Parroquia Santa María del Pilar Marianistas

La vida de nuestra comunidad cristiana en la red


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Lecturas de la misa – 26º Domingo del Tiempo Ordinario 25 de Setiembre de 2011

Lecturas de la liturgia

  • Primera Lectura: Ezequiel 18, 25-28
    «La responsabilidad personal» 

    Y vosotros decís: “No es justo el proceder del Señor”. Escuchad casa de Israel, ¿Qué no es justo mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que no es justo? Si el justo se aparta de su justicia, comete el mal y muere, a causa del mal que ha cometido muere. Y si el malvado se aparta del mal que ha cometido para practicar el derecho y la justicia, conservará su vida. Ha abierto los ojos y se ha apartado de todos los crímenes que había cometido; vivirá sin duda, no morirá.

  • Salmo Responsorial: 24
    «A ti Señor, levanto mi alma, oh Dios mío» 

    Muéstrame tus caminos, Señor, enséñame tus sendas. Guíame en tu verdad, enséñame, que tú eres el Dios de mi salvación.

    R. A ti Señor, levanto mi alma, oh Dios mío.

     

    En ti estoy esperando todo el día, por tu bondad Señor. Acuérdate, de tu ternura, y de tu amor, que son de siempre. De los pecados de mi juventud no te acuerdes, pero según tu amor acuérdate de mí.

    R. A ti Señor, levanto mi alma, oh Dios mío.

     

    Bueno y recto es el Señor, por eso muestra a los pecadores el camino; conduce en la justicia a los humildes, y a los pobres enseña su sendero.

    R. A ti Señor, levanto mi alma, oh Dios mío.

  • Segunda Lectura: Filipenses 2, 1-11
    «La imitación de Cristo»Si tenéis, pues, (para mí) alguna consolación en Cristo, algún consuelo de caridad, alguna comunicación de Espíritu, alguna ternura y misericordia, poned el colmo a mi gozo, siendo de un mismo sentir, teniendo un mismo amor, un mismo espíritu, un mismo pensamiento. No hagáis nada por emulación ni por vanagloria, sino con humilde corazón, considerando los unos a los otros como superiores, no mirando cada uno por su propia ventaja, sino por la de los demás. Tened en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús; el cual, siendo su naturaleza la de Dios, no miró como botín el ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo, tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres. Y hallándose en la condición de hombre se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz. Por eso Dios le sobreensalzó y le dió el nombre que es sobre todo nombre, para que toda rodilla en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra se doble en el nombre de Jesús, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.
  • Evangelio: Mateo 21, 28-32
    «Los dos hijos desiguales»»¿Qué opináis vosotros? Un hombre tenía dos hijos; fue a buscar al primero y le dijo: «Hijo, ve hoy a trabajar a la viña». Mas éste respondió y dijo: «Voy, Señor», y no fue. Después fue a buscar al segundo, y le dijo lo mismo. Este contestó y dijo: «No quiero», pero después se arrepintió y fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?» Respondieron: «El último». Entonces, Jesús les dijo: «En verdad, os digo, los publicanos y las rameras entrarán en el reino de Dios antes que vosotros. Porque vino Juan a vosotros, andando en camino de justicia, y vosotros no le creísteis, mientras que los publicanos y las rameras le creyeron. Ahora bien, ni siquiera después de haber visto esto, os arrepentisteis, para creerle».


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OTRA homilía domingo 25º t.o ciclo A. Domingo 18 de septiembre 2011

Hace un par de años pasando al atardecer por una plaza de Madrid vi a un grupo de hombres, emigrantes por el color de la piel, que hablaban entre sí. Preguntando me dijeron que estaban esperando a que llegase un patrón que los contratase para trabajar al día siguiente en sus campos. ¡No daba crédito a lo que oía! En pleno siglo XXI, en Madrid, se sigue usando el sistema de contratación que nos cuenta hoy el evangelio.

Al igual que los jornaleros del evangelio estos emigrantes esperaban pacientemente ser escogidos para ir a trabajar al día siguiente. Imagino que las condiciones de trabajo no respetarían para nada las prestaciones sociales de que tanto hablan los llamados “agentes sociales”. Más bien creo que se trataría de trabajo-salario. Como todos irían a la misma hora, todos recibirían el mismo salario.

