradecérselo es vivirla y vivirla en libertad. Jesús al resucitar a Lázaro, al darle nueva vida, le libera definitivamente de todo lo que le ata. Ya ni siquiera la muerte puede atarnos, como tampoco le ató a El cuando resucitó. “Dejadlo andar” es la manera de decirnos:  nada te impide vivir y vivir como Dios te ha creado, libre.

Jesús es el agua que sacia nuestra sed, es la luz que alumbra y es la vida que nos desata y nos deja andar en libertad como El lo hizo.


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Lecturas misa Domingo 10 de Abril 2011 – 5º Dom. Cuaresma

Lecturas de la liturgia

  • Primera Lectura: Ezequiel 37, 12-14
    «Les infundiré mi espíritu y vivirán»Esto dice el Señor Dios:
    «Pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, los haré salir de ellos y los conduciré a la tierra de Israel. Y cuando abra sus sepulcros y los saque de ellos, pueblo mío, ustedes sabrán que yo soy el Señor: les infundiré mi espíritu y vivirán; los estableceré en su tierra y sabrán que yo el Señor, lo digo y lo hago».
    Oráculo del Señor.
  • Salmo Responsorial: 129
    «Perdónanos, Señor, y viviremos.»Desde el abismo de mis pecados clamo a ti, Señor; escucha mi clamor; estén atentos tus oídos a mi voz suplicante.
    R. Perdónanos, Señor, y viviremos.

    Si conservaras el recuerdo de las culpas, Señor, ¿quién habría que se salvara? Pero de ti procede el perdón, por eso con amor te veneramos.
    R. Perdónanos, Señor, y viviremos.

    Confío en el Señor, mi alma espera y confía en su Palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora.
    R. Perdónanos, Señor, y viviremos.

    Porque del Señor viene la misericordia, la abundancia de la redención; y él redimirá a su pueblo de todas sus iniquidades.
    R. Perdónanos, Señor, y viviremos.

  • Segunda Lectura: Romanos 8, 8-11
    «El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en ustedes»Hermanos: Los que viven en forma desordenada y egoísta no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no llevan esa clase de vida, sino una vida conforme al Espíritu, puesto que el Espíritu de Dios habita en ustedes.
    Quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si Cristo vive en ustedes, aunque el cuerpo esté muerto a causa del pecado, el espíritu vive a causa de la actividad salvadora de Dios.
    Si el Espíritu del Padre que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos dará vida también a sus cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en ustedes.
  • Evangelio: Juan 11, 1-45
    «Yo soy la resurrección y la vida»En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron decir a Jesús:
    «Señor, tu amigo está enfermo».
    Al oírlo dijo Jesús:
    «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
    Por eso Jesús, que amaba a Marta, a su hermana María y a Lázaro, al enterarse de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días donde se hallaba. Sólo entonces dice a sus discípulos:
    «Vamos otra vez a Judea».
    Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús:
    «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
    Jesús le dijo:
    «Tu hermano resucitará».
    Marta respondió:
    «Sé que resucitará en la resurrección del ultimo día».
    Jesús le dice:
    «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
    Ella le contestó:
    «Sí, Señor: creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
    Jesús, muy conmovido, preguntó:
    «¿Dónde lo han enterrado?»
    Le contestaron:
    «Señor, ven a verlo».
    Jesús se echó a llorar y los judíos comentaban:
    «¡Cómo lo quería!»
    Pero algunos dijeron:
    «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
    Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba que era una cueva cubierta con una losa.
    Dijo Jesús:
    «Quiten la losa».
    Marta, la hermana del muerto, le dijo:
    «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días».
    Jesús le dijo:
    «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?»
    Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
    «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado».
    Y dicho esto, gritó con voz potente:
    «¡Lázaro, ven afuera!»
    Y el muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
    Jesús les dijo:
    «Desátenlo y déjenlo andar».
    Y muchos judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.


