HOMILIA domingo 29 t.o. Ciclo C.
El evangelio de hoy nos presenta tres temas que deberían ir unidos en la vida de todo cristiano: oración, justicia y fe. Rezar y trabajar por la justicia desde la fe en Jesús. Una oración que no desemboca en el trabajo por la justicia y que no está hecha desde la fe, pobre oración es.
En los evangelios Jesús enseña a los discípulos a rezar y él mismo se pone como ejemplo de oración. Jesús enseña a orar en común con el Padre nuestro, dice que para orar hay que estar solos. El se retiraba para estar a solas y orar al Padre. Pasaba largos ratos orando a Dios. Se nos cuenta la oración que Jesús dirige a Dios en el huerto de los Olivos: “que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.
Estos casos de la vida de Jesús son válidos para nosotros: rezamos en común, a solas, en todo momento, sea grato o difícil. El caso que hoy nos cuenta el evangelio va unido a la justicia. A veces hay personas que dicen que cuando no se puede conseguir algo a nivel humano, se echa mano de la oración como sustituto de la acción que deberíamos hacer. Y vemos que la gente se desanima porque no consigue con la oración lo que quiere.
Me explico. Una mujer pide justicia, y la pide insistentemente. El juez injusto llega a pensar que le va a pegar. Por ese motivo accede a hacerle justicia. En este caso se nos retrata “la impotencia de los débiles frente al cinismo de los fuertes”. Los débiles, que podemos ser cada uno de nosotros en diferentes circunstancias, al no conseguir que se nos haga justicia, recurrimos a la oración como si pensáramos que ella resolverá nuestro problema. Y está claro que eso no da resultado cómo y cuándo nosotros queremos. El resultado se conseguirá pidiendo insistentemente justicia, y pidiéndola a quien hay que pedirla: a los hombres. También habrá que rezar, por supuesto.
Dios no va a venir a instaurar la justicia, ni siquiera por medio de la oración. Dios se preocupará de sus elegidos, sí, pero querrá que esos elegidos además de orar con confianza y constancia trabajen para que se haga justicia a los débiles. Orar y trabajar por la justicia pide la fe. Nos viene bien recordar el dicho: “A Dios rogando y con el mazo dando”. Refugiarnos solo en la oración es escapar de la realidad que nos rodea. La oración nos tiene que llevar a la acción y la acción de esta mujer es pedir justicia.
He dicho que orar y trabajar por la justicia pide la fe. La fe nos lleva a confiar que podemos construir un mundo diferente. La mujer del evangelio insiste e insiste. No se conforma con que las cosas se queden como están. En la fe que anima nuestra vida hay insistencia no solo en reclamar lo bueno para todos sino también en buscar la manera de que ese bien llegue a todos. La fe no es algo intelectual. La fe es vida.
La oración, la justicia y la fe se ven apoyadas por la palabra de Dios que san Pablo recuerda a Timoteo en la segunda lectura. En la palabra de Dios encontramos la sabiduría que conduce a la salvación. Y la salvación hay que obrarla desde ya, desde el momento que nos toca vivir. La salvación no viene por arte de magia. La salvación ha sido realizada por Jesús que confiaba en el Padre, que oraba al Padre y que trabajó por la justicia en su tiempo.