Hace unos diez años en una reunión de directores de colegios de Madrid se hablaba de salarios. Habló uno diciendo que está el salario legal, el que marca los convenios, el salario justo, que incluiría algunos beneficios, y el salario digno, que sería aquel que permitiría a una familia vivir dignamente y que estaría por encima del salario legal y justo. Me pareció muy buena esta diferencia de salarios y ojalá se pensara así a la hora de pagarlos.

Todo lo dicho anteriormente sirve para comprender el evangelio de hoy y la actitud del propietario que sale a contratar. Este hombre contrata jornaleros a distintas horas. Con todos se ajusta el mismo salario a pesar de la diferencia de trabajo. Ellos no lo saben hasta que comienzan a recibir su paga. En ese momento es cuando surgen las críticas al propietario. ¡Hemos trabajado más, tenemos que recibir mayor salario!.

Eso no era lo ajustado. Lo ajustado era un trabajo, un denario y se lo da a todos por igual. Nuestra mentalidad, creo, es la de criticar al propietario. Los de la mañana han aguantado todo el sol del día, los otros no. Pero la forma de actuar del propietario es justa: primero porque él se ajustó con cada jornalero en un denario. El paga lo ajustado. Y, segundo porque no quiere que ninguno se quede sin lo necesario para ese día. Ahí está el cuidado de la dignidad de la persona.

El propietario va más allá del salario legal y justo, que antes comentaba. El propietario da un salario digno incluso al que ha trabajado menos, porque piensa que esos que menos han trabajado tienen que alimentar igualmente a una familia y por eso les da un denario, salario de un día de trabajo. El propietario más que pensar en lo legal y en lo justo, piensa en las necesidades de las personas. Un jornalero tenía que llevar a casa un salario digno para poder vivir.

Yo sé que eso choca con cualquier mentalidad y forma de pensar respecto a trabajo-salario. Hoy que los ricos se hacen cada vez más ricos y los pobres más pobres, viene bien reflexionar sobre esta parábola. Hoy que a la gente joven se le hace trabajar horas y horas a cambio de un salario mileurista, viene bien leer atentamente la conducta de este propietario. Y hoy viene bien leer la palabra de Isaías: “mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”. La forma de pensar y de actuar de Dios nos desconcierta, pero menos mal que hay algo que nos desconcierta fuera de nuestra manera de pensar. Dios piensa y actúa de manera distinta a nosotros para llevarnos a nosotros a acercarnos a su manera de pensar y actuar.

 

 


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Homilía domingo 25º t.o. ciclo A.Domingo 18 de septiembre de 2011

Enla Biblia, sobre todo en el Antiguo Testamento, se acude a diversas comparaciones al hablar del pueblo de Israel. Una de las más usadas es compararlo con una viña. En el Nuevo Testamento Jesús también usa esta comparación en varias parábolas. Hoy leemos una de ellas. Si en el Antiguo Testamento la viña es el Pueblo de Israel, en el Nuevo Testamento podemos decir que la viña es, en sentido amplio, el mundo. Al menos podemos darle este sentido a la parábola de hoy.

El dueño de la viña sale varias veces a lo largo del día a contratar jornaleros.  El quiere que todos trabajen, aunque sea un par de horas. Lo que le importa es que vayan a trabajar, a cuidar su viña y que todos reciban un salario para poder vivir. Un denario era el salario de un día de trabajo. Y con un denario podía subsistir una familia.   

El texto nos dice que con los primeros el propietario ajusta un denario por jornada, Con los segundos dice que “os pagaré lo debido” y con el resto no ajusta nada. Pero él quiere ser bueno, con una bondad que a nosotros hoy nos desconcierta, y paga a todos por igual. Eso provoca protestas. Hoy también provocaría protestas.

Al principio decía que la viña es el mundo. Podemos comparar al dueño con Dios y a nosotros con los jornaleros. Siguiendo la lógica anterior se puede decir que Dios envía a los hombres, a todo hombre, a trabajar en el mundo. Y lo hace constantemente.

Ante un mundo tan necesitado de todo, Dios sale a buscar jornaleros que vayan a cuidar el mundo. Y lo hace a todas horas, es decir, en todo momento, pues para El, el mundo siempre necesita cuidados. Quitar las malas hierbas, será como desterrar la guerra, el hambre, la injusticia. Regar la viña, el mundo, será como trabajar por la paz, por el bienestar de todos, porque haya trabajo para todos. Cavar la viña, el mundo, será como ayudar a construir un mundo de hermanos.

