Parroquia Santa María del Pilar Marianistas

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Carta de Adviento-Navidad 2009

ESPERANZA

 ¡Otro año más Adviento y sobre todo Navidad!.  ¡Otro año más con el tema de la esperanza! Más de uno pensará: y ¿para qué? ¡Para qué hablar de esperanza con la que está cayendo! Pues precisamente por eso hay que hablar de esperanza. “Porque lo que no se desea no se espera, y lo que no se espera no es reconocido cuando aparece” (Orar para vivir. Juan Martín Velasco, PPC p.24).

Tendríamos que preguntarnos qué deseamos, qué esperamos y si en nuestra vida personal, familiar y social hay algo nuevo que tengamos que reconocer como tal. Dejo a cada uno que reflexione su propia respuesta. Hay personas para quienes la capacidad de deseo y de espera se ha agotado. Entonces difícilmente se reconocerá lo nuevo que pueda aparecer en nuestras vidas. A pesar de los pesares siempre hay que estar abierto a la esperanza, hay que desear vivamente lo que esperamos para que cuando de verdad aparezca podamos no solo reconocerlo, sino también vivirlo y, con alegría, expresarlo.

 Vayamos al tiempo de Adviento que hemos podido vivir más o menos de cerca. Se me ocurre pensar que a la luz del mensaje de esperanza se puede dar varias actitudes. Estas  actitudes se pueden referir al ámbito personal, familiar y social.

 Actitudes:

 1. la del pasota…acepta lo que sea, venga de donde venga, porque no piensa en nada. Esta actitud no se localiza en una edad concreta, sino que abarca a diferentes edades. Para el pasota la esperanza no tiene sentido. O mejor dicho le da igual que haya o no esperanza. Su deseo es efímero, por eso no encuentra sentido a esperar. Se quiere vivir a tope el momento sin preocuparse del pasado ni del futuro.

2. la del fácilmente convencido. Puede ser de forma positiva o negativa. Hay personas que no ejercitan la capacidad crítica ante lo que pasa, ante la información que recibe, en definitiva que se deja convencer fácilmente por lo que le llega, sin cribar la información.

Para estas personas la esperanza dependerá de quien le proporcione la información. Todo catastrófico, no hay esperanza. Todo fabuloso, hay esperanza, pero habrá que tener en cuenta la base que sustenta esa esperanza que puede desaparecer al menor contratiempo. Podemos pensar en la parábola del sembrador y en un caso concreto: Mc 4, 16-17: …lo sembrado en terreno pedregoso…al oír la Palabra, la reciben con alegría…no tienen raíz, son inconstantes y en cuanto se presenta una tribulación… sucumben en seguida.”

3. la del resignado-desencantado… ¡qué vamos a hacer! ¡No podemos hacer nada! Un claro ejemplo de este tipo de personas lo tenemos en los discípulos de Emaús: “nosotros esperábamos que él sería el que iba a librar a Israel; pero,… llevamos ya tres días desde que esto pasó…” (Lc 21, 18-25). Cada día resulta más fácil encontrarse con estas personas.  Las hay que echan de menos “lo de antes”, que se asustan ante lo nuevo que merece la pena, porque añoran otros tiempos. Se refugian en los años pasados. Las hay, también,  cercanas al fanatismo religioso. ¡Si Dios quiere…qué le vamos a hacer!. O, los resignados porque “esto es lo que me ha aconsejado mi director espiritual”. Es una actitud muy lejana a la esperanza.

4. la del indiferente…La indiferencia es una seña de identidad cada vez mas extendida en nuestra sociedad. La esperanza motiva poco, preocupa casi nada, no interesa ni entusiasma. Y ante esta postura ¡qué sentido tiene esperar! ¿”No es verdad que los creyentes nos estamos haciendo indiferentes a la indiferencia que nos rodea y que nos dejamos contagiar por ella? ¿No se está experimentando entre nosotros una “baja generalizada del tono de fe”? (Orar para vivir. Juan Martín Velasco. PPC, p.209)

Esta postura indiferente “se encarga de mostrar que el hombre puede desarrollar su vida de forma normal sin recurrir (a la esperanza) a Dios, sin echarlo de menos” (o.c.p.208). Esta actitud es la más peligrosa para vivir la fe o la más fácil para dejar de vivir la fe. Es la que más fácil se extiende en la sociedad. El indiferente opina que “un Dios del que no se tienen noticias parece que no puede ser esperado…” (o.c. p.209)

 5. la del nervioso…Se está acentuando mucho esta actitud. Sobre todo en algunos ambientes y más que nada en el terreno social: “¡esto va fatal! ¡Estamos como en los años 30! ¿adónde vamos a parar?” Son frases que se escuchan de vez en cuando. Más que estar nervioso por la actitud de la espera de lo nuevo y saber reconocerlo, se está nervioso por el clima que, más que respirarse, se está instalando, a veces de manera consciente y bien trabajada por algunos medios de comunicación. El nerviosismo de Marta, la hermana de María, vendría bien para ilustrar esta actitud. Se afana por muchas cosas, cuando “una sola es necesaria” (cf. Lc 10, 41-42).

