A nosotros, normalmente, nos gusta hacer planes. Planes que afectan a nuestra vida, familia, futuro, estudios, trabajo… y suelen ser a corto, medio o largo plazo. Nos sentimos a gusto cuando vemos que se realizan, nos sentimos un tanto frustrados cuando no nos salen como pensábamos. Cuando las cosas no nos salen “bien”, solemos animarnos unos a otros a seguir adelante, o a rectificar. Recordemos ese refrán: “rectificar es de sabios”. A veces hay que afrontar la vida y sus reveses con dignidad, con confianza, con fe, con ayuda.
Dios también tiene sus planes sobre el mundo y el hombre. Ya desde el libro del Génesis se nos dice que Dios tiene un plan de salvación para nosotros. Este plan de salvación lo llevan a cabo el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es decir la Trinidad.
Por recordaros algo que aprendimos de pequeños: el Padre nos creó, el Hijo nos salvó y el Espíritu Santo nos sigue santificando.
El plan de salvación es sobre todo la vida. Dios nos da la vida, quiere que la vivamos, que la cuidemos, que la demos a los demás y que seamos creadores de vida con El.
A veces frustramos ese plan de salvación que es la vida nuestra y la de los demás. Para recordarnos el regalo de la vida, Dios envió a su Hijo. La misión de Jesús fue hacernos ver que la vida de toda persona, sobre todo la de aquellos a quienes toda sociedad desprecia o margina, es una vida importante para Dios. Por eso su mensaje es un mensaje de vida, de esperanza en la vida, de vida entregada a los demás. Y por esa vida que El predicó, Jesús entregó su propia vida. No tenía otra cosa, ni bienes, ni familia, tan solo tenía la vida recibida del Padre que dio por nosotros.

Pero seguimos cargándonos el plan de salvación, es decir la vida. Y el Padre y el Hijo nos envían al Espíritu, nos envían la fuerza, la misma energía de Dios para “guiarnos hasta la verdad plena”. Jesús no dijo todo porque no podíamos cargar con ello, por eso la acción del Espíritu derramado en nuestros corazones es revelarnos lo que está por venir. Y lo que está siempre por venir no son doctrinas, ni documentos, ni normas, no, lo que está siempre por venir es la vida, es la dignidad de la vida, el respeto a la vida, a toda vida y a toda la vida.
Todo esto sigue siendo un misterio para nosotros, porque no llegamos a captar la riqueza del Dios de la vida, del Dios que da la vida, del Dios que por amor se hizo hombre y por amor nos está constantemente enviando su Espíritu para revelarse El mismo cómo es, es decir, como AMOR y para revelarnos que ese amor es lo que quiere para todos nosotros.
Para llegar a comprender esto es necesario saber cómo es nuestra relación con Dios, ya sea el Padre, el Hijo o el Espíritu Santo. Una relación cercana, sencilla y abierta a cualquiera de ellos, nos ayudará a conocer su plan de salvación sobre cada uno de nosotros. Abramos nuestro corazón, seguro que nos guiarán hasta la verdad plena que es Dios mismo.