Todos tenemos que considerarnos jornaleros enviados a trabajar por un mundo mejor. No caben excusas. Soy mayor, soy niño, soy joven. No sé qué hacer, no puedo hacer nada. Esas excusas no valen ante el Señor. Siempre habrá algo que podamos ofrecer a los demás. Dice un autor: “no tenemos en nuestras manos las soluciones para los problemas del mundo, pero frente a los problemas del mundo, tenemos nuestras manos” (Mamerto Menapace”.

La JornadaMundialdela Juventud, recién celebrada en Madrid, es una invitación especial, es, yo diría, un momento-regalo de Dios a todala Iglesia, pero especialmente a los jóvenes, para decirles “id también vosotros a mi viña”. A esos jóvenes y a muchos otros les llega su momento de trabajar en la viña del Señor que es el mundo. Los jóvenes tienen que sentirse jornaleros capaces de labrar, cavar, cuidar y regar la viña que Dios pone en sus manos.

 Los mayores también tenemos que seguir trabajando en los surcos que hayamos abierto, pero dejando que los jóvenes abran y trabajen los suyos. El que sean de la última hora, que siempre los habrá, no les quita para nada la importancia que tiene su trabajo, su testimonio de vivir la fe en el mundo actual. Lo que sí tiene que quedar claro es que todos somos jornaleros de la viña, llamados cada uno a una hora distinta, pero con la misma vocación de cuidar de la viña del Señor.


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Lecturas de la misa – 25º Domingo del Tiempo Ordinario 18 de Setiembre de 2011

Lecturas de la liturgia

  • Primera Lectura: Isaías 55, 6-9
    «Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes»Busquen al Señor mientras lo pueden encontrar, invóquenlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad; a nuestro Dios, que es rico en perdón.
    Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, sus caminos no son mis caminos, dice el Señor. Porque así como aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los de ustedes y mis pensamientos a sus pensamientos.
  • Salmo Responsorial: 144
    «Bendeciré al Señor eternamente.»Un día tras otro bendeciré tu nombre y no cesará mi boca de alabarte. Muy digno de alabanza es el Señor, por ser su grandeza incalculable.
    R. Bendeciré al Señor eternamente.

    El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. Bueno es el Señor para con todos y su amor se extiende a todas sus criaturas.
    R. Bendeciré al Señor eternamente.

    Siempre es justo el Señor en sus designios y están llenas de amor todas sus obras. No esta lejos de aquellos que lo buscan; muy cerca está el Señor, de quien lo invoca.
    R. Bendeciré al Señor eternamente.

  • Segunda Lectura: Filipenses 1, 20-24.27
    «Para mí, la vida es Cristo y la muerte, una ganancia»Hermanos:
    Ya sea por mi vida, ya sea por mi muerte Cristo será glorificado en mí. Porque para mí, la vida es Cristo, y la muerte una ganancia. Pero si el continuar viviendo en este mundo me permite trabajar todavía con fruto, no sabría yo qué elegir.
    Me hacen fuerza ambas cosas: por una parte el deseo de morir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; y por la otra, el de permanecer en vida, porque esto es necesario para el bien de ustedes. Por lo que a ustedes toca, lleven una vida digna del Evangelio de Cristo.
  • Evangelio: Mateo 20, 1-16
    «¿Vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?»En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:
    «El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña. Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo:
    “Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo”.
    Salió de nuevo a medio día y a media tarde e hizo la mismo. Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía otros que estaban en la plaza y les dijo:
    “¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?”
    Ellos le respondieron:
    “Porque nadie nos ha contratado”.
    El les dijo:
    “Vayan también ustedes a mi viña”.
    Al atardecer, el dueño de la viña le dijo a su administrador:
    “Llama a los trabajadores y págales su jornal, comenzando por los últimos hasta que llegues a los primeros”.
    Se acercaron, pues, los que habían llegado al caer la tarde y recibieron un denario cada uno.
    Cuando les llegó su turno a los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, comenzaron a reclamarle al propietario, diciéndole:
    “Esos que llegaron al último sólo trabajaron una hora y, sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor”.
    Pero él respondió a uno de ellos:
    “Amigo, yo no te hago ninguna injusticia. ¿Acaso no quedamos en que te pagaría un denario? Toma, pues, lo tuyo y vete. Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?”
    De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos».


