HOMILIA domingo 5º t.o. ciclo A
Vivimos en una sociedad donde se hacen cosas para salir de la crisis: se firman documentos, se celebran reuniones, se quiere poner de acuerdo a personas para salir en la foto. ¿A dónde lleva todo esto? Posiblemente a seguir como estábamos y a maquillar el paisaje. La pregunta sería: ¿Por qué en lugar de poner el acento en solo hacer cosas no se invita a las personas a ser, a mirarse ellas mismas para ver qué se puede dar a los demás desde lo que uno es?
Jesús, en el evangelio de hoy , no nos dice que primero hagamos cosas y luego mostremos lo que somos, sino que mostremos lo que somos, es decir, que seamos lo que tenemos que ser para luego desde ese ser, poder hacer algo a favor de los demás. Nos dice que para dar sabor a las demás, hay que ser sal para uno mismo. Que para alumbrar a los demás, hay que ser luz para uno mismo. Nos viene a decir que no se puede dar lo que no se tiene. Y esto es lo que estamos viendo y viviendo estos días.
Todos sabemos de la importancia de la sal y de la luz. La mucha sal estropea las comidas y la poca sal las hace insípidas. La mucha luz deslumbra y la poca luz lleva a caminar a tientas. La invitación de Jesús a ser sal y luz en el mundo tiene una doble finalidad: ayudar a los demás en su caminar y dar gloria de Dios.
Jesús fue sal y luz para las gentes de su tiempo. Sal, porque lo que El era y lo que El hacía daba buen sabor a los que le escuchaban, por estar ansiosos de algo que les devolviera las ganas de vivir. Luz, porque con sus gestos y sus palabras orientaba el hacer de las personas. Cuando se necesita algo que ayude y oriente en la vida, hay que buscarlo en alguien que lo viva, no en alguien que lo solo lo diga y luego no lo haga. Ahí está la clave para comprender por qué la gente seguía a Jesús, porque veían en él a una persona que vivía lo que decía, y que su palabra no era hoy, sí y mañana no. Su palabra era siempre sí o siempre no. No se amoldaba a las circunstancias ni se dejaba llevar por intereses ajenos a la persona. Su interés estaba centrado en Dios, su Padre, y en el bien de las personas. De ahí que el ser sal y luz está orientado a dar gloria a vuestro Padre.
El ejemplo de Pablo hoy es claro. Más que hablar y hablar con sabiduría y elocuencia, Pablo se da cuenta de que su hablar tiene que ir precedido de su ser discípulo. Primero el testimonio de la vida y luego el testimonio de la palabra. Tendrán que ir unidos, pero la vida es la sal y la luz del evangelio. Luego esa sal y esa luz se convertirán en palabra y en gestos que ayudarán a los demás.
La lectura de Isaías se orienta en el mismo sentido. Lo que se hace a favor de los demás tiene que brotar de lo más íntimo del ser. Si quiero dar vida, tengo que vivirla yo primero. Esa sal y esa luz que pueden estar escondidas, sazonarán la vida y brillarán para los demás cuando me olvide de mí mismo y salga al encuentro del necestiado.