¡Ojalá que el nerviosismo lo pusiéramos al servicio de la esperanza activa que vela por la práctica de la justicia, la consecución de la paz y la vivencia del Evangelio!. 

 6. la del que tiene esperanza.  Esta es la actitud que debería caracterizar a todo cristiano convencido y abierto al Dios y Padre de Jesucristo. Es la actitud que no debería faltar nunca a ningún cristiano, y a ningún hombre-mujer de buena voluntad. Es una actitud a desarrollar y a vivir no solo en Adviento, sino durante todo el año. Viene bien recordar la cita de San Pedro, (a mí personalmente me gusta mucho) “…estad siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (1Pe 3,15). La razón de nuestra esperanza está en Dios que envió a su Hijo al mundo por puro amor hacia nosotros. La razón de nuestra esperanza está en Jesús que “pasó haciendo el bien, curando toda enfermedad”. La razón de nuestra esperanza está en sentirnos animados por el mismo Espíritu de Dios que actúa en nosotros para el bien común. La razón de nuestra esperanza está en formar parte de una iglesia, con sus grandezas y sus puntos débiles, que intenta seguir a Jesús, que intenta poner en práctica las bienaventuranzas y ponerse al servicio de los demás.

Quien en este mundo tiene esperanza y vive una esperanza activa no se calla ante el mal, ante el daño, ante la injusticia…porque le anima la esperanza, aunque sea pequeña. Para quien está abierto a la esperanza todo el año es Adviento, porque todo el año hay que no solo esperar, sino sobre todo trabajar y poner empeño para erradicar toda violencia, no solo la que les gusta a algunos, erradicar el hambre, de ahí nuestro granito de arena con la Campaña del Kilo-litro, y erradicar toda injusticia, aunque sea manifestando “nuestra hambre y sed de justicia” que leemos en las Bienaventuranzas.

Que no nos falte nunca la esperanza en el Dios-hecho-hombre y en las posibilidades del hombre por seguir siendo “imagen de Dios”.

Victoriano Viñuelas Gómez

Vuestro párroco y amigo


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Homilía Cuarto domingo de Adviento ciclo C

“Dichosa tú, que has creído”. El anuncio a la virgen María de que iba a ser madre la cogió por sorpresa. ¿Cómo será eso pues no conozco a varón? Pero más sorpresa supuso para ella tres cosas:       

     1.todo lo que se le dice de su hijo Jesús

     2.la noticia acerca de su prima Isabel, y

      3.que para Dios nada hay imposible.

María es llamada dichosa, feliz, por creer. Y oye estas palabras de una mujer, su prima, que va a ser madre, una mujer que era estéril y de edad avanzada.

María vivió la fe-confianza en Dios toda su vida. No pensemos que para María fue fácil creer. Ella, como muchos otros en el A.T., confió en Dios, tuvo fe en el Dios que cumple sus promesas. Y pensemos que las promesas de Dios suelen llevar ese poco o mucho de sorpresa.

A nosotros se nos invita a creer. La fe en Dios no es obligatoria. La fe en Dios es un regalo que podemos o no aceptar. Y hay gente que no acepta la fe por las sorpresas que conlleva.

A nosotros nos gustan más las seguridades. Buscamos un Dios seguro, un Dios que nos dé recetas ciertas, que no nos haga dudar, que no nos invite a pensar. Queremos seguridades. Esto lo podemos trasladar a la iglesia y a un nivel meramente humano: hay personas que les cuesta aceptar que tenemos una conciencia y que esa conciencia nos lleva a tomar decisiones personales que pueden ser arriesgadas.  Todo lo contrario de una frase que leía hace tiempo: “en todo caso siempre es mejor una duda honesta que una certeza (seguridad) forzada”. (Las tentaciones de Job)  

En María se da una duda honesta: “no conozco a varón”…pero a la vez, deposita su fe-confianza en Dios.

En nosotros, qué prevalece, ¿dudas honestas o certezas forzadas?

    1.  ¿Se nos puede aplicar: ¿“dichoso tú que has creído? ¿dichoso tú que te has lanzado a vivir, aunque haya puntos que no estén claros…?

    2. ¿ O más bien no forzamos certezas (seguridades) porque nos da temor-miedo hacernos preguntas que no sabremos si tendrán respuesta?

    3.  ¿O más bien pasamos de todo y nos dejamos llevar por lo que sea?

Y que quede claro que esto nos pasa en la vida diaria, no solo en la vida de fe.

 Para María la fe fue compromiso: visitar a su prima…dar a luz a Jesús…vivir con El y sufrir con El… todo esto lo hizo con fe en el Dios que salva, aun sabiendo que esa fe puede dar sorpresas.

Para nosotros la fe tiene que ser también compromiso. Vivir la fe supone el riesgo de fiarse de Dios, supone el riesgo de tener dudas honestas buscando respuestas en Dios, en mí mismo, en la vida.

Viviendo la fe como confianza, como compromiso, como riesgo, como duda

    1. no nos dejaremos llevar por cualquier viento que sople, por seguro que lo creamos y que no nos conducirá más que a más inseguridades.

2.sino más bien nos ayudará a vivir y a madurar como personas libres, a ejemplo de Jesús

     3. entonces, también se nos podrá decir. “dichoso tú que has creído”