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Homilía domingo 24º t.o. Ciclo A domingo 11 de septiembre 2011

El domingo pasado decía que corregir, o reprender resulta difícil, duro, que hay que saber hacerlo y que al hacerlo se debe hacer de forma sencilla y desde la comprensión más que desde la condenación. En las lecturas de hoy, sobre todo, primera y evangelio se nos pide algo más difícil aún: saber perdonar.

La pregunta de Pedro, más o menos formulada de esta manera, está en nuestras mentes y en nuestro corazón: ¿cuántas veces tengo que perdonar? Dicho así en general, uno puede pensar que eso no va conmigo, pero si se desciende a la vida práctica caemos en la cuenta que la pregunta es real y verdadera: ¿cuántas veces tengo que perdonar?

Ante asesinatos, violencia, odio, problemas familiares o sociales, rencores, enemistades personales, ¿no nos preguntamos cuántas veces tengo que perdonar? Al menos yo creo que esta pregunta se la hacen las personas con cierto sentido común. ¿Por qué digo esto? Pues porque se ha perdido el sentido del perdón como experiencia humana y como experiencia religiosa en el sacramento de la reconciliación. El perdón es experiencia religiosa y humana. El perdón está en el corazón de todo hombre, sea o no creyente.

Ante Dios no vale eso de “perdono pero no olvido”. En la primera lectura leemos “¿cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?”. Perdonar pero no olvidar es guardar en el corazón, aunque sea en el fondo del corazón, rencor hacia la persona que nos ha hecho daño. Leemos “no tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados?”. Lo que no somos capaces de dar a otro, ¿lo pedimos para nosotros? Es lo que hace el siervo del evangelio: pide perdón para sí, pero no es capaz de perdonar a su prójimo. Y esto lo constatamos en la vida diaria.  

O, si vamos al Padre nuestro: “perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. De tanto repetir esta oración no llegamos a darnos cuenta de lo que pedimos, decimos y sobre todo de aquello a lo que nos comprometemos: perdonar.

Aunque parezca extraño hay que enseñar a pedir perdón y a perdonar. Quien quiera defender sus derechos tiene que saber cumplir sus deberes. Hoy no se pide perdón porque no se enseña lo que es bueno y lo que no lo es. O porque se da tanta importancia a lo personal que se descuida y olvida lo comunitario. ¿Por qué tengo que pedir perdón? Se oye a veces decir a niños y mayores. Sencillamente porque has causado daño.

Pedir perdón y saber perdonar facilita la convivencia en la familia, en la sociedad, en la iglesia, como comunidad de creyentes, y porque cambia las relaciones entre las personas. Pedir perdón y saber perdonar es el mejor camino para erradicar el mal de nuestras vidas. Quien no pide perdón o no sabe, o no quiere, perdonar hace que en su corazón predomine el odio y el rencor, en definitiva que sea un corazón triste, que tenga un corazón de piedra.

El perdón está unido al corazón. Las personas de buen corazón son aquellas que saben perdonar y/o pedir perdón. Las personas de buen corazón enseñan a otros a perdonar y a pedir perdón. A las personas de buen corazón les resulta más fácil vivir el amor a Dios y a los demás. Quedémonos con el final del evangelio y perdonemos de corazón al hermano”.


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Lecturas de la misa – 24º Domingo del Tiempo Ordinario 11 de Setiembre de 2011

Lecturas de la liturgia

  • Primera Lectura: Eclesiástico 27, 30; 28, 1-7
    «Perdona la ofensa a tu prójimo, para obtener el perdón»Cosas abominables son el rencor y la cólera; sin embargo, el pecador se aferra a ellas. El Señor se vengará del vengativo y llevará rigurosa cuenta de sus pecados.
    Perdona la ofensa a tu prójimo, y así, cuando pidas perdón, se te perdonarán tus pecados. El que le guarda rencor a otro, ¿le puede acaso pedir la salud al Señor? El que no tiene compasión de su semejante, ¿cómo pide perdón de sus pecados? Cuando el hombre que guarda rencor pide a Dios el perdón de sus pecados, ¿hallará quién interceda por él?
    Piensa en tu fin y deja de odiar, piensa en la corrupción del sepulcro y guarda los mandamientos.
    Ten presente los mandamientos y no guardes rencor a tu prójimo. Recuerda la alianza del Altísimo y pasa por alto las ofensas.
  • Salmo Responsorial: 102
    «El Señor es compasivo y misericordioso.»Bendice al Señor, alma mía; que todo mi ser bendiga su santo nombre. Bendice al señor alma mía, y no te olvides de sus beneficios.
    R. El Señor es compasivo y misericordioso.

