Podemos decir que gran parte del mundo vive muy deprisa y agobiados por la falta de tiempo. Hoy teniendo muchas cosas para disfrutar no sabemos aprovecharlas precisamente por las prisas. No disfrutamos de la vida, del tiempo, de las personas. No nos paramos a pensar, ya sea porque nos cuesta, o porque nos da miedo. Por otra parte no nos paramos a ver qué necesitamos, sino que metidos en el ajetreo de la vida hacemos cosas, compramos cosas sin pensarlo, por rutina, o porque otros lo hacen.
Nos parecemos un poco a la samaritana que va y viene por agua, sí por necesidad, pero también por rutina, sin pensarlo. Se puede decir que nosotros también vamos y venimos en el día a día haciendo cosas tan solo por cubrir una necesidad, porque lo tenemos que hacer, pero sin pararnos a pensar si lo que hacemos, realmente lo necesitamos. Está claro que no me refiero, por ejemplo, al trabajo.
De vez en cuando también nos paramos a pensar y nos damos cuenta de lo que nos falta. No tanto cosas materiales, no tanto el agua física, sino que caemos en la cuenta que tenemos sed de algo más. Podemos tener sed de vivir, y de vivir dando sentido a nuestra vida. Podemos tener sed de cariño, de amistad, de perdón, de sentir a Dios cerca, de pensar qué significa para mí la Cuaresma, por ejemplo. Sed de vivir la fe día a día, sin caer en la rutina. Sed de encontrarme a mí mismo o sed de encontrar a alguien que me ayude.
Ante todo esto Jesús nos dice: “si conocieras el don de Dios”. Conocer el don de Dios es conocer a Jesús y su mensaje. Es, a través de Jesús, conocer a Dios. El don de Dios no se queda solo en El, sino que lleva unido conocer el don del hermano, del prójimo. Conocer el don de Dios lleva consigo sentarse a pensar, a rezar, a reflexionar sobre Dios, sobre mí mismo y sobre el prójimo. Es buscar en el corazón que es donde realmente hay que buscarlo y así calmar la sed que cada uno podamos tener.
La samaritana lo busca y lo encuentra en Jesús. Ese encuentro mutuo es por una parte fortuito, y por otra parte querido por Jesús. Jesús envía a los discípulos a comprar comida y él se queda esperando. Pensemos que en nosotros también se pueden dar encuentros fortuitos con Dios y encuentros queridos por Dios. El siempre sale a nuestra búsqueda, El se queda sentado esperando nuestra llegada y establece con nosotros un diálogo que ayuda a calmar la sed que tenemos.
Aunque Jesús calma nuestra sed, El nos espera para charlar, para encontrarse con nosotros. Si la falta de agua puede llegar a ser un problema mundial, la falta de Dios, de conocer el don de Dios, lo está siendo ya. La indiferencia religiosa hace que la gente busque saciar su sed en cosas que realmente no calman la sed. Cuando esa sed no se calma se busca más y más pero si pararse a pensar dónde realmente podemos saciar la sed.
Jesús es el agua viva que sacia la sed de todo aquel se que encuentra con El. Jesús se ofrece como agua. Al igual que la samaritana le pide a Jesús que le dé esa agua que calme su sed para siempre, nosotros también pidámosle a Dios que nos paremos a conocer de qué tenemos realmente sed, pidámosle que su Hijo Jesús sacie la sed de vivir la fe cada día, de trabajar por la paz, la justicia,…y sobre todo que no caigamos en la rutina o en el buscar por buscar, cuando ya hemos encontrado a Jesús, la fuente de agua viva.
