Parroquia Santa María del Pilar Marianistas

La vida de nuestra comunidad cristiana en la red

Homilía domingo 24º t.o. Ciclo A domingo 11 de septiembre 2011

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El domingo pasado decía que corregir, o reprender resulta difícil, duro, que hay que saber hacerlo y que al hacerlo se debe hacer de forma sencilla y desde la comprensión más que desde la condenación. En las lecturas de hoy, sobre todo, primera y evangelio se nos pide algo más difícil aún: saber perdonar.

La pregunta de Pedro, más o menos formulada de esta manera, está en nuestras mentes y en nuestro corazón: ¿cuántas veces tengo que perdonar? Dicho así en general, uno puede pensar que eso no va conmigo, pero si se desciende a la vida práctica caemos en la cuenta que la pregunta es real y verdadera: ¿cuántas veces tengo que perdonar?

Ante asesinatos, violencia, odio, problemas familiares o sociales, rencores, enemistades personales, ¿no nos preguntamos cuántas veces tengo que perdonar? Al menos yo creo que esta pregunta se la hacen las personas con cierto sentido común. ¿Por qué digo esto? Pues porque se ha perdido el sentido del perdón como experiencia humana y como experiencia religiosa en el sacramento de la reconciliación. El perdón es experiencia religiosa y humana. El perdón está en el corazón de todo hombre, sea o no creyente.

Ante Dios no vale eso de “perdono pero no olvido”. En la primera lectura leemos “¿cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?”. Perdonar pero no olvidar es guardar en el corazón, aunque sea en el fondo del corazón, rencor hacia la persona que nos ha hecho daño. Leemos “no tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados?”. Lo que no somos capaces de dar a otro, ¿lo pedimos para nosotros? Es lo que hace el siervo del evangelio: pide perdón para sí, pero no es capaz de perdonar a su prójimo. Y esto lo constatamos en la vida diaria.  

O, si vamos al Padre nuestro: “perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. De tanto repetir esta oración no llegamos a darnos cuenta de lo que pedimos, decimos y sobre todo de aquello a lo que nos comprometemos: perdonar.

Aunque parezca extraño hay que enseñar a pedir perdón y a perdonar. Quien quiera defender sus derechos tiene que saber cumplir sus deberes. Hoy no se pide perdón porque no se enseña lo que es bueno y lo que no lo es. O porque se da tanta importancia a lo personal que se descuida y olvida lo comunitario. ¿Por qué tengo que pedir perdón? Se oye a veces decir a niños y mayores. Sencillamente porque has causado daño.

Pedir perdón y saber perdonar facilita la convivencia en la familia, en la sociedad, en la iglesia, como comunidad de creyentes, y porque cambia las relaciones entre las personas. Pedir perdón y saber perdonar es el mejor camino para erradicar el mal de nuestras vidas. Quien no pide perdón o no sabe, o no quiere, perdonar hace que en su corazón predomine el odio y el rencor, en definitiva que sea un corazón triste, que tenga un corazón de piedra.

El perdón está unido al corazón. Las personas de buen corazón son aquellas que saben perdonar y/o pedir perdón. Las personas de buen corazón enseñan a otros a perdonar y a pedir perdón. A las personas de buen corazón les resulta más fácil vivir el amor a Dios y a los demás. Quedémonos con el final del evangelio y perdonemos de corazón al hermano”.

Autor: Rafael Iglesias

Rafael Iglesias, sm Párroco de Santa María del Pilar Marianistas - Madrid c/Reyes Magos, 3 28009 - MADRID

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