    El Señor, perdona tus pecados y cura tus enfermedades; él rescata tu vida del sepulcro y te colma de amor y ternura.
    R. El Señor es compasivo y misericordioso.

    El Señor no nos condena para siempre, ni nos guarda rencor perpetuo. No nos trata como merecen nuestra culpas, ni nos paga según nuestros pecados.
    R. El Señor es compasivo y misericordioso.

    Como desde la tierra hasta el cielo, así es grande su misericordia; como un padre es compasivo con sus hijos, así es compasivo el Señor con quien lo ama.
    R. El Señor es compasivo y misericordioso.

  • Segunda Lectura: Romanos 14, 7-9
    «En la vida y en la muerte somos del Señor»Hermanos: Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; si morimos, para el Señor morimos. Por lo tanto, ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo, para ser Señor de vivos y muertos.
  • Evangelio: Mateo 18, 21-35
    «No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete»En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó:
    «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?»
    Jesús le contestó:
    «No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete».
    Y les propuso esta parábola:
    «El Reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que le debía mucho dinero. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo:
    “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.
    El rey tuvo lástima de aquel empleado, lo soltó y hasta le perdonó la deuda. Pero, al salir, aquel servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba mientras le decía:
    “Págame lo que me debes”.
    El compañero se le arrodilló y le rogaba:
    “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.
    Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.
    Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el rey lo llamó y le dijo:
    “Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”
    Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.
    Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».


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Homilia domingo 23º t.o. Ciclo A.Domingo 4 de septiembre 2011

Vivimos en una época marcada fuertemente por el relativismo. Y este relativismo está muy unido al subjetivismo. Con frecuencia se oye decir a personas y algunos medios de comunicación que no hay normas objetivas y/o absolutas. Desde el momento en que hemos llegado a minusvalorar la vida humana, de su inicio al final, se puede pensar que ambos relativismo y subjetivismo han alcanzado su culmen.

Oímos decir a algunas personas: “no te metas en mi vida”, “no obligues al niño a hacer esto, pues le puede causar un trauma”, “respeta mi intimidad, mi libertad”… Podríamos seguir con frases parecidas para indicar cómo cada cual se siente dueño de sí mismo, de su vida, de lo que haga y no permite que otra persona se entrometa en lo que vive, en lo que hace o en lo que es.

Sin embargo, hay que decir que existen grupos de presión social y política que bajo apariencia de buenas intenciones, absolutizan normas de vida y de conducta que ayudan a sus intereses. Se critica a la Iglesiapor proponer normas, ya sea desde el Evangelio, ya desde su saber de siglos y se alaba a estos nuevos grupos por sus normas llamadas liberadoras, cuando en realidad esclavizan más a las personas. Basta con asomarse a los medios de comunicación “dependientes o independientes” para darse cuenta de cómo intentan marcar nuevas líneas de conducta. Eso sí, dejando bien claro, según ellos, que eso es algo normal y que la gente lo ve como normal.

Las lecturas de hoy nos señalan formas de ayudarnos a vivir, a convivir, a tener criterios para crear un mundo más humano y a vivir en un mundo más fraterno. El texto de Ezequiel es bien claro y, yo diría, duro cuando anima, nos anima, a “poner en guardia al malvado para que cambie de conducta”. Nos está animando a corregir.

Jesús en el evangelio va en la misma dirección. Primero, “reprende a solas al hermano”. Segundo, toma a “otro o a otros dos” y tercero “díselo a la comunidad”. Sobre el texto de Ezequiel alguno puede decir que el otro que reprende puede caer también en el subjetivismo. En el camino a seguir que propone Jesús interviene la comunidad que vive de unas normas objetivas.

Corregir, reprender, como dice Jesús, resulta duro y difícil. Por una parte a nadie gusta que nos corrijan. Por otra parte, la persona que intenta corregir puede pasarlo mal porque no sabe cómo será aceptada la corrección.

A los cristianos se nos invita a vivir la corrección fraterna. Esta corrección se ejerce en la familia, en la sociedad, en la vida religiosa. La intención que debe estar por encima de todo es la de salvar la vida, salvar al hermano. Por eso la corrección a que nos invita Dios por medio de Ezequiel y Jesús en el evangelio debe hacerse con sencillez, con humildad y sobre todo con amor. Toda corrección hecha desde sentirse superior, desde el orgullo, desde buscar hacer daño, desde no querer perdonar, no es corrección sino desprecio y hace daño al otro.

