HOMILIA domingo 30 de t.o. Ciclo C
Este domingo se nos habla también de la oración. Se nos pone como ejemplo la actitud de dos personas ante Dios. Y suele coincidir que la actitud que adoptamos ante Dios es semejante a la que adoptamos con las personas, o si queréis al revés, la actitud que adoptamos con las personas suele coincidir con la que adoptamos ante Dios.
A los fariseos les gustaban los primeros sitios, que les vieran en las plazas, que les saludaran por las calles…pues su actitud ante Dios es parecida. El fariseo ora como su vida de fariseo, erguido, delante, donde todos lo vean. Parece buena persona, pero hay una cosa que le pierde: se considera mejor que el publicano. De la misma manera que su relación con el publicano no es auténtica, sino de desprecio, su relación con Dios tampoco lo es: él que se cree justo, en un momento de intimidad con Dios, como es la oración, está pecando contra el hermano. Como no se reconoce pecador, no recibe el pedón. Hay personas que dicen no pecar…pueden ser semejantes al fariseo.
El publicano reza como publicano, como pecador. Se queda atrás, se golpea el pecho y pide humildemente perdón. Este reconocimiento de su condición de pecador hace que su situación cambie. Se reconoce pecador, pide perdón y recibe el perdón de Dios. El publicano vuelve a su casa transformado. Ha pedido y recibido el perdón.

La oración que hacemos suele ser reflejo de la vida y la vida se expresa en la oración. Ante Dios en la oración hay que situarse con realismo, tal y como somos, sin querer engañar ni engañarnos. Querer parecer mejores, hace que Dios no nos reconozca, hará que no pidamos perdón, que despreciemos a los demás, porque ante los demás queremos aparentar ser mejores. Dios conoce perfectamente nuestro ser, conoce cómo somos. Presentarse ante El aparentado otra cosa, solo nos lleva a engañarnos.
No es fácil conocerse a sí mismo, pero en cambio, resulta fácil compararse con los demás y creerse mejores o superiores a los otros. Y esto incluso en la vida normal, en las meras relaciones con los demás. En la vida diaria nuestras comparaciones con los otros suelen ser para decir ¡qué bueno soy yo! y ¡qué malos son los demás!. Por eso esta parábola viene bien no sólo para ver cómo es nuestra oración, sino también cómo son nuestras comparaciones con los demás.
Una palabra acerca del Domund. El Papa nos anima no solo a rezar por la extensión del Evangelio sino también a apoyar a los misioneros económicamente. La crisis también está afectando a las misiones tradicionales. El lema de “queremos ver a Jesús” significa no solo predicarle sino también verlo en la vida de las personas, en la vida nuestra. No nos quedemos en decir que hay que predicar, hay también que dar trigo. Que así sea.