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2ª HOMILIA 4º domingo de Cuaresma ciclo A – 3 Abril 2011

HOMILIA 4º domingo de Cuaresma ciclo A

El evangelio de este domingo es una catequesis bautismal y una manera sencilla de abrirse a la fe descubriendo poco a poco a Jesús. El proceso que vive el ciego del evangelio es el proceso que viven muchas personas, o tal vez hemos vivido nosotros a lo largo de nuestra historia personal. Más que encontrarse con Jesús de repente y de una vez por todas, el encuentro entre Jesús y cada uno de nosotros está marcado por diferentes pasos.

El primer paso está  marcado por la ceguera que nos impide ver las obras de Dios. A veces estamos tan ciegos que no vemos lo que Dios ha hecho con cada uno de nosotros. Siempre hay alguien que nos ayuda a descubrir la acción de Dios en nuestras vidas. Personas, acontecimientos, encuentros, como el de la semana pasada de Jesús con la samaritana, nos ayudan a descubrir, a ver las obras de Dios. Otras veces estamos tan ciegos que tenemos que preguntar como los discípulos a Jesús: ¿por qué no veo yo lo que Dios hace a favor de los demás?.

Para ver las obras de Dios en la vida hace falta la fe. Si nos quedamos con la sola mirada de los ojos, nuestra visión de la vida y de los acontecimientos se queda coja. Si a la mirada de los ojos acompañamos la mirada del corazón, es decir, de la fe, nuestra visión se enriquece y nos acerca más a Dios.  La fe es un don que Dios nos da, pero también es una respuesta que nosotros damos a Dios. El nos da gratis la fe. Nosotros, también gratuitamente, creemos en Dios.

En el segundo paso la fe, que va haciendo que desaparezca la ceguera, nos ayuda a caminar como hijos de la luz. El ciego quería ver, pero no solo ver físicamente sino llegar a ver la luz. No se imaginaba que se iba a encontrar con Jesús, “luz del mundo”. Pasa de estar ciego de no ver, de no tener fe, a ver y confesar su fe en Jesús. Pasa de no tener luz que le guíe a encontrarse con la verdadera luz. El ciego termina confesando: “creo, Señor” (v.38). Su fe en Jesús le ayuda a ver la luz.

En nuestra vida personal necesitamos eliminar la ceguera que nos impide encontrarnos con Jesús y caminar siguiéndole a El. Al ciego del evangelio se le piden muchas explicaciones, se molesta a los padres que tienen miedo de confesar que el ciego es su hijo, el mismo ciego da una y otra vez la misma explicación. Tal vez a nosotros nos puede suceder algo parecido. Nos puede dar miedo confesar a Jesús, nos puede dar miedo tener que dar explicaciones de por qué creemos, nos refugiamos en respuestas vagas para no comprometernos y que nos dejen en paz.

Y en el tercer paso la fe nos hace ser testigos. La confesión de fe del ciego le convierte en testigo de Jesús. Su vida ha cambiado. Ya no es el que estaba sentado mendigando. Ahora puesto en pie se convierte en testigo de Jesús   Ya no tiene miedo a confesar que Jesús es no solo el que le ha devuelto la vista, sino que es el camino a seguir, la luz que alumbra su vida. Su ser testigo le lleva a enfrentarse con los que no solo dudan sino que ponen objeciones a su curación, es decir a su vida de fe, y objeciones a Jesús como luz del mundo.

Algo parecido nos puede pasar a nosotros. En un primer momento no nos resulta fácil ser testigos. Ser testigos de Jesús es un verdadero compromiso elegido libremente. Este compromiso nos llevará a enfrentarnos con los criterios del mundo, del poder, de violencia, de opresión. Habrá quien se sienta molesto por nuestro seguimiento de Jesús, pero mejor será eso que no pasar desapercibidos por miedo al qué dirán.