San Pablo nos da un buen consejo a la hora de corregir a otra persona: “uno que ama a su prójimo no le hace daño”.Corregir es difícil y hay que saber hacerlo. Si se hace desde querer hacer un bien, se ayudará. Si se hace rezando antes, se sembrará paz. Ejerzamos la corrección fraterna desde el cariño como medio de salvar a la persona y a la sociedad.

 

 


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Lecturas de la misa – 23º Domingo del Tiempo Ordinario 4 de Setiembre de 2011

Lecturas de la liturgia

  • Primera Lectura: Ezequiel 33, 7-9
    «Si no amonestas al malvado, te pediré cuentas de su vida»Esto dice el Señor:
    «A ti, hijo de hombre, te he constituido centinela para la casa de Israel; cuando escuches una palabra de mi boca, tú se la comunicarás de mi parte.
    Si yo pronuncio sentencia de muerte contra un hombre, porque es malvado, y tú no lo amonestas para que se aparte del mal camino, el malvado morirá por su culpa, pero yo te pediré a ti cuentas de su vida.
    En cambio, si tú lo amonestas para que deje su mal camino y él no lo deja, morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida».
  • Salmo Responsorial: 94
    «Señor, que no seamos sordos a tu voz.»Vengan, lancemos vivas al Señor, aclamemos al Dios que nos salva. Acerquémonos a él, llenos de júbilo, y démosle gracias.
    R. Señor, que no seamos sordos a tu voz.

    Vengan, y puestos de rodillas, adoremos y bendigamos al Señor, que nos hizo, pues él es nuestro Dios y nosotros, su pueblo; él, nuestro pastor y nosotros, sus ovejas.
    R. Señor, que no seamos sordos a tu voz.

    Hagámosle caso al Señor, que nos dice: «No endurezcan su corazón, como el día de la rebelión en el desierto, cuando sus padres dudaron de mí, aunque habían visto mis obras».
    R. Señor, que no seamos sordos a tu voz.

  • Segunda Lectura: Romanos 13, 8-10
    «La plenitud de la ley es el amor»Hermanos: No tengan con nadie otra deuda que la del amor mutuo, porque el que ama al prójimo, ha cumplido ya toda la ley. En efecto, los mandamientos que ordenan: No cometerás adulterio, no robarás, no matarás, no darás falso testimonio, no codiciarás y todos los otros, se resumen en éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, pues quien ama a su prójimo no le causa daño a nadie. Así pues, cumplir perfectamente la ley consiste en amar.
  • Evangelio: Mateo 18, 15-20
    «Si tu hermano te escucha, lo habrás salvado»En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
    «Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano.
    Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.
    Yo les aseguro, también, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».


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Homilia domingo 22º t.o. ciclo A. Domingo 28 de agosto 2011

El domingo pasado Jesús nos hacía una pregunta bien concreta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” La respuesta está en la fe en Dios vivida desde el compromiso de ayudar al prójimo. Hoy Jeremías nos dice de una manera muy expresiva cómo puede actuar Dios con nosotros si le dejamos hacer: “me sedujiste, Señor y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste”. Para mí esta frase define la mejor manera de darse Dios al hombre y de responder el hombre a Dios.

Se trata de dos verbos duros, fuertes, aunque el primero, seducir, se puede hacer de buenas o malas formas para atraer a la otra persona. Forzar, sin embargo, tiene un significado negativo, priva de libertad a la persona. En el caso de Jeremías los dos verbos podemos verlos desde un punto de vista positivo. Jeremías se deja seducir, se deja forzar por un Dios que es fiel, lo repito, FIEL a su pueblo.

Jeremías personifica la acción de Dios para con su pueblo, para con personas concretas como Abraham, Moisés, David, los profetas, la virgen María. Pero en quien mejor se personifica esta doble acción de Dios es en su Hijo Jesús. En El se realiza de manera excepcional este dejarse seducir y forzar por su Padre Dios. Jesús vive, respira, habla desde su estar seducido y forzado por Dios. Y lo hace sabiéndose amado por Dios, sabiéndose Hijo enviado a anunciar a un Dios que nada tiene de violento ni de querer eliminar al hombre y su libertad, sino todo lo contrario: todo su empeño es  mostrar su amor al hombre y que el hombre le ame a El y que este empeño se haga desde la fe mutua. Fe de Dios en el hombre y fe del hombre en Dios.

