En la vida normal, desde que nacemos hasta que morimos, pasamos por diversas etapas. A la etapa a la que todos queremos llegar, porque es la que da peso a la vida, es a la etapa de la madurez. Para llegar a ella otras personas nos han ayudado, nos han orientado, y también nosotros mismos hemos puesto nuestro granito de arena, porque es nuestra vida y queremos forjarla a nuestro modo y manera.
En su relación con Jesús los apóstoles pasaron por dos etapas. Primero acompañando a Jesús viendo lo que hacía y oyendo sus palabras. Después sintiendo su presencia y recibiendo el Espíritu enviado desde el Padre para continuar predicando el mensaje de salvación de Jesús.
Al principio esta segunda etapa no fue nada fácil. Los apóstoles seguían pensado en ocupar los primeros puestos en el Reino de Jesús. Querían tener poder, influencia, querían mandar… a estos apóstoles les costaba creer y aceptar el Reino de Dios. No estaban maduros para comenzar la evangelización.
Jesús confía en ellos. Les dice que no se alejen de Jerusalén, que recibirán fuerza de lo alto, que esperen que se cumpla la promesa del Padre. Es una manera como Jesús les estaba diciendo que esperaba que madurasen para comprender lo que Jesús había predicado de palabra y de obra. Jesús se va, pero no deja solos a los discípulos. El Espíritu que les envía desde el Padre les ayudará a madurar, a creer, comprender y aceptar el mensaje de Jesús.
A nosotros como iglesia, hoy, también se nos llama a madurar. Más que decir que tenemos el Espíritu de Jesús, hay que decir que el Espíritu es el que nos tienes a nosotros, el que nos anima, nos da fuerza, nos da vida para continuar evangelizando.
Para llegar a la madurez hay que dejarse ayudar. Se pasa por momentos duros y difíciles, pero esos momentos ayudan a madurar, porque ponen a prueba vida, lo que queremos ser y lo que queremos dar. Es verdad que ahora como iglesia estamos pasando momentos duros…pero en la dificultad y con la dificultad es donde se nota la solidez, la madurez de las personas e instituciones. Hay que afrontar lo duro y difícil con humildad y realismo pero con confianza, con serenidad, tomando las decisiones necesarias para solucionar los problemas y sobre todo no dejar a las personas tiradas en la cuneta, sino ayudarlas a levantarse y a seguir adelante.

La Ascensión de Jesús es signo de que El confía en la madurez de los discípulos para seguir evangelizando. No nos deja solos, nos envía su Espíritu. Que para llegar a esa madurez hay que pasar y aceptar momentos duros…lo sabemos, pero recibiendo la fuerza de lo alto, la promesa del Padre…eso y sobre todo eso, nos ayudará a madurar en nuestra vida y en nuestra fe para ser testigos de Jesús. Confiemos en El, en su Espíritu y en el Padre. Maduraremos personal y comunitariamente dejándonos ayudar y guiar por el Espíritu de Jesús.