Termino con unas palabras refiriendo este proceso al Beato Chaminade. El desde la fe supo ver las obras de Dios aún viviendo momentos duros y difíciles, como verse perseguido por confesar a Jesús. La fe fue la que marcó su camino para seguir a Jesús, hecho hijo de María, y desde la fe se convirtió en testigo de Jesús. A nosotros los que formamos la familia marianista nos deja un ejemplo de fe vivida desde el corazón y desde la entrega a Dios y a los demás.


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HOMILIA 4º domingo de Cuaresma ciclo A – 3 Abril 2011

HOMILIA 4º domingo de Cuaresma ciclo A

El evangelio de este domingo, leído en su totalidad, es una catequesis bautismal. Pero también puede ser leído e interpretado desde la tema de la fe y eso es lo que voy a intentar transmitir con estas palabras. Además el tema de la fe lo voy a unir a la figura, para mí tan importante, del Beato Guillermo José Chaminade, fundador de la Familia Marianista, cuyo 250 aniversario de su nacimiento celebramos estos días y a lo largo de este año.

La fe se desarrolla, entre otros, en tres pasos que vemos desarrollados en el evangelio y en la vida del Beato Chaminade. En el primer paso la fe nos ayuda a ver las obras de Dios. La respuesta de Jesús a los discípulos es asimismo una respuesta para cada uno de nosotros: la fe nos ayuda a ver la manifestación de las obras de Dios. La gran manifestación de Dios y de su obra la tenemos en su Hijo Jesús y también en nosotros, sus criaturas.

 

Para ver las obras de Dios en la vida hace falta la fe. Si nos quedamos con la sola mirada de los ojos, nuestra visión de la vida y de los acontecimientos se queda coja. Si a la mirada de los ojos la acompañamos con la mirada del corazón, es decir, de la fe, nuestra visión se enriquece y nos acerca más a Dios. Del Beato Chaminade podemos decir que “vivió de la fe” y vio las obras de Dios en su vida. Su misión apostólica durante la Revolución francesa puso en peligro su vida. Pero él quería llevar a Dios a los demás. Su destierro en Zaragoza lo vivió desde la fe en Dios. Su vuelta a Burdeos fue para él “una manifestación de las obras de Dios”, pues allí fue donde además de predicar el evangelio a los jóvenes, puso los cimientos para que otros vivieran la fe ya sea en el estado laical o en la vida religiosa.

En el segundo paso la fe nos ayuda a caminar como hijos de la luz. El ciego quería ver, pero no solo ver sino llegar a ver la luz. No se imaginaba que se iba a encontrar con Jesús, “luz del mundo”. Pasa de estar ciego, de no tener fe, a ver y confesar su fe en Jesús. Pasa de no tener luz que le guíe a encontrarse con la verdadera luz. El ciego termina confesando: “creo, Señor” (v.38). Su fe en Jesús le ayuda a ver la luz.

El Beato Chaminade nos dejó uno de sus lemas favoritos: “fuertes en la fe”. El estaba convencido que quienes quisieran seguir su carisma, el carisma marianista, tenían que ser fuertes en la fe y ayudar a otros a caminar como hijos de la luz que es Cristo que es lo mismo que caminar guiados por la fe. El quería formar comunidades de fe que ayudaran a otros a caminar a la luz de la fe.

Y en el tercer paso la fe nos ayuda a ser testigos. La confesión de fe del ciego le convierte en testigo de Jesús. Su vida ha cambiado. Ya no es el que estaba sentado mendigando. Ahora puesto en pie se convierte en testigo de Jesús

El Beato Chaminade experimentó en su vida lo que se significaba ser testigo de Jesús. Al ser perseguido, se convirtió en testigo. Al venir a Zaragoza dio testimonio de su fe ante la Virgen del Pilar. Al regresar a Burdeos su testimonio de fe atrajo a muchos a seguir  a Jesús por medio de él.

El ciego del evangelio y el Beato Chaminade nos dejan todo un itinerario para seguir a Jesús y vivir la fe: viendo cada día las obras de Dios, caminando como hijos de la luz y siendo testigos de la fe que profesamos en Jesús.