Porque Jesús se ha dejado seducir y forzar por Dios puede responder de esa manera tan dura a Pedro: “quítate de mi vista, Satanás…tú piensas como los hombres, no como Dios”. Pensar como los hombres significa poder, oprimir al otro, muchas veces esclavizar, fomentar el odio. Pensar como Dios significa servicio, libertad, fomentar la paz, la justicia, el amor, el perdón. Jesús, pensando como Dios dio su vida por nosotros.

Jesús, el seducido, el forzado por el Dios del amor, transmite a los hombres, a todo hombre que salvar la vida, pensando como los hombres, es perderla y que perderla por El, pensando como Dios, es encontrarla. Viene bien ahora repetir la pregunta de Jesús a cada uno de nosotros: “y tú, ¿quién dices que soy yo?

Jesús dice: yo, el seducido y forzado por Dios, me presento a ti para que si quieres encontrarte a ti mismo, si quieres encontrar la vida, te dejes seducir y forzar por este Dios que me ha seducido y forzado a mí. Su manera de seducir y forzar es para llenarte de vida, es para que esa vida la vivas en plenitud, es para que comprendas que vivir es el mejor don que puedes recibir de Dios y que la vida que tienes es para que la entregues a los demás y para que crees vida a tu alrededor.

  Ojalá que nuestra respuesta a Jesús fuera: yo, cada uno de nosotros, soy un hijo de Dios seducido y forzado por El para vivir como tú, Jesús, pasando haciendo el bien y curando de toda dolencia. Sentirse seducido y forzado por Dios, a imagen de Jesús, es vivir la confianza en Dios como Jesús la vivió entregándose plena a El hasta el final.

 


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Lecturas de la misa – 22º Domingo del Tiempo Ordinario 28 de Agosto de 2011

Lecturas de la liturgia

  • Primera Lectura: Jeremías 20, 7-9
    «Soy objeto de burla por anunciar la palabra del Señor»Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; fuiste más fuerte que yo y me venciste. He sido el hazmerreír de todos, días tras día se burlan de mí. Desde que comencé a hablar, he tenido que anunciar a gritos violencia y destrucción. Por anunciar la palabra del Señor, me he convertido en objeto de oprobio y de burla todo el día. He llegado a decirme:
    «Ya no me acordaré del Señor ni hablaré más en su nombre».
    Pero había en mí como un fuego ardiente, encerrado en mis huesos; yo me esforzaba por contenerlo y no podía.
  • Salmo Responsorial: 62
    «Señor, mi alma tiene sed de ti.»Señor, tú eres mi Dios, a ti busco; de ti sedienta está mi alma. Señor, todo mi ser te añora como el suelo reseco añora el agua.
    R. Señor, mi alma tiene sed de ti.

    Para admirar tu gloria y poder, con este afán te busco en tu santuario. Pues mejor es tu amor que la existencia; siempre Señor, te alabarán mis labios.
    R. Señor, mi alma tiene sed de ti.

    Podré así bendecirte mientras viva y levantar en oración mis manos. De lo mejor se saciará mi alma; te alabaré con júbilos de labios.
    R. Señor, mi alma tiene sed de ti.

    Porque fuiste mi auxilio y a tu sombra, Señor, canto con gozo. A ti se adhiere mi alma y tu diestra me da seguro apoyo.
    R. Señor, mi alma tiene sed de ti.

  • Segunda Lectura: Romanos 12, 1-2
    «Ofrézcanse ustedes mismos como una ofrenda viva»Hermanos: Por la misericordia que Dios les ha manifestado, los exhorto a que se ofrezcan ustedes mismos como una ofrenda viva, santa y agradable a Dios, porque en esto consiste el verdadero culto. No se dejen transformar por los criterios de este mundo, sino dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente, para que sepan distinguir cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto.
  • Evangelio: Mateo 16, 21-27
    «El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo»En aquel tiempo, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho por parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole:
    «No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede sucede a ti».
    Pero Jesús, volviéndose a Pedro le dijo:
    «¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi
    camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!»
    Luego Jesús dijo a sus discípulos:
    «El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla? Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces le dará a cada uno lo que merecen sus